Samantha pasó gran parte del día intentando convencerse de que estaba exagerando.
Era lo más lógico. Después de todo, venía de semanas cargadas de emociones, miedo, discusiones y una decepción amorosa que aún le dolía en el pecho. Cualquier persona en su lugar estaría sensible, viendo amenazas donde quizás solo había errores humanos.
Aun así, algo no terminaba de encajar.
Patrick se había ido temprano aquella mañana, dejando tras de sí el aroma de su perfume y una despedida cariñosa, casi demasiado correcta. Le dijo que debía atender a su madre, como tantas otras veces, y Samantha no dudó. Nunca lo había hecho. La señora Mónica era un pilar constante en la vida de Patrick, una presencia frágil pero firme, y Samantha incluso sentía un sincero afecto por ella.
Parecía concentrado.
Samantha se detuvo en seco. Podía darse la vuelta. Fingir que no lo había visto. Continuar con su día.
Pero no lo hizo.
Avanzó despacio, manteniendo la distancia, sintiéndose absurda por seguir a un hombre que, en teoría, no le ocultaba nada. Patrick dobló en una calle que Samantha conocía bien, pero no en dirección a la casa de su madre.
Frunció el ceño.
—Tal vez va a comprar algo —murmuró para sí.
Lo siguió unas cuadras más. Patrick se detuvo frente a un edificio antiguo, de fachada gris, sin ningún letrero visible. No parecía un lugar comercial ni residencial. Sacó algo del bolsillo, presionó el timbre y la puerta se abrió casi de inmediato.
Antes de que se cerrara, Samantha alcanzó a ver a dos hombres dentro. No escuchó lo que dijeron, pero la forma en que saludaron a Patrick le resultó extraña. Demasiado familiar.
La puerta se cerró.
Samantha sintió que el corazón le golpeaba con fuerza. Permaneció inmóvil varios segundos, como si el cuerpo no le respondiera. No entendía qué acababa de presenciar, pero la incomodidad crecía en su interior.
Retrocedió un paso.
—Estás imaginando cosas —se dijo—. No tienes derecho a dudar así.
Sacó el teléfono con manos temblorosas. Justo en ese momento, la pantalla se iluminó.
Patrick: ¿Dónde estás?
Tragó saliva.
Samanta: En casa.
La respuesta llegó casi al instante.
Patrick: Bien. Avísame si sales. No me gusta que andes sola últimamente.
Leyó el mensaje varias veces. No había nada alarmante en esas palabras. Era el Patrick de siempre. Protector. Atento.
Aun así, el nudo en su estómago no desapareció.
Guardó el teléfono y se alejó del edificio, sintiendo una mezcla de culpa y confusión. Quizás había sido solo una reunión de trabajo. Quizás estaba invadiendo un espacio que no le correspondía.
Pero por primera vez desde que lo conocía, una idea se instaló en su mente sin pedir permiso: "Tal vez no le contaba todo".
Y no sabía si estaba preparada para descubrir qué más se escondía detrás de su sonrisa impecable.
Editado: 05.02.2026