Orgullo Frío

Extra 3. Entre los Ríos.

El trayecto hasta la casa de los padres de Damián duró lo que pareció ser una eternidad. Durante la primera mitad del camino, Theodore descubrió algo completamente inesperado: estaba nervioso.

No incómodo, tampoco tenso como antes de un partido, solo… nervioso de verdad.

El tipo de nervios silenciosos que se acumulan debajo de las tripas y vuelven cada pensamiento ligeramente más consciente: La postura, las palabras, las manos, todo, en resumen. Theodore no recordaba la última vez que algo así le había pasado fuera del hockey.

El autobús avanzaba por la carretera húmeda mientras la ciudad iba quedando atrás lentamente, reemplazada por calles más pequeñas, edificios bajos y zonas residenciales donde la primavera parecía instalarse con más calma. Damián permanecía sentado junto a la ventana con una pierna doblada un poquito hacia Theodore, auriculares alrededor del cuello y el cabello cayéndole sobre los ojos cada vez que inclinaba apenas la cabeza para responder mensajes en el teléfono.

La luz grisácea de la tarde entraba a través del vidrio y le suavizaba las facciones. Y Theodore seguía teniendo problemas graves para procesar lo mucho que le gustaba simplemente estar cerca de él.

El pensamiento apareció tranquilo, tan natural que todavía le resultaba extraño. Porque durante muchísimo tiempo Theodore había asociado el afecto con responsabilidad, con el cuidado y con la protección constante, nunca con tranquilidad.

Y ahora estaba ahí: viajando para conocer a la familia de Damián, preguntándose si debería haber llevado algo más además del pastel que Clark prácticamente lo obligó a comprar, y observando distraídamente cómo Damián movía apenas el pie al ritmo de alguna canción silenciosa dentro de su cabeza.

—Me estás viendo otra vez.

La voz de Damián apareció sin apartar la vista del teléfono. Theodore ni siquiera intentó negarlo.

—Lo hago.

La sonrisa pequeña que apareció en la boca de Damián le calentó el pecho, pero no por agitación, solo… como si se derritiera.

Al carajo.

Cada vez era más fuerte.

Damián guardó el teléfono dentro del bolsillo de la chaqueta antes de girarse apenas hacia él.

—¿Estás nervioso?

Ah, bueno, perfecto. Lo había pillado. Apoyó apenas la cabeza contra el asiento mientras soltaba aire muy despacio por la nariz.

—Un poco.

Las cejas de Damián subieron apenas. Hayleymente no esperaba honestidad tan rápida.

—¿En serio?

—Tu mamá es enfermera.

—¿Y?

—Las enfermeras dan miedo.

La risa de Damián llenó el vehículo de inmediato; tan real, tan tibia, desarmándolo por completo, robándole el aliento y devolviéndoselo al mismo son.

—Theo, ella mide como uno sesenta.

—Eso no significa nada. Las personas pequeñas son peligrosas.

Damián terminó cubriéndose apenas parte de la cara con una mano mientras seguía riéndose.

Y Dios.

Theodore estaba empezando a desarrollar una necesidad peligrosísima de provocar ese sonido. El autobús giró suavemente hacia otra avenida mientras la briza ligera comenzaba a golpear apenas las ventanas.

Damián bajó la mano después de unos segundos, todavía sonriendo un poco.

—Mi mamá va a adorarte.

Aquello consiguió tensarle el corazón y las pantorrillas al tiempo. No fue la frase en sí, fue la seguridad con la que la dijo. Como si la idea de Theodore formando parte de algo tan íntimo ya no le pareciera extraña. Como si lo hubiera integrado silenciosamente a su vida muchísimo antes de verbalizarlo.

El calor le subió por la nuca hasta las orejas de una forma ridícula.

Theodore apartó la cara hacia la ventana intentando ignorarlo. No funcionó. Porque sintió al segundo los dedos de Damián rozándole distraídamente la muñeca.

Fue un movimiento pequeño, íntimo, amistoso. Y Theodore descubrió otra cosa peligrosa: ya empezaba a buscar ese contacto automáticamente también; a veces, no se percataba de ello, pero cuando menos lo esperaba, estaba tocando a Damián.

Su petirrojo terminó entrelazando los dedos con los suyos sobre el asiento mientras hablaba más bajo.

—Mi papá sí puede darte miedo un poquito.

Theodore soltó una risa nasal.

—¿Ah, sí?

—Contador.

—Eso no ayuda.

—Tiene cara de señor que juzga impuestos desde lejos.

—Excelente.

La sonrisa de Damián se volvió más alta. Y ahí estaba otra vez esa sensación extraña que Theodore seguía intentando entender desde hacía semanas: la facilidad. Porque antes todo entre ellos parecía intenso, complicado, demasiado grande, muy difícil de hablar, pero desde hacía semanas también existían momentos así.

Pequeños y ridículamente normales. Tomarse la mano en un autobús. Burlarse de los padres del otro. Compartir silencios tranquilos.




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