La mañana en la mansión Kensington amaneció bajo un cielo plomizo sobre Belgravia. El aire fresco tras la lluvia de la noche anterior apenas lograba disipar la atmósfera pesada y sofocante que se respiraba dentro de la propiedad.
Alastair no había dormido en toda la noche.
De pie junto a la enorme ventana del comedor principal, vestido con un traje de tres piezas gris carbón y la corbata ligeramente desatada, sostenía una taza de café negro entre sus manos. Sus ojos grises, enmarcados por sombras oscuras de cansancio y rabia reprimida, observaban el jardín central. Tenía la mandíbula tensa y la mente fija en las últimas palabras de Victoria antes de encerrarse en el ala oeste.
El sonido firme de unos tacones sobre el mármol del vestíbulo hizo que se girara de inmediato.
Victoria entró al comedor.
Si Alastair esperaba ver a una mujer abatida, derrotada o con los ojos hinchados por el llanto, la visión frente a él destruyó cualquier ilusión. Victoria lucía deslumbrante. Llevaba un conjunto de chaqueta y falda lápiz en tono crema que remataba a la perfección su figura, el cabello recogido en un moño pulcro e impecable, y los labios teñidos de un rojo vibrante que jamás solía usar para desayunar en casa.
No había rastro de la esposa sumisa que aguantaba la cabeza baja.
—Buenos días, señor Kensington —dijo ella con una cortesía distante y helada, tomándole el pelo al usar su apellido mientras se sentaba a la mesa.
—Victoria —respondió él, con la voz rasposa por la falta de sueño—. Veo que te levantaste temprano.
—Tengo una agenda ocupada hoy —contestó ella con serenidad, desplegando la servilleta de lino sobre su regazo mientras el mayordomo principal, el viejo Harrison, le servía té con manos temblorosas, consciente del campo de minas en el que caminaba.
Antes de que Alastair pudiera exigirle detalles sobre esa "agenda", dos golpes secos en la puerta de entrada interrumpieron el silencio. Segundos después, un joven sirviente entró al comedor portando una caja alargada de terciopelo negro, atada con una cinta de seda dorada.
—Disculpe la interrupción, señora Kensington —dijo el empleado con reverencia—. Esto acaba de llegar por mensajería privada para usted.
La ceja de Alastair se elevó de inmediato. Victoria, en cambio, esbozó una sonrisa sutil y elegante.
—Gracias, Thomas. Déjalo en la mesa.
En cuanto el sirviente se retiró, Alastair dio dos pasos largos hacia la mesa, con el rostro ensombrecido por una furia violenta.
—¿Qué demonios es eso? —exigió saber, señalando la caja como si fuera una bomba a punto de estallar.
—Es un paquete para mí, Alastair. Nada que deba importarte —replicó ella sin perder la calma.
Sin pedir permiso, Victoria desató la cinta de seda y abrió la cubierta de terciopelo. Dentro reposaban doce rosas de un tono rojo tan oscuro que bordeaba el negro, traídas de las floristerías más exclusivas de Knightsbridge. Entre los tallos, una pequeña tarjeta de papel de hilo llevaba una caligrafía masculina impecable.
Victoria tomó la tarjeta y leyó en voz alta, saboreando cada palabra para que resonara en los oídos de su esposo:
"Para la mujer que anoche demostró que la verdadera elegancia jamás se somete. Gracias por el baile, Victoria. Espero con ansias nuestro almuerzo de hoy en Le Gavroche.
— J.V."
Un silencio sepulcral cayó sobre el comedor.
Alastair sintió cómo la sangre le subía a la cabeza en un torrente hirviente. El nombre de Julian Vance ardía en sus oídos como una provocación directa. La idea de que ese hombre le enviara flores a su esposa, a su propia casa, y que además la citara a almorzar en uno de los restaurantes más concurridos de la élite londinense, desató un demonio posesivo en su interior que jamás pensó poseer.
Con un movimiento brusco y ciego, Alastair dio un manotazo a la caja de terciopelo, enviándola al suelo. Las rosas rojas y la tarjeta volaron sobre la alfombra.
—¡No vas a ir a ninguna parte con él! —rugió Alastair, apoyando ambas manos sobre la mesa y inclinándose hacia ella con los ojos inyectados en sangre—. ¡Ese infeliz te está usando para provocarme y tú estás cayendo de la forma más ridícula!
Victoria ni siquiera pestañeó ante el arrebato de violencia. Lo miró fijamente, con una frialdad tan profunda que hizo que el propio Alastair sintiera un escalofrío.
—El único que está haciendo el ridículo aquí eres tú, Alastair —dijo ella, poniéndose de pie con lentitud y elegancia—. Estás gritando como un niño pequeño al que le quitaron un juguete que mantuvo olvidado en el rincón durante cuatro años.
—¡Eres mi esposa, carajo! —gritó él, tomándola con fuerza del brazo antes de que pudiera alejarse.
Victoria miró la mano de él apretando su abrigo crema y luego levantó los ojos con una advertencia despiadada:
—Suéltame. Ahora mismo.
Alastair sintió la firmeza de su mirada y, a su pesar, la soltó, apretando los puños a los costados.
—Julian Vance me trata como un ser humano, Alastair —continuó ella, acomodándose la chaqueta con parsimonia—. Me mira a los ojos, escucha lo que digo y aprecia mi presencia. Todo lo que tú jamás te molestaste en hacer mientras metías a tus amantes en mi cama. Voy a almorzar con él hoy a la una. Y si me apetece, aceptaré su invitación para cenar mañana.
—No voy a permitir que destruyas mi apellido —escupió él con la voz temblorosa de rabia.
Victoria sonrió, una sonrisa hermosa y venenosa mientras caminaba hacia la salida del comedor. Se detuvo un segundo en la puerta, se giró y lo miró de arriba abajo.
—Tu apellido te importaba muy poco cuando paseabas a Chloé Laurent por el Claridge’s, querido. Acostúmbrate. Esto apenas está comenzando.
Victoria salió de la habitación, dejando a Alastair en medio del comedor, respirando agitadamente entre el olor a rosas aplastadas y el eco helado de su derrota.