Samantha despertó con la incómoda sensación de que algo no encajaba. No era un pensamiento concreto, ni una imagen clara; era más bien una presión en el pecho, un peso silencioso que no se disipaba al abrir los ojos. Permaneció inmóvil varios segundos, observando el techo, escuchando el murmullo lejano de la ciudad que comenzaba su rutina.
La noche anterior había sido inquieta. Sueños fragmentados, escenas inconexas, una mezcla confusa entre recuerdos y miedos. En uno de ellos corría por una calle que no reconocía, golpeando puertas cerradas, mientras una sombra avanzaba detrás de ella sin prisa, segura de que no había escapatoria. Se había despertado antes de saber qué ocurría, con el corazón desbocado y la garganta seca.
Se incorporó lentamente y se llevó una mano al rostro. Estaba cansada. No solo físicamente. Era un cansancio más profundo, acumulado, como si llevara días —o semanas— sosteniéndose a sí misma sin permitirse caer.
Preparó café casi por inercia. Mientras esperaba que la máquina terminara su trabajo, observó el reflejo de su rostro en el vidrio oscuro de la cocina. Se veía distinta. Más delgada, tal vez. O quizá solo era la mirada, más alerta, menos confiada. Antes de esa noche, antes de Patrick, antes del miedo, jamás se había detenido a analizar su propia expresión con tanta atención.
Tomó la taza y se sentó junto a la ventana. El cielo estaba cubierto, gris, sin promesas. La calle parecía igual que siempre, pero Samantha ya no la miraba de la misma forma. Ahora evaluaba rutas, esquinas, posibles refugios. Había aprendido, a la fuerza, que la normalidad podía romperse en cualquier momento.
Intentó concentrarse en el trabajo, pero no lo logró. Las palabras se le escapaban, los números se mezclaban, las tareas más simples requerían un esfuerzo desmedido. Finalmente cerró el computador y apoyó la espalda en la silla, exhalando con frustración.
Fue entonces cuando lo notó.
Un movimiento en la vereda de enfrente.
Se inclinó un poco hacia el vidrio, sin llamar la atención. Un hombre estaba detenido junto a un poste, mirando su teléfono. Nada extraño en apariencia. Podía ser cualquiera. Sin embargo, había algo en su quietud que la inquietó. No caminaba. No hablaba con nadie. Solo estaba ahí.
Samantha se apartó de la ventana, molesta consigo misma.
—Estás exagerando —se dijo en voz baja.
Regresó minutos después, casi sin quererlo. El hombre ya no estaba.
El alivio que sintió fue inmediato… y breve. Porque el miedo no se había ido con él. Seguía allí, latente, como una alarma que no sabía apagar.
Decidió salir. Quedarse encerrada no la ayudaba. Se puso una chaqueta ligera, tomó sus llaves y bajó las escaleras con pasos rápidos. El aire frío le golpeó el rostro, obligándola a respirar profundo. Caminó unas cuadras, intentando despejar la mente.
A mitad de camino, el sonido de su teléfono la sobresaltó.
Número desconocido.
Dudó unos segundos antes de contestar.
—¿Hola?
Silencio.
—¿Aló? —insistió, deteniéndose en la vereda.
Solo se escuchaba una respiración leve, casi imperceptible.
—¿Quién habla? —preguntó, con la voz tensa.
La llamada se cortó.
Samantha se quedó mirando la pantalla, con el pulso acelerado. Tragó saliva y guardó el teléfono, intentando convencerse de que no significaba nada. Podía ser un error. Una llamada equivocada. Nada más.
Pero el temblor en sus manos decía otra cosa.
Regresó a su departamento sin completar el recorrido. Al cerrar la puerta tras ella, apoyó la espalda en la madera y cerró los ojos. Su mente iba demasiado rápido, conectando hechos, inventando amenazas, creando escenarios.
No quiso llamar a Patrick. No quería depender de él para sentirse segura. No quería escuchar su voz solo para calmarse. Esa idea, por sí sola, le produjo una inquietud nueva.
El timbre sonó una hora después.
Samantha se sobresaltó. Se acercó a la puerta en silencio, miró por la mirilla… y soltó el aire contenido.
El detective.
Abrió con cautela.
—Buenos días, Samantha —saludó él, con un gesto serio—. Lamento aparecer sin avisar.
—¿Ocurrió algo? —preguntó ella, dejando pasar al hombre.
El detective observó el departamento con atención, como si evaluara cada detalle.
—Preferí hablar con usted en persona —respondió—. ¿Ha notado algo extraño hoy?
La pregunta la heló.
—¿A qué se refiere?
—Llamadas, personas desconocidas, movimientos inusuales.
Samantha dudó. Luego asintió lentamente.
—Recibí una llamada —confesó—. No hablaron. Solo… respiraban.
El detective tomó nota mental.
—No es la primera vez que ocurre —dijo—. Hemos recibido reportes similares en otros casos.
Ella sintió un nudo en el estómago.
—¿Entonces… sigue ahí?
—Nunca se fue —respondió él, sin rodeos.
El silencio se volvió pesado.
—Hay algo más —continuó el detective—. El patrón se está repitiendo. Y usted sigue estando en el centro.
Samantha se sentó, con las manos entrelazadas.
—Creí que… que todo estaba más tranquilo —murmuró.
—La calma suele ser engañosa —replicó él—. Por eso necesito que sea completamente honesta conmigo.
Ella levantó la vista.
—Lo soy.
—¿Hay alguien nuevo en su vida? —preguntó—. ¿Alguien cercano?
La pregunta la tomó desprevenida.
—Estoy saliendo con alguien —admitió.
El detective la observó con atención, demasiado.
—¿Nombre?
—Patrick.
Hubo una pausa. Apenas un segundo. Pero Samantha la notó.
—¿Lo conoce bien? —preguntó él.
—Lo suficiente —respondió, a la defensiva.
—¿Desde cuándo?
—Desde… esa noche —dijo ella.
El detective se apoyó en el respaldo de la silla.
—A veces —dijo con cuidado—, las personas que aparecen en momentos críticos no lo hacen por casualidad.
Samantha sintió una punzada de enojo.
—¿Está insinuando algo?
Editado: 05.02.2026