El choque de la puerta de la limusina al cerrarse resonó como un disparo en el silencio de la noche londinense. El vehículo, de cristales tintados y motor imperceptible, comenzó a avanzar suavemente por las calles iluminadas de Mayfair, pero dentro de la cabina el aire quemaba.
Alastair se quitó la pajarita del esmoquin con un tirón brusco y desabrochó el primer botón de su camisa. El alcohol de la noche no había mitigado la furia que le ardía en las entrañas; la había multiplicado.
—¿Te parece gracioso? —preguntó Alastair. Su voz era desgarrada, baja y peligrosa, cargada de una ira contenida durante toda la velada—. ¿Te divierte hacer el ridículo frente a toda la sociedad de Londres?
Victoria permanecía sentada frente a él, con las piernas cruzadas y la espalda recta contra el cuero negro del asiento. No se exaltó. Ni siquiera parpadeó ante el tono inquisidor de su esposo. Se limitó a mirar por la ventana cómo las luces de la ciudad se desdibujaban bajo la fina lluvia.
—El único que hizo el ridículo esta noche fuiste tú, Alastair —respondió con voz firme, sin una sola grieta de duda—. Aunque supongo que no estás acostumbrado a que las consecuencias de tus actos te alcancen.
Alastair se inclinó hacia adelante, reduciendo el espacio entre ellos hasta que su sombra la cubrió por completo.
—Bailaste con Julian Vance. Frente a todos. ¿Sabes quién es ese hombre? Es el mayor competidor de la firma de mi familia. Es un tiburón que busca cualquier debilidad para destruirme, ¡y tú se la serviste en bandeja de plata!
Victoria giró la cabeza muy despacio y sostuvo la mirada gris de su esposo. Por primera vez en cuatro años, Alastair no vio devoción en esos ojos azules. Vio un abismo helado.
—No, Alastair. Tú le serviste la debilidad —lo corrigió con una calma letal—. Le mostraste a toda Inglaterra que prefieres pavonearte con modelos baratas antes que respetar a la mujer que lleva tu apellido. Yo no te traicioné. Simplemente dejé de proteger tu ego.
—¡Eres mi esposa! —bramó él, golpeando el reposabrazos con el puño—. ¡Te debo un respeto y tú me debes lealtad! ¡Exijo que te comportes como la señora Kensington!
Victoria soltó una risa amarga y corta que cortó la tensión como un bisturí.
—¿Lealtad? ¿Hablas de lealtad, el hombre que no ha pasado una sola semana sin meter a una mujer distinta en su cama? —Victoria se acercó apenas unos centímetros, encarándolo cara a cara—. Te entregué mi juventud, mi orgullo y mi vida entera. Rechacé mi libertad por ti porque cometí el grave error de amarte. Y tú me pagaste convirtiéndome en el chiste de la aristocracia.
Alastair se quedó rígido. La palabra amar pronunciada en pasado le provocó un latigazo extraño en el pecho, una presión incómoda que nunca antes había experimentado.
—El matrimonio era un acuerdo entre nuestras familias... —comenzó a decir él, pero la voz le sonó inexplicablemente hueca.
—Para ti era un acuerdo. Para mí era mi vida —lo interrumpió ella—. Pero el contrato se rompió esta noche, Alastair. Ya no soy la niña ingenua que espera en la mansión a que recuerdes que existes. Si tú tienes derecho a divertirte fuera de casa, yo también.
—No te atrevas... —amenazó Alastair, tomándola del mentón con fuerza, aunque sus dedos temblaban imperceptiblemente—. No voy a tolerar que ningún hombre te toque. Eres mía, Victoria. Y si vuelvo a verte cerca de Vance, me encargaré de destruir su imperio y todo lo que le importa.
Victoria lo miró sin inmutarse, retirando la mano de Alastair de su rostro con un gesto frío y calculadamente lento.
—Trata de destruirlo si quieres —murmuró ella—. Pero a mí ya no puedes destruirme más. Ya hiciste todo el daño que podías hacer.
La limusina se detuvo frente a la imponente mansión de Belgravia. El chofer corrió a abrir la puerta, pero Victoria no esperó ayuda. Bajó del auto con la elegancia intacta de su vestido esmeralda y caminó hacia la entrada.
Alastair bajó tras ella, siguiendo sus pasos acelerados por el gran vestíbulo de mármol.
—Victoria, no hemos terminado de hablar —ordenó él mientras subían la gran escalera de caracol.
—Yo sí terminé —respondió ella sin detenerse.
Llegaron al pasillo principal. En lugar de dirigiéndose a la suite matrimonial que habían compartido —o más bien, donde ella lo había esperado sola la mayoría de las noches—, Victoria caminó con decisión hacia el ala este de la mansión y abrió la puerta de una de las suites de invitados más amplias.
Alastair se detuvo en seco en el umbral, viendo cómo ella dejaba su bolso sobre la mesa de noche.
—¿Qué haces? —preguntó él, con los párpados entrecerrados por la incredulidad.
—Ocupando mi nueva habitación —dijo Victoria, dándole la espalda mientras se desabrochaba los pendientes de diamantes—. A partir de hoy, no compartimos cama, no compartimos vida privada y no rindo cuentas de a dónde voy ni con quién estoy.
—Esta es mi casa —dijo Alastair, dando un paso dentro de la habitación, desatado por unos celos oscuros y primitivos que amenazaban con quemarlo vivo—. No me vas a echar de tu vida como si fuera un desconocido.
Victoria se giró, lo miró fijamente y caminó hacia la puerta. Puso la mano en el pomo y lo observó con una frialdad implacable.
—Buenas noches, Alastair.
Durante diez largos segundos, los ojos grises de él y los azules de ella se batieron en un duelo silencioso. Alastair apretó los dientes, sintiendo una impotencia desconocida que lo corroía por dentro. Viendo que ella no daría un solo paso atrás, salió al pasillo.
Victoria cerró la puerta y giró el cerrojo. El sonido del metal encajando resonó con la fuerza de una sentencia.
Del otro lado, Alastair se quedó de pie en la penumbra del pasillo, mirando la madera tallada de la puerta cerrada. Por primera vez en sus veintisiete años, sintió el frío absoluto de la soledad. La mujer que siempre había estado allí, sumisa, fiel y esperándolo en la oscuridad, se le acababa de escapar de las manos. Y lo peor de todo era que una parte de su alma, esa que siempre creyó invulnerable, acababa de empezar a sangrar.