Oscuro Camino Hacia El Amor

Capítulo 15

Samantha despertó con la sensación de haber soñado algo importante… y haberlo olvidado justo al abrir los ojos. Permaneció unos segundos inmóvil, observando el techo, intentando recuperar fragmentos que ya se deshacían como humo. Solo le quedó una emoción persistente, incómoda: una mezcla de nostalgia y temor, como si hubiera perdido algo que aún no sabía nombrar.

Se incorporó lentamente. El departamento estaba en silencio, demasiado ordenado, demasiado vacío. Antes, ese silencio le resultaba reparador; ahora le parecía un recordatorio constante de que estaba sola con sus pensamientos.

Últimamente no eran los mismos pensamientos.

Preparó café sin entusiasmo. El aroma no logró despertarla del todo. Mientras esperaba que la taza se llenara, su mente volvió —como lo hacía siempre— a Patrick. A su voz, a su forma de mirarla, a la manera en que había aparecido en su vida cuando todo parecía derrumbarse. Pensar en él seguía provocándole una calidez inmediata… pero ya no era una calidez limpia. Estaba atravesada por preguntas. Preguntas que atormentan su mente sin respuestas que calmen.

Se sentó junto a la ventana, observando la calle. Gente que iba y venía, vidas que continuaban sin pausa. Sintió una punzada de envidia. Ella también había sido así antes: alguien que caminaba sin mirar atrás, sin calcular riesgos, sin analizar cada detalle como si escondiera una amenaza.

El teléfono vibró sobre la mesa.

Patrick.

El corazón le dio un salto involuntario. Lo tomó con cuidado, como si el simple gesto pudiera delatarla.

—Buenos días —saluda él, con una suavidad que la desarmó.

—Buenos días -saluda ella.

—¿Dormiste bien?

La pregunta, tan simple, la atravesó más de lo esperado. Porque la respuesta honesta habría sido no. No había dormido bien desde hacía días.

—Más o menos —admitió.

Patrick guardó silencio unos segundos.

—¿Te gustaría que nos viéramos hoy?

Samantha cerró los ojos. Parte de ella quería decir que sí sin pensar, correr hacia él y refugiarse en ese espacio donde todo parecía más fácil. Otra parte —cada vez más presente— pedía distancia, tiempo, claridad.

—Podemos dar una vuelta —respondió finalmente—. Algo tranquilo.

—Me parece bien.

Quedaron de verse por la tarde. Cuando colgó, Samantha se quedó mirando la pantalla apagada, con una sensación extraña en el pecho. No era miedo. Era conciencia. La certeza de que algo estaba cambiando, aunque aún no supiera en qué dirección.

Durante el día intentó concentrarse en tareas simples. Ordenó papeles, limpió superficies que ya estaban limpias, abrió y cerró cajones sin motivo. Todo era una excusa para no pensar. Pero pensar se le imponía igual.

Recordó la noche en que conoció a Patrick. El golpe desesperado a una puerta desconocida. La anciana. El umbral. A veces se preguntaba qué habría pasado si esa puerta no se abría. Si otra persona hubiese respondido. Si nadie lo hacía. Su vida entera parecía depender de ese instante mínimo.

Y Patrick había quedado ligado a esa noche para siempre. Como un salvador. Como una excepción.

Tal vez por eso le costaba tanto permitir que la duda lo tocara.

Se encontraron en un parque pequeño, casi escondido entre edificios. Patrick ya estaba allí cuando ella llegó. Sonrió al verla, y esa sonrisa —tan familiar— le apretó el pecho. Se acercaron sin prisa. No hubo abrazo inmediato. Samantha notó el detalle y se odió un poco por ello.

—Te ves cansada —dijo él, con preocupación genuina.

—Un poco.

Caminaron lado a lado. El aire estaba fresco, y las hojas secas crujían bajo sus pasos. Durante un rato hablaron de cosas triviales: el clima, una anécdota sin importancia, recuerdos sueltos. Samantha agradeció esa normalidad artificial. Era un descanso.

—Sam —dijo Patrick de pronto, deteniéndose.

Ella lo miró.

—¿Pasa algo?

Él dudó. Fue apenas un gesto, pero ella lo notó.

—Siento que te estoy perdiendo un poco.

Las palabras la golpearon con fuerza. No por ser injustas, sino porque eran peligrosamente ciertas.

—No te estoy dejando —respondió, más rápido de lo que pensó—. Solo… estoy cansada.

Patrick la observó con atención. No la presionó, no alzó la voz, no exigió explicaciones. Y eso, de alguna manera, la hizo sentir peor.

—Si hay algo que te preocupa —dijo—, me gustaría saberlo.

Samantha bajó la mirada. Podría haber hablado del detective. De la investigación. Del miedo que aún la acompañaba. Todo eso era real. Pero no era todo.

—A veces siento que mi vida se partió en dos —confesó—. Antes y después de esa noche. Y todavía no logro unir las piezas.

Patrick asintió lentamente.

—A mí también me pasan cosas así.

Ella levantó la vista.

—¿Cómo?

—Momentos que te obligan a ser alguien distinto —respondió—. No siempre para bien.

La frase quedó suspendida entre ellos. Samantha quiso preguntar más, pero algo la detuvo. Tal vez intuición. Tal vez temor a lo que pudiera escuchar.

Continuaron caminando. Patrick tomó su mano con cuidado, como pidiendo permiso. Ella se la permitió. El contacto la reconfortó, pero también la llenó de una tristeza inesperada. Porque ya no era solo deseo lo que sentía por él. Era apego. Necesidad. Y eso la hacía vulnerable.

—Tengo miedo —dijo de pronto, sin mirarlo.

Patrick apretó un poco su mano.

—¿De qué?

Samantha respiró hondo.

—De equivocarme. De confiar cuando no debo. De cerrar los ojos por sentir algo bonito en medio de todo esto.

Patrick no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz fue más grave.

—Sentir no es un error, Sam.

Ella lo miró entonces, buscando algo en su rostro. Una señal. Una certeza. Encontró solo humanidad. Y contradicción.

Se detuvieron frente a un banco. Se sentaron. Samantha apoyó los codos en las rodillas, mirando el suelo.

—No quiero perderme a mí misma —dijo en voz baja.




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