Orgullo Frío

Extra 7. Sentimientos en palabras.

La puerta del túnel se cerró detrás de ellos con un sonido suave que se perdió rápidamente dentro de la inmensidad del estadio vacío. Sin los cánticos de los aficionados, sin el eco constante de los entrenamientos ni el estruendo de los discos golpeando las bandas, aquel lugar parecía otro. Más grande y antiguo. Como si el edificio entero hubiera exhalado después de meses sosteniendo el peso de una temporada completa.

Damián terminó de ajustar los cordones de los patines mientras observaba las filas de asientos vacíos elevándose alrededor de la pista. Resultaba extraño ver aquel escenario sin movimiento. Durante tanto tiempo había asociado ese lugar con tensión, velocidad, agotamiento y expectativas que ahora el silencio parecía una criatura nueva habitándolo todo.

A su lado, Theodore se incorporó después de terminar con los suyos y se pasó una mano por el cabello. La iluminación blanca del estadio caía sobre sus hombros y perfilaba sus facciones de una forma que seguía consiguiendo cosas peligrosas dentro del pecho de Damián incluso después de meses juntos.

—¿Qué? —preguntó Theodore al notar que lo observaba.

Damián negó con la cabeza mientras se ponía de pie.

—Nada.

—Siempre dices que no es nada, pero siempre es algo.

La sonrisa apareció antes de que pudiera evitarlo.

—Ya deberías saber que a veces solo me gusta verte existir.

Theodore se quedó quieto apenas un segundo. Después negó lentamente con la cabeza.

—Sigues diciendo cosas que deberían ser ilegales para mí, no tengo un corazón tan fuerte.

—¿Y tú sigues sonrojándote?

—No me sonrojo, yo nunca me sonrojo.

—Claro.

El leve color que apareció en las orejas de Theodore destruyó por completo su argumento. Damián soltó una risa baja mientras ambos abandonaban el vestuario y avanzaban hacia la pista. Cuando las cuchillas tocaron el hielo, algo familiar recorrió inmediatamente sus cuerpos.

Durante años aquel sonido había significado trabajo. Ahora, por primera vez, significaba libertad.

Se impulsaron hacia adelante sin prisa.

Sin ejercicios.

Sin cronómetros.

Sin Marshall.

Sin la obligación constante de demostrar algo.

Solo ellos.

El hielo respondió bajo sus movimientos con esa suavidad conocida que siempre había conseguido hacer que Damián olvidara el resto del mundo. El aire frío le llenó los pulmones mientras atravesaban el centro de la pista y durante unos segundos ninguno habló.

No porque faltaran palabras.

Simplemente porque el momento no las necesitaba todavía. Las luces se reflejaban sobre la superficie blanca como si miles de pequeños fragmentos de cristal estuvieran dispersos bajo sus pies. El estadio permanecía inmóvil alrededor de ellos, observándolos desde la distancia.

Y entonces Damián comprendió algo. Aquel lugar había sido escenario de casi todo.

Las peleas.

Los triunfos.

Las derrotas.

El miedo.

La rabia.

El amor.

Todo estaba allí. Cada versión de ellos había dejado una marca invisible entre aquellas paredes, como si sus almas hubiesen decidido grabar su energía en el ambiente para que, cuando mirasen alrededor, se viesen a sí mismos y recordaran el lugar donde estaban.

—¿Te acuerdas de la primera vez que entrenamos juntos? —preguntó más suave.

Theodore emitió una pequeña exhalación divertida.

—Intenté ignorarte durante dos horas después de hacerte el muy gallito.

—Intentaste ignorarme durante dos meses después de estrellarme contra el vidrio.

—También es cierto.

Damián se deslizó hacia atrás mientras sonreía.

—Pensabas que era insoportable.

—Eras insoportable.

—Qué bonito.

—Todavía lo eres un poco.

—Y aun así me soportas, Theo.

La mirada de Theodore se suavizó.

—Sí.

Solo una sílaba, pero consiguió apretar algo profundo dentro del pecho de Damián. Porque después de todo lo que habían atravesado, la sencillez de aquella respuesta tenía más peso que cualquier declaración grandiosa. Continuaron avanzando sobre la pista mientras los recuerdos aparecían y desaparecían entre conversación y conversación.

La vez que Clark se cayó intentando impresionar a una estudiante.

La pelea absurda por el último trozo de pizza.

Los entrenamientos imposibles.

Las derrotas que parecían el fin del mundo.

Los partidos que terminaron convirtiéndose en historias que repetirían durante años.

Incluso Iván apareció entre los recuerdos, ya no como una herida abierta, solo como un recuerdo lejano, una tormenta atravesada y una cicatriz que había dejado de doler. Después de todo, él también tuvo las suyas después de perder la beca deportiva y tener que abandonar el campus universitario.




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