Orgullo Roto

CAPÍTULO 1: La Esposa Perfecta

El perfume de nardos y champaña cara llenaba el gran salón del hotel Claridge’s en Mayfair, pero para Victoria Sinclair, el aire se sentía tan pesado que le costaba respirar.

Con veinticuatro años y una postura que la alta sociedad londinense calificaba de aristocrática, Victoria permanecía de pie junto a la gran balaustrada de mármol. Su vestido de seda esmeralda, cortado a la perfección sobre su figura esbelta, captaba la luz de las arañas de cristal. Lucía impecable. Hermosa. Digna.

Y completamente humillada.

A pocos metros de ella, los murmullos de la élite de Londres eran ahogados apenas por el suave sonido del violín.

—Mírala… ahí está otra vez, fingiendo que no ve nada —susurró una marquesa detrás de su abanico de plumas.

—Pobre niña Sinclair —respondió otra voz con una mezcla de lástima y veneno—. Pensó que casarse con Alastair Kensington la convertiría en la mujer más envidiada de Inglaterra. Pero Alastair no nació para ser de una sola mujer.

Victoria apretó el tallo de su copa de cristal con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos, pero no permitió que su sonrisa temblara. Había entrenado durante años para esto. Para ser la esposa del hombre más codiciado, frío y despiadado del sector financiero de Europa.

Entonces, la gran puerta de roble del salón se abrió.

Los fotógrafos abalanzaron sus lentes en un destello cegador de flases.

Alastair Kensington hizo su entrada.

A sus veintisiete años, Alastair parecía un dios pagano tallado en hielo. De hombros anchos, porte imponente y envuelto en un esmoquin de corte italiano hecho a medida, emanaba ese poder oscuro y absoluto que hacía que hombres maduros se apartaran a su paso. Sus ojos, de un gris tormentoso y distante, recorrieron la sala con el aburrimiento de quien se sabe dueño de todo lo que contempla.

Pero no venía solo.

A su lado, agarrada de su brazo con familiaridad descarada, caminaba Chloé Laurent, una modelo francesa que llevaba semanas ocupando las portadas de los periódicos amarillistas. Chloé lucía un vestido rojo carmesí con un escote peligroso y una sonrisa de triunfo dirigida directamente hacia donde estaba Victoria.

Victoria sintió un pinchazo helado en el centro del pecho. Su corazón, ese tonto corazón que llevaba enamorado de Alastair desde que ella tenía dieciséis años, se encogió en agonía.

Alastair sabía que ella estaría aquí. Era la gala anual del grupo Kensington Financial. Se suponía que debían entrar juntos como los señores Kensington. Pero él había preferido llegar tarde, del brazo de su amante de turno, exponiéndola al ridículo público.

«No des el espectáculo, Victoria», se repitió mentalmente la voz de su madre. «Un Sinclair no muestra debilidad en público».

Tragando el nudo de hiel que quemaba su garganta, Victoria alisó su vestido y, con paso firme y pausado, caminó hacia ellos.

La multitud guardó silencio. Todos esperaban la escena. Esperaban gritos, lágrimas o un colapso.

Cuando Victoria se detuvo frente a su esposo, Chloé alzó la barbilla con provocación, apretando más el brazo de Alastair.

—Alastair, querido —dijo Victoria. Su voz sonó suave, melódica, sin un solo rasguño de emoción—. Te retrasaste. Los inversionistas de Ginebra preguntaban por ti.

Los ojos grises de Alastair se posaron en ella. No había culpa en su mirada. Ni un destello de arrepentimiento. Solo esa frialdad abrumadora y calculadora que lo caracterizaba.

—Surgió un asunto de última hora que requería mi atención —contestó él con voz grave y desprovista de calidez, mirando de reojo a la modelo francesa.

—Ya veo —Victoria dirigió su mirada hacia Chloé. La observó de arriba abajo con una cortesía tan pulcra que resultó insultante—. Señorita Laurent, qué sorpresa. No sabía que el departamento de relaciones públicas de Kensington Financial ahora contratara modelos para eventos benéficos. Bienvenida.

La cara de Chloé se tiñó de rojo de inmediato. La modelo abrió la boca para responder, pero la elegancia pasiva de Victoria la dejó sin palabras.

Alastair enarcó una ceja. Por una fracción de segundo, un brillo desconocido cruzó sus pupilas, pero volvió a su impenetrable indiferencia casi al instante.

—Chloé se retira ahora —ordenó Alastair soltando el brazo de la francesa sin delicadeza alguna—. Ve al área VIP.

—Pero Alastair… —protestó la modelo con voz mimada.

—Dije que vayas al área VIP —repitió él, con un tono que no admitía réplica.

Chloé echó una mirada de odio a Victoria y se alejó enojada sobre sus tacones de aguja.

Se quedaron solos en medio del salón, aunque cientos de ojos los observaban. Alastair se acercó un paso a Victoria. Su olor a amaderado, cuero y tabaco caro la envolvió al instante, haciendo que el cuerpo de Victoria reaccionara por puro instinto, traicionando el dolor de su alma.

—Manejaste bien la situación —comentó él en un susurro helado, tomándola del talle para mantener las apariencias ante las cámaras. Su mano era firme, caliente, un contraste absoluto con su actitud—. Como siempre, eres la esposa perfecta, Victoria.

Victoria sintió ganas de vomitar.

—¿Y tú qué eres, Alastair? —murmuró ella sonriendo para los fotógrafos mientras las palabras salían como veneno sutil de sus labios—. ¿El esposo que se acostó con ella esta tarde antes de venir a verme?

Alastair no pestañeó. La tomó del mentón con dos dedos, obligándola a mirarlo directamente a los ojos.

—Sabías perfectamente quién era yo cuando firmaste el acta de matrimonio, Victoria —le recordó él con voz baja y peligrosa—. Te di mi apellido, tu familia salvó sus acciones gracias a mi dinero y vives como una reina. No me pidas fidelidad cuando sabes que este matrimonio es un contrato.

Un contrato.

Esas tres palabras atravesaron el pecho de Victoria como tres dagas afiladas.

Él no sabía que ella no se había casado por la empresa de su padre. Él no sabía que ella había rechazado a otros pretendientes, que había rechazado su propia libertad solo porque lo amaba con una locura destructiva desde su juventud. Ella había creído, tontamente, que con suficiente paciencia, con suficiente amor, con ser la mujer perfecta en su cama y en su vida, algún día Alastair la miraría con devoción.




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