Oscuro Camino Hacia El Amor

Capítulo 12

Samanta no recordaba haber aceptado escuchar a Patrick. Sin embargo, ahí estaba, sentada frente a él, con una taza de capuchino humeante entre las manos y el corazón golpeándole el pecho como si quisiera escapar.

La cafetería estaba llena. Risas suaves, cucharillas chocando contra la porcelana, conversaciones ajenas que parecían pertenecer a otro mundo. Aun así, Samanta se sentía aislada, como si una burbuja invisible los envolviera solo a ellos dos.

Patrick no parecía un hombre arrepentido.
Parecía un hombre calculando.

—No vine a justificarme —dijo finalmente, rompiendo el silencio—. Vine porque me equivoqué… y porque no soy bueno perdiendo lo que me importa.

Samanta alzó la vista con lentitud. Sus ojos se encontraron con los de él, oscuros, serenos, demasiado firmes para alguien que decía sentirse culpable.

—¿Perder? —repitió—. Tú fuiste quien me empujó lejos.

Patrick apretó la mandíbula. Por un segundo, algo cruzó su rostro. No fue enojo. No fue tristeza. Fue algo más profundo… más frío.

—Actué mal —admitió—. Y no fue por desconfianza hacia ti, como crees.

—¿Entonces por qué? —preguntó ella, clavándole la mirada—. Me miraste como si yo fuera capaz de… —calló, porque todavía dolía demasiado decirlo.

Patrick inclinó el cuerpo hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa. Bajó la voz, como si temiera ser escuchado.

—Porque tuve miedo.

Samanta frunció el ceño.

—¿Miedo de qué?

Él no respondió de inmediato. Observó alrededor, como si evaluara el lugar, a las personas, las salidas. Ese gesto le erizó la piel a Samanta sin que supiera explicar por qué.

—De que te metieras en cosas que no entiendes —dijo al fin—. De que, por estar cerca de mí, te convirtieras en un blanco.

—¿Un blanco de quién? —preguntó ella, sintiendo cómo la ansiedad comenzaba a treparle por el cuerpo.

Patrick sostuvo su mirada.

—De personas que no perdonan errores.

Samanta soltó una risa incrédula, breve, tensa.

—Esto suena ridículo, Patrick. No eres parte de una película.

—Ojalá lo fuera —respondió él con seriedad.

El silencio volvió a instalarse entre ellos. La mesera dejó las tazas sobre la mesa sin interrumpirlos, y se alejó rápidamente, como si hubiera percibido que no era buen momento para quedarse.

Samanta jugueteó con el borde de la taza, evitando mirarlo.

—No tienes derecho a tratarme como lo hiciste —dijo finalmente—. No importa cuáles sean tus miedos.

—Lo sé —admitió—. Y no te pido que me perdones ahora.

Ella alzó una ceja, sorprendida.

—¿Entonces?

—Te pido que no desaparezcas —respondió—. Que no tomes decisiones sin saber todo.

—¿Todo qué?

Patrick abrió la boca… y la cerró. Algo en su expresión cambió. Sus ojos se desviaron por un segundo hacia la ventana.

—No aquí —dijo—. No es el lugar.

Samanta siguió su mirada sin entender. Fue entonces cuando lo sintió. Esa presión incómoda entre los omóplatos. La sensación clara y desagradable de estar siendo observada.

Giró la cabeza con cautela.

Un automóvil oscuro estaba detenido al otro lado de la calle. No parecía fuera de lugar… salvo porque llevaba demasiado tiempo ahí.

—Patrick… —susurró.

—Lo sé —respondió él, sin mirarla.

Eso fue lo que la inquietó de verdad.

—¿Cómo que lo sabes?

Patrick se levantó lentamente de su asiento. Tomó su chaqueta con un movimiento tranquilo, demasiado tranquilo.




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