Orgullo Frío

Extra 2. Sin escudos.

La primavera había empezado a instalarse sobre la ciudad.

Todavía quedaban restos de nieve escondidos bajo algunos árboles y montones grises acumulados junto a las aceras, pero el aire ya no mordía igual. Había humedad en el viento ahora. Tierra despertando debajo del hielo derretido. La ciudad entera parecía respirar distinto después del invierno, como si todo hubiera sobrevivido a algo largo y agotador.

Damián captaba cada detalle mientras caminaba junto a Theodore por uno de los senderos del parque central, con las manos escondidas dentro de los bolsillos de la chaqueta y el sonido lejano de bicicletas, perros y estudiantes llenando los espacios abiertos alrededor.

La ciudad estaba viva ese sábado.

Niños corriendo cerca de la fuente principal. Parejas acostadas sobre mantas todavía demasiado temprano para la temporada. Familias enteras ocupando mesas de picnic a la par que el olor a café, césped húmedo y comida callejera se mezclaba bajo la luz tibia de la tarde.

Y Theodore… Theodore seguía caminando demasiado cerca.

No lo suficiente para llamar atención. Solo lo suficiente para que Damián sintiera constantemente el calor de su cuerpo rozándole el brazo cada cierta cantidad de pasos. Aquello ya empezaba a resultarle natural.

—¿Por qué sonríes solo? —preguntó Theodore de repente.

Damián rodó la cabeza hacia él.

—No estoy sonriendo solo.

La esquina de la boca del capitán se curvó apenas.

—Ajá.

Ah, ese hombre…

Damián terminó soltando una pequeña risa mientras negaba con la cabeza. Theodore llevaba una sudadera gris oscura remangada hasta los antebrazos y una gorra negra sencilla que apenas conseguía ocultarle parte del cabello. Nada espectacular. Todavía así, Damián seguía teniendo problemas graves para funcionar normalmente cerca suyo.

Quizá porque ahora conocía demasiadas versiones de Theodore.

No solo: el capitán, el jugador brutal sobre el hielo la persona imposible de leer.

Ahora también conocía: al Theodore dormido sobre el sofá viendo películas malas, al que se quedaba callado mirando documentales absurdos como si estuviera procesando secretos del universo, al que dejaba platos sucios junto al fregadero durante días porque técnicamente no le gustaba lavar la loza cuando hacía invierno, y al que empezaba a tocarlo distraídamente cada vez que estaban juntos.

Y Dios.

Eso transformaba todo muchísimo.

Theodore lo observó apenas unos segundos más antes de hablar otra vez.

—Me estás viendo demasiado.

Ah.

Atrapado.

Damián aclaró la garganta y desvió la mirada hacia el lago artificial del parque.

—No sé de qué hablas.

—Claro.

La voz grave llegó acompañada de esa calma insoportable que Theodore usaba cuando sabía perfectamente que tenía razón.

Y sí, la tenía. Damián seguía observándolo más tiempo del debido. Después de dos meses y medio entero saliendo oficialmente, Theodore todavía conseguía capturarle la atención completa haciendo cosas absolutamente normales.

Era ridículo.

El sendero terminó abriéndose hacia una zona más tranquila del parque varios minutos después, lejos del ruido principal. Había árboles altos rodeando el camino y pequeñas corrientes de viento moviendo ramas todavía desnudas por el invierno. El agua del lago reflejaba pedazos de cielo gris claro y algunos patos flotaban cerca de la orilla.

Theodore terminó sentándose primero sobre el césped ligeramente húmedo cerca de un árbol grande, estirando las piernas frente a él con un cansancio tranquilo que Damián había aprendido a reconocer después de semanas compartiendo tiempo fuera del hockey.

Aquella era otra diferencia importante ahora. Theodore ya no parecía constantemente preparado para una guerra. El cuerpo seguía siendo grande, fuerte, marcado por años de hockey, pero fuera de temporada existían momentos donde la tensión abandonaba completamente sus hombros y simplemente parecía… joven.

Solo eso.

Un chico universitario descansando en un parque con alguien que le gustaba demasiado. El pensamiento consiguió tibiarle las mejillas. Damián terminó sentándose junto a él mientras abría la bolsa de comida que habían comprado minutos antes en un puesto callejero cerca de la entrada principal.

—Clark todavía cree que debimos ir todos juntos al parque acuático —murmuró mientras sacaba dos cafés.

Theodore soltó aire por la nariz.

—Clark también cree que podría sobrevivir en una isla desierta gracias al carisma natural.

—¿No podría?

—Moriría intentando coquetear con un tiburón.

Damián terminó riéndose otra vez. Y ahí pasó esa pequeña cosa que seguía desarmándolo incluso después de semanas enteras juntos: Theodore giró automáticamente hacia él al escuchar la risa.

No de forma exagerada. Ni intensa. Solo atraído. Como si todavía le gustara demasiado escucharlo feliz.




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