Orgullo Roto

CAPÍTULO 3: El Carmesí del Desafío

El gran salón de bailes del hotel Claridge’s refulgía bajo el brillo de arañas de cristal de Bohemia y murmullos enhebrados en champán de alta gama. Lo más selecto de la aristocracia y la alta finanza de Londres se congregaba bajo un mismo techo, entre trajes de etiqueta impecables y vestidos de diseñador en tonos sobrios y pastel.

Alastair Kensington sostenía una copa de cristal de roca mientras conversaba con dos miembros del consejo de Kensington & Co. A su lado, luciendo un vestido beis de corte clásico pero calculadamente ajustado, Chloé sonreía con la soltura de quien se sabe protegida.

—Tu esposa parece estar retrasándose, Alastair —comentó Chloé en voz baja, inclinándose lo suficiente para que el roce de su hombro contra el del magnate no pasara desapercibido—. Dijiste que vendría.

Alastair consultó su reloj con una muesca de irritación en la mandíbula. Faltaban diez minutos para las nueve. La impuntualidad era una falta que jamás le perdonaba a nadie, mucho menos a Victoria.

—Llegará —respondió él fríamente, tomando un sorbo de su bebida—. Le dejé instrucciones muy claras.

Antes de que Chloé pudiera añadir otro comentario, una conmoción silenciosa comenzó a propagarse desde las escaleras de mármol de la entrada principal. Las conversaciones se amortiguaron gradualmente y las miradas se desviaron hacia el mismo punto.

Alastair giró la cabeza con impaciencia, listo para desaprobar cualquier espectáculo vulgar, pero las palabras se le congelaron en la garganta.

Descendiendo los peldaños, erguida y con una compostura felina, estaba Victoria.

El vestido de seda carmesí profundo abrazaba sus curvas con una elegancia audaz que desafiaba la monotonía de la sala. El escote de hombros caídos dejaba al descubierto su cuello estilizado y la blancura de su piel, acentuada por la falta de joyas ostentosas: solo llevaba unos sencillos pendientes de rubí. Su cabello oscuro, recogido en un moño bajo con algunos mechones sueltos encuadrando su rostro, complementaba unos labios pintados del mismo rojo pasión de su vestido.

No era la esposa sumisa y discreta que la alta sociedad recordaba. Era una visión magnética, peligrosa e inalcanzable.

—Por todos los cielos... ¿esa es Victoria? —murmuró uno de los socios de Alastair, dejando escapar un silbido contenido.

Alastair sintió una sacudida violenta en el pecho. El aire pareció volverse denso. El orgullo que siempre lo caracterizaba se vio sacudido por una ráfaga de posesividad primaria al ver cómo los hombres más influyentes de Londres seguían cada paso de su mujer con ojos hambrientos.

Sin pedir disculpas a sus interlocutores, Alastair dejó su copa en la bandeja de un camarero y caminó a pasos rápidos hacia ella. Chloé intentó seguirlo, con la sonrisa congelada y una chispa de envidia ardiendo en su mirada.

—¿Se puede saber qué significa este circo? —siseó Alastair al llegar frente a Victoria, tomándola del brazo con firmeza disimulada para arrastrarla a un lateral del salón.

Victoria no retrocedió. Con un movimiento pausado pero tajante, zafó su brazo del agarre de su esposo y lo miró directamente a los ojos. Su mirada gris era un lago helado donde Alastair no encontró ni un rastro del miedo o la culpa habituales.

—No me vuelvas a poner una mano encima en público, Alastair —dijo ella en un tono tan bajo y firme que hizo que él diera un involuntario paso atrás—. Me pediste que viniera. Aquí estoy.

—Te pedí que vinieras vestida como la esposa de un Kensington, no como una tentación de catálogo —reclamó él con los dientes apretados, la cara encendida de contención—. Todos te están mirando.

—Pensé que te gustaba presumir tus adquisiciones más valiosas —respondió ella con una sonrisa gélida—. O acaso... ¿te molesta que no sea la única que atrae miradas en esta habitación?

—Victoria, querida —interrumpió Chloé, apareciendo al lado de Alastair con una falsa calidez que rozaba la insolencia—. Qué cambio tan... drástico. Aunque debo decir que el rojo es un color bastante agresivo para una gala de este nivel. Alastair siempre prefiere la sobriedad.

Victoria giró lentamente el rostro hacia Chloé. La analizó de pies a cabeza con una tranquilidad que desarmó a la otra mujer en un segundo.

—Los gustos de Alastair suelen ser bastante predecibles, Chloé. Al menos hasta que se aburre de lo común —contestó Victoria, manteniendo la voz cristalina—. Y considerando que tú estás aquí para hablar de "negocios", me sorprende que pierdas el tiempo juzgando mi guardarropa.

Chloé palideció, apretando la mandíbula mientras miraba a Alastair esperando que saliera en su defensa. Sin embargo, Alastair estaba demasiado atónito por la mordacidad impecable de su esposa como para reaccionar de inmediato.

—Basta —dijo Alastair finalmente, intentando recuperar el control de la situación—. Victoria, te comportarás como es debido.

—Siempre me he comportado como es debido, Alastair. La diferencia es que esta noche juego bajo mis propias reglas.

A pocos metros de distancia, apartado entre la sombra de una columna revestida de caoba, un hombre observaba la escena.

Julian Vance, el recién llegado magnate de la industria naviera y heredero de una de las casas más antiguas de Escocia, sostenía un vaso de whisky en la mano. De hombros anchos, mirada penetrante de un azul oscuro como el océano y una elegancia natural que no necesitaba de adornos, Julian había permanecido al margen de la frivolidad de la fiesta.

Hasta ese momento.

Había visto a Alastair Kensington durante meses pavonearse por el distrito financiero, menospreciando a la mujer que tenía en casa mientras coqueteaba abiertamente con otras. Y ahora, viendo a la hermosa mujer del vestido carmesí plantar cara al arrogante empresario con tanta dignidad, una chispa de auténtica fascinación se encendió en sus ojos.

—Interesante... —murmuró Julian para sí mismo.

Terminó su bebida de un trago, ajustó los botones de su esmoquin negro y comenzó a caminar con paso firme y seguro hacia la pareja.




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