Orgullo Roto

CAPÍTULO 4: El Primer Baile

La orquesta de la gala en Mayfair comenzó a interpretar un vals lento y envolvente. Las notas de las violas y violines resonaban contra los techos altos y los espejos dorados del gran salón, pero para las personas presentes, la verdadera música era la tensión sofocante que se respiraba en el centro de la pista.

Alastair avanzó un paso más, interponiéndose físicamente entre su esposa y Julian Vance. Sus hombros anchos y su presencia oscura proyectaban una sombra amenazante sobre ambos.

—No sé a qué estás jugando, Victoria —dijo Alastair con un murmullo bajo y gutural, dirigido solo a los oídos de ella. Sus ojos grises centelleaban con un peligro frío—. Pero te exijo que te comportes. Eres la señora Kensington. Regresamos a casa ahora mismo.

Victoria no dio un solo paso atrás. Lejos de amedrentarse por la mirada inquisidora de su esposo, enarcó una ceja perfectamente delineada y sostuvo su postura.

—¿Exigirme, Alastair? —respondió ella con una serenidad encantadora que lo dejó helado—. Por favor, guarda tus escenas de dominio para tus amantes. Ellas son las que cobran por soportar tu mal carácter.

A su lado, Julian soltó una carcajada tenue y elegante. El sonido fue como un azote directo al orgullo de Alastair.

—Parece que la dama ha sido bastante clara, Kensington —intervino Julian con voz pausada, dando un paso al frente para ponerse al lado de Victoria. Sus ojos oscuros miraron a Alastair sin el menor indicio de temor—. Y si no me equivoco, Lord Harrington acaba de anunciar el vals de la velada. Sería un pecado imperdonable dejar a una mujer tan fascinante sola a mitad de la noche.

—Ella no está sola. Está con su esposo —escupió Alastair, apretando los puños con tal fuerza dentro de las bolsas de su pantalón que los nudillos le dolieron.

—Un esposo que llegó acompañado de otra mujer —rebatió Julian con absoluta compostura, ofreciendo suavemente su mano enguantada a Victoria—. Señora Kensington, ¿me concedería el honor de este baile?

Victoria miró la mano extendida de Julian. Sabía exactamente lo que significaba aceptarla. Significaba cruzar la línea del no retorno. Significaba declarar abiertamente la guerra a la aristocracia de Londres y, sobre todo, a Alastair.

Lentamente, dirigió la vista hacia su esposo. Vio la vena latiendo en la sien de Alastair, los nudillos tensos, el mandíbula apretada hasta el límite. Vio los celos primarios y la furia posesiva de un hombre acostumbrado a ser obedecido.

Durante cuatro años, ella le había entregado su alma en bandeja de plata y él solo la había pisoteado. Hoy, Victoria estaba dispuesta a incendiar el mundo entero con tal de recuperar su dignidad.

—Será un verdadero placer, señor Vance —dijo Victoria con una sonrisa radiante.

Colocó su mano de finos dedos sobre la mano de Julian.

Alastair dio un paso instintivo hacia adelante para detenerla, pero Julian guio a Victoria hábilmente hacia el centro de la pista de baile, girando justo a tiempo para dejar al heredero de los Kensington solo a la orilla, bajo la mirada incrédula de decenas de aristócratas.

Los murmullos estallaron como pólvora por todo el salón.

—¿Viste eso?

—¡Aceptó bailar con el duque de Vance en la cara de Alastair!

—Se nota que entre ellos hay una tensión brutal...

Alastair se quedó rígido en su lugar. Sentía la garganta seca y la sangre quemándole las venas. Su pecho subía y bajaba con una respiración agitada que jamás se había permitido mostrar en público. Ver los dedos de Julian Vance posándose suavemente en la cintura al descubierto de Victoria le produjo una punzada de rabia física, un dolor agudo e incontrolable en el centro del estómago.

En la pista de baile, los movimientos de Julian y Victoria eran de una elegancia hipnotizante.

Julian la sostenía con el respeto de un caballero, pero con una firmeza que transmitía seguridad. Su agarre en su cintura era firme, cálido, exactamente lo contrario al toque frío y posesivo de Alastair.

—Está jugando con fuego, señora Kensington —murmuró Julian mientras giraban al compás del violín, manteniendo sus ojos fijos en los de ella—. Su esposo parece listo para cometer un asesinato en medio de la pista.

—Que lo intente —respondió Victoria con una leve sonrisa, sintiendo la adrenalina correr por sus venas—. Alastair está acostumbrado a que todo en su vida sea un contrato dócil. Hoy acaba de descubrir que yo no soy de su propiedad.

Julian sonrió, y por primera vez, Victoria notó una calidez genuina en los ojos del enigmático hombre.

—Déjeme decirle algo, Victoria —dijo Julian, bajando la voz hasta convertirla en un susurro íntimo que le erizó la piel—. Un hombre que necesita humillar a la mujer que tiene a su lado para sentirse poderoso no es más que un cobarde. Usted merece ser adorada, no tolerada.

Las palabras de Julian penetraron hondo en el pecho de Victoria. Hacía años que nadie le hablaba con tal nivel de respeto y admiración. Por un segundo, la coraza de frialdad que ella había construido amenazó con fracturarse ante la sinceridad del hombre que la guiaba en el baile.

Desde el balcón del segundo piso, Alastair no quitaba la vista de la pareja. Aceptó un vaso de whisky puro que le ofreció un mozo y se lo tomó de un solo trago, sintiendo cómo el alcohol le quemaba la garganta sin lograr apagar la hoguera que llevaba por dentro.

Veía la forma en que Victoria le sonreía a Julian. Una sonrisa real, libre, hermosa. Una sonrisa que ella jamás le había dedicado a él en los últimos años porque siempre estaba demasiado ocupada intentando agradarle o temiendo sus desplantes.

«Ella es mía», repetía una voz oscura y posesiva dentro de su cabeza. «Ella es mi esposa. Renunció a todo por mí. No puede sonreírle así a nadie más».

El vals llegó a su fin con un acorde majestuoso. Toda la pista estalló en aplausos.

Julian tomó la mano de Victoria, se inclinó ligeramente con elegancia aristocrática y rozó sus labios sobre los nudillos de ella sin quitarle la mirada de encima.




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