Samantha aprendió esa semana que el silencio podía tener muchas formas. No siempre era la ausencia de palabras; a veces era una mirada que se desviaba un segundo antes de lo habitual, una respuesta correcta pero incompleta, un gesto cotidiano que dejaba de serlo. El silencio se instaló en su vida como una corriente de aire frío que se filtraba por rendijas invisibles, imposible de ignorar, imposible de detener.
Desde la noche en que Patrick no llegó a la hora prometida, algo se había desplazado dentro de ella. No fue una ruptura, ni siquiera una discusión. Fue peor: una duda sin forma, sin nombre, que se sentaba a su lado cuando tomaba café, que la acompañaba en el transporte público, que aparecía justo antes de dormir.
Intentó convencerse de que exageraba. Después de todo, él había explicado su retraso con una historia simple, casi aburrida: un trámite inesperado, una llamada de último minuto, una gestión que se alargó más de lo previsto. Nada extraordinario. Nada sospechoso… si se tomaba cada palabra por separado.
Pero Samantha ya no escuchaba palabras sueltas. Escuchaba los espacios entre ellas.
Patrick seguía siendo atento. La llamaba por las noches, le preguntaba cómo había estado su día, recordaba detalles pequeños que nadie más parecía notar. Le hablaba de su madre, de sus rutinas, de las dificultades propias de cuidar a alguien mayor. Todo seguía igual. Y, sin embargo, no lo estaba.
Ese martes por la tarde, Samantha decidió caminar en lugar de tomar el bus. Necesitaba movimiento, necesitaba que el cuerpo hiciera algo para silenciar la mente. El cielo estaba cubierto, de ese gris opaco que no anunciaba lluvia pero tampoco dejaba pasar la luz. Las calles parecían más angostas, más cerradas, como si la ciudad misma conspirara para mantenerla contenida.
Fue entonces cuando vio el auto.
No estaba segura de inmediato. Dudó. Redujo el paso, fingió revisar el teléfono. El vehículo estaba estacionado a media cuadra, del lado opuesto de la calle. No era un modelo raro, ni especialmente llamativo. De hecho, eso era lo inquietante: lo había visto antes. Más de una vez.
No junto a Patrick. Cerca de él.
El pulso le golpeó en las sienes. Se dijo que era absurdo, que miles de personas podían tener el mismo auto, el mismo color, la misma placa parcialmente memorizada. Aun así, cruzó la calle con una naturalidad ensayada y pasó junto al vehículo, obligándose a no mirar demasiado.
No había nadie dentro.
Siguió caminando, pero la sensación no se disipó. Al contrario, creció. Esa percepción incómoda de estar siendo observada regresó, la misma que había intentado dejar atrás desde aquella noche en que todo comenzó. Desde el testimonio, desde la persecución, desde la puerta golpeada con desesperación.
Patrick siempre aparecía en sus pensamientos cuando el miedo amenazaba con desbordarla. Era su punto fijo, su ancla. Pensar en él había sido, hasta hace poco, una forma de calmarse.
Ahora no estaba tan segura.
Esa misma noche, el detective volvió a llamar.
Samantha dudó antes de contestar. Dejó que el teléfono vibrara dos veces más de lo necesario, como si ese breve retraso pudiera darle control sobre la situación. Finalmente, deslizó el dedo por la pantalla.
—Buenas noches —dijo, procurando que su voz sonara estable.
—Buenas noches, Samantha. Lamento llamar tan tarde.
—No se preocupe.
Hubo un silencio breve, medido. El detective no era un hombre de rodeos innecesarios, pero tampoco de preguntas directas sin preparación. Samantha ya había aprendido a reconocer ese patrón.
—Hemos revisado nuevamente su declaración —continuó él—. Y hay algunos detalles que me gustaría aclarar.
Ella se apoyó contra la pared del departamento, cerrando los ojos.
—¿Otra vez?
—Es normal en este tipo de casos —respondió con calma—. Especialmente cuando aparecen nuevos antecedentes.
Samantha sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué tipo de antecedentes?
—Movimientos. Personas que no estaban en el radar inicial.
El silencio que siguió fue distinto. Más pesado.
—Quiero que sepa —añadió el detective— que no estoy sugiriendo nada indebido de su parte. Pero necesitamos entender con precisión su círculo cercano desde el incidente -explica.
Círculo cercano.
Samantha pensó en Patrick. En su casa. En la mujer anciana que le abrió la puerta aquella noche. En la forma en que él había aparecido como una figura protectora, casi inevitable, en medio del caos.
—Ya les conté todo lo que sabía —dijo finalmente.
—Y se lo agradezco. Pero las circunstancias cambian. Y usted también ha cambiado desde entonces.
No supo qué responder.
—¿Ha notado algo extraño últimamente? —preguntó él, sin presión aparente.
La pregunta flotó entre ellos, cargada de significados. Samantha pudo haber hablado del auto. De la sensación persistente. De las contradicciones que empezaban a inquietarla. Pero también pudo haber hablado de Patrick. Y eso… eso no estaba lista para hacerlo.
—No —mintió, con una suavidad que la sorprendió—. Nada fuera de lo normal.
El detective no la contradijo. Tampoco pareció convencido.
—Muy bien. De todos modos, le pediré que esté atenta. Y que me llame si algo cambia.
Colgó poco después, dejándola con una sensación amarga en la boca. No era solo culpa lo que sentía, era algo más complejo: una lealtad naciente, casi irracional, hacia alguien que empezaba a no comprender del todo.
Patrick llamó unos minutos después.
—Te escucho distinta —dijo apenas ella respondió.
Samantha sonrió, aunque él no podía verla.
—¿Distinta cómo?
—Más lejos.
La observación la desarmó un poco. Patrick tenía esa capacidad incómoda de percibir lo que ella se esforzaba por ocultar.
—Fue un día largo —respondió.
—Puedo pasar a verte, si quieres.
La propuesta fue tentadora y aterradora al mismo tiempo.
Editado: 05.02.2026