El silencio de la residencia Kensington por la mañana no era tranquilizador; tenía la densidad del aire antes de una tormenta.
Victoria se miró en el espejo del tocador. Sus ojos, rodeados por una sombra leve debido a la falta de sueño, conservaban aún el ardor de las lágrimas que se había negado a derramar frente a él la noche anterior. Sobre la mesa de caoba descansaba el collar de diamantes que Alastair le había enviado semanas atrás como "compensación" por otro aniversario olvidado.
Un regalo frío. Como todo lo que venía de él.
Ajustó el cuello de su bata de seda color marfil y se puso de pie. Durante cuatro años, había moldeado su voz, su vestuario y hasta sus sonrisas para encajar en el molde de la esposa perfecta que un magnate de la alta sociedad financiera de Londres debía exhibir. Había soportado las miradas condescendientes de la élite, las portadas de revistas de chismes donde Alastair aparecía demasiado cerca de otras mujeres y el desprecio disimulado detras de sus palabras calculadas.
Todo porque lo amaba. Porque creía tontamente que detrás de esa coraza de hielo existía el hombre apasionado del que se había enamorado a los veinte años.
La puerta de los aposentos principales se abrió sin anunciar.
Alastair cruzó el umbral. Llevaba un traje a medida gris marengo, la corbata perfectamente anudada y el reloj de oro de su abuelo ajustado a la muñeca. Se veía impecable, impecablemente distante, como si la amarga discusión de la madrugada nunca hubiera tenido lugar.
—Sigues en bata, Victoria —dijo él, revisando unos documentos en su teléfono móvil sin mirarla directamente—. El chófer estará listo en media hora para llevarte a la prueba de vestuario para la gala del duque de Sussex. No quiero retrasos.
Victoria lo observó en silencio. Le impresionaba la facilidad con la que ignoraba el abismo que se había abierto entre ellos.
—No voy a ir a esa gala, Alastair.
Él se detuvo. Levantó la vista despacio, fijando en ella esos ojos grises tan fríos como un paisaje invernal. Un ligero fruncimiento en su ceño delató su molestia.
—¿De qué estás hablando ahora? —preguntó con un tono pausado pero cargado de advertencia—. Es la velada más importante del trimestre. Todos los socios de Kensington & Co. estarán allí. Tu presencia no es opcional.
—Mi presencia ha sido un adorno en tu vida durante cuatro años —respondió ella, manteniendo la voz firme a pesar del temblor interno—. Anoche te vi con Evelyn en el reservado del Mayfair Club, Alastair. Ni siquiera te molestaste en ocultarlo.
Alastair soltó una breve risa ahogada, exhalando aire por la nariz con hastío. Dio dos pasos hacia ella, emanando esa aura dominante que siempre solía intimidarla.
—¿Otra vez con los mismos celos absurdos? Evelyn es la hija del inversionista principal del proyecto corporativo. Estábamos discutiendo términos de negocios.
—¿Se discuten negocios tomándola de la cintura y susurrándole al oído mientras la esposa espera en casa? —Victoria dio un paso al frente, rehusando retroceder esta vez.
Un destello de irritación cruzó el rostro de Alastair. Se acercó lo suficiente para que Victoria pudiera oler su perfume costoso mezclado con tabaco suave.
—Te he dado todo lo que una mujer podría desear, Victoria. Un apellido respetado, una casa en el distrito más exclusivo de Londres, acceso ilimitado a mis cuentas. Lo único que te pido a cambio es discreción y altura. No te comportes como una chiquilla histérica.
Esas palabras cayeron como gotas de ácido sobre la dignidad de Victoria. No hubo gritos ni sollozos esta vez. Algo dentro de ella simplemente se rompió... o quizás, por primera vez en años, se colocó en su sitio.
Una calma extraña y helada sustituyó a la angustia.
—Tienes razón —dijo ella suavemente, esbozando una sonrisa tenue que descolocó a Alastair por una fracción de segundo—. No volveré a comportarme como una chiquilla histérica. Nunca más.
Alastair la contempló durante un par de segundos, desconcertado por la falta de lágrimas o súplicas a las que estaba acostumbrado. Sin embargo, su arrogancia le impidió indagar más. Ajustó los puños de su camisa y consultó su reloj.
—Me alegra que entres en razón. Te veré en el salón de eventos a las ocho. Ponte algo elegante y sonríe. Es lo que mejor sabes hacer.
Sin decir más, dio media vuelta y salió de la habitación, el sonido seco de sus zapatos resonando por el pasillo hasta extinguirse.
Victoria se quedó sola en medio del imponente aposento. Se giró hacia el espejo y contempló su reflejo. La mujer ingenua y sumisa que había perdonado cada desplante acababa de morir en ese preciso instante.
Caminó hacia el vestidor. Ignoró los vestidos de cortes sobrios y colores neutros que Alastair siempre elegía para ella para no "llamar excesivamente la atención". Pasó de largo hasta el fondo, donde guardaba una funda que no había tocado en meses.
Al abrirla, apareció un vestido de noche en seda carmesí profundo, con un escote hombro caído arriesgado y una abertura sensual en la pierna. Un diseño que Alastair había tachado de "inadecuado" cuando lo compró.
Victoria acarició la tela suave.
Él quería que fuera a la gala a interpretar el papel de la esposa devota. Iría, por supuesto. Pero no a complacerlo.
Iría a anunciarle al mundo entero que el orgullo de Victoria Sinclair había despertado, y que las reglas del juego en la residencia Kensington acababan de cambiar para siempre.