Samantha no durmió bien.
No fue una noche de pesadillas explícitas ni sobresaltos violentos. Fue algo peor: una vigilia intermitente, un estado de alerta constante, como si su cuerpo se negara a rendirse al descanso por miedo a bajar la guardia. Cada ruido del edificio, cada automóvil que pasaba por la calle, cada crujido mínimo la hacía abrir los ojos de inmediato.
Cuando el amanecer finalmente se filtró por la ventana, no sintió alivio. Solo cansancio.
Se levantó con movimientos lentos, arrastrando los pies hasta el baño. El reflejo en el espejo confirmó lo que ya intuía: ojeras marcadas, el rostro pálido, los labios tensos. Se sostuvo del lavamanos unos segundos, respirando profundo, obligándose a recomponerse.
—No te estás volviendo loca —se dijo—. Estás asustada. Y es distinto.
Se duchó con agua tibia, dejando que el vapor la envolviera. Por unos minutos logró aislarse del mundo, pero incluso ahí, con los ojos cerrados, imágenes sueltas se colaban en su mente: la llamada muda, la pausa del detective al escuchar el nombre de Patrick, la forma en que él había aceptado su rechazo sin insistir.
Esa última idea la inquietó más de lo que quería admitir.
Patrick siempre había sido atento, protector, presente. Y, sin embargo, nunca invasivo. Antes eso le parecía una virtud. Ahora, empezaba a preguntarse si también podía ser una máscara.
Salió de la ducha con esa sensación incómoda que no se iba. Se vistió sin cuidado, tomó su bolso y decidió salir. No podía seguir encerrada. Necesitaba movimiento, gente, ruido. Algo que le recordara que el mundo seguía funcionando con normalidad.
Caminó varias cuadras antes de darse cuenta de que no tenía un destino claro. Terminó entrando a una librería pequeña, de esas que sobreviven entre cafeterías y tiendas modernas. El olor a papel viejo y madera la recibió como un abrazo inesperado. Siempre le habían gustado esos lugares; le daban una falsa sensación de refugio.
Recorrió los pasillos sin mirar realmente los títulos. Su mente estaba en otra parte. Fue entonces cuando sintió esa presión conocida en la nuca.
La sensación de ser observada.
Se detuvo en seco.
No miró de inmediato. Fingió interés en un estante cercano, tomó un libro al azar y lo abrió sin leer. Su pulso se aceleró. Esperó unos segundos antes de levantar la vista, usando el reflejo del vidrio del estante.
Vio una figura masculina a unos metros. De espaldas. Alto. Abrigo oscuro.
Nada más.
Podía ser cualquier cliente. Podía ser paranoia.
Aun así, cerró el libro y se movió hacia otra sección. El hombre también se movió.
El aire se le quedó atrapado en los pulmones.
—Tranquila —se susurró—. No saques conclusiones.
Pagó un libro que no recordaba haber elegido y salió del local con pasos rápidos. El frío la golpeó de lleno. Caminó sin mirar atrás durante varias cuadras, hasta que el ardor en los pulmones la obligó a detenerse.
Se giró.
No había nadie siguiéndola.
El alivio fue tan intenso que le temblaron las piernas. Se apoyó en una pared, cerrando los ojos. Se sintió ridícula. Vulnerable. Cansada de vivir en un estado permanente de sospecha.
Su teléfono vibró. Patrick, aparece en la pantalla.
Lo miró con una mezcla de emociones. Parte de ella quería ignorar la llamada. Otra parte necesitaba escuchar su voz, comprobar que seguía siendo real, cercano.
Contestó.
—Hola.
—Sam —dijo él—. ¿Estás bien? Soñé contigo y me quedé con una sensación rara.
Ella soltó una risa breve, sin humor.
—Creo que yo también estoy teniendo sensaciones raras últimamente.
—¿Dónde estás?
—En la calle… caminando.
—Voy a buscarte.
La respuesta fue automática, casi impulsiva.
—No.
Hubo un silencio al otro lado.
—No porque no quiera verte —se apresuró a aclarar—. Solo… necesito volver sola a casa.
Patrick exhaló despacio.
—Está bien —dijo—. Pero prométeme que me avisarás cuando llegues.
—Lo prometo.
Colgó y guardó el teléfono con manos temblorosas. No sabía si estaba alejándolo por protección o por miedo. Tal vez ambas cosas.
Cuando llegó a su departamento, encontró un sobre apoyado contra la puerta.
El corazón le dio un salto violento.
Miró a su alrededor antes de agacharse. El pasillo estaba vacío. El sobre no tenía remitente. Solo su nombre, escrito con una letra firme, demasiado prolija.
Entró, cerró con llave y apoyó la espalda contra la puerta. El papel le temblaba entre los dedos.
Respiró hondo antes de abrirlo.
Dentro había una sola hoja.
No todos los caminos oscuros se ven a simple vista.
Nada más.
Samantha dejó caer el papel como si quemara. El mensaje no era explícito. No había amenaza directa. Pero la sensación de invasión fue inmediata, brutal.
Alguien sabía dónde vivía.
Alguien había estado ahí.
Se sentó lentamente en el suelo, con la espalda apoyada en la puerta. Su respiración se volvió irregular. No lloró. El miedo era demasiado grande para permitirle ese desahogo.
Tomó el teléfono con dedos torpes y marcó el número del detective.
—Necesito verlo —dijo apenas él contestó—. Ahora.
Mientras esperaba, su mente volvió, una y otra vez, a la frase escrita en el papel. Oscuros caminos. Caminos que no se ven.
Pensó en la noche en que todo comenzó. En la puerta que golpeó desesperada. En Patrick, apareciendo justo en el momento preciso.
Por primera vez, no pudo evitar preguntarse si había llegado a su vida para salvarla… o para guiarla por un sendero del que aún no veía el final.
Y esa duda, silenciosa y profunda, se convirtió en la grieta más peligrosa de todas.
Editado: 05.02.2026