El despacho del detective tenía un olor persistente a café frío y papel viejo. Samantha lo notó apenas cruzó la puerta, como si su mente buscara anclarse a detalles concretos para no desbordarse. Apretaba el sobre entre las manos con tanta fuerza que los dedos le dolían, pero no se dio cuenta hasta que el detective Carranza se lo señaló con un gesto silencioso.
—Puedes soltarlo —dijo él con voz calma—. No va a escaparse.
Samantha obedeció, dejando el sobre sobre el escritorio metálico. Carranza se puso guantes antes de tocarlo, un gesto que le recordó lo real de la situación. No era una metáfora. No era una exageración. Alguien había cruzado una línea.
—¿Cuándo lo encontraste? —preguntó mientras examinaba la hoja.
—Hoy. En la puerta de mi departamento.
—¿Nadie te vio entrar o salir?
—No —respondió ella—. O al menos, no que yo haya notado.
Carranza levantó la vista, sosteniéndole la mirada.
—Eso no significa que no hubiera nadie.
El silencio que siguió fue denso. Samantha cruzó los brazos, como si así pudiera protegerse de esa verdad incómoda.
—El mensaje no es una amenaza directa —continuó el detective—. Es… psicológico. Quien lo escribió quiere que pienses. Que dudes. Que mires hacia adentro.
—O hacia todos lados —murmuró ella.
Carranza asintió lentamente.
—Exacto.
Se levantó de su silla y caminó hasta una pizarra donde había fotografías, nombres, flechas que conectaban hechos. Samantha reconoció algunas imágenes borrosas, capturas de cámaras de seguridad, planos de calles.
—El homicidio que presenciaste no fue un hecho aislado —dijo él—. Hemos confirmado al menos otros dos casos con patrones similares.
El estómago de Samantha se contrajo.
—¿Otros dos?
—Sí. Y en ambos, hubo testigos que no declararon oficialmente.
—¿Murieron?
Carranza no respondió de inmediato. Esa pausa fue suficiente.
—Uno desapareció. Del otro no sabemos nada desde hace semanas.
Samantha sintió un frío recorrerle la espalda.
—Entonces… —su voz se quebró apenas— ¿yo soy la única que sigue aquí?
—Por ahora —respondió él con honestidad—. Y por eso tenemos que ser cuidadosos.
Ella se pasó una mano por el rostro, tratando de procesar la información.
—¿Cree que esa persona… el asesino… sabe que hablé con usted?
—No lo sabemos. Pero sabe que existes. Y sabe dónde encontrarte.
El peso de esas palabras cayó con brutalidad.
—Quiero que cambies tus rutinas —continuó Carranza—. Horarios, trayectos, lugares frecuentes. Y necesito que me digas algo, Samantha, con total sinceridad.
Ella levantó la mirada.
—¿Hay alguien nuevo en tu vida?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
—Sí —respondió tras unos segundos—. Patrick.
Carranza no reaccionó de inmediato. Tomó nota, con una calma que no la tranquilizó en absoluto.
—¿Desde cuándo?
—Desde la noche del asesinato.
El lápiz se detuvo.
—¿Casualidad? —preguntó él, sin tono acusatorio.
—Eso quiero creer.
Carranza la observó con atención.
—No te estoy diciendo que desconfíes de él —aclaró—. Solo que no descartes ninguna posibilidad. A veces, las personas entran en nuestras vidas en momentos críticos porque… están destinadas a hacerlo. Para bien o para mal.
Samantha salió del despacho con una mezcla de determinación y miedo. No podía huir. Tampoco podía vivir encerrada. Decidió caminar un poco antes de volver a casa, necesitaba aire, ordenar ideas.
Fue entonces cuando su teléfono volvió a vibrar.
Patrick.
Esta vez, respondió.
—Hola.
—Sam… —su voz sonó distinta, tensa—. ¿Dónde estás?
—Saliendo de una reunión.
—¿Con quién?
La pregunta la tomó por sorpresa.
—Con alguien del trabajo —mintió, odiándose un poco por hacerlo.
Hubo una breve pausa.
—Quiero verte —dijo él—. Necesito hablar contigo.
—¿Ahora?
—Sí.
Dudó. Recordó las palabras del detective, el sobre, la nota. Pero también recordó la forma en que Patrick la había sostenido aquella noche, cuando todo se desmoronaba.
—Está bien —aceptó—. En un lugar público.
—De acuerdo.
Se encontraron en una cafetería concurrida, llena de voces y movimiento. Patrick ya estaba allí cuando ella llegó. Se levantó al verla, pero no intentó tocarla. Ese detalle, mínimo, la desarmó un poco.
—Te ves cansada —dijo él.
—No he dormido bien.
—Yo tampoco.
Se sentaron frente a frente. Por unos segundos, ninguno habló.
—Sam… —empezó él—. Siento que te estoy perdiendo.
Ella sostuvo la taza entre las manos, buscando calor.
—Estoy asustada —confesó—. Y cuando tengo miedo, me cuesta confiar.
Patrick frunció el ceño, con algo parecido al dolor cruzándole el rostro.
—¿Desconfías de mí?
Ella levantó la vista. Esa era la pregunta que había evitado hacerse.
—No lo sé —respondió con honestidad—. Y eso es lo que más me duele.
Patrick respiró hondo, como si midiera cada palabra.
—Hay cosas de mi vida que no te he contado —admitió—. No porque quiera mentirte… sino porque no sabía cómo hacerlo.
El corazón de Samantha empezó a latir con fuerza.
—¿Qué cosas?
—Mi familia no es… sencilla. Mi madre depende mucho de mí. Y hay partes de mi vida que mantengo separadas para poder sostener todo sin que se derrumbe.
—¿Una doble vida? —preguntó ella, sin querer sonar acusatoria.
Patrick negó lentamente.
—No —dijo—. Una vida fragmentada.
La respuesta no aclaró nada, pero tampoco la tranquilizó.
—Necesito tiempo —dijo Samantha—. Para entender qué siento. Para sentirme segura.
Patrick asintió, con resignación.
—Te lo daré —respondió—. Pero no me alejaré. Aunque sea desde lejos, voy a cuidarte.
Esa frase, que en otro momento habría sido reconfortante, ahora la estremeció.
Cuando se separaron, Samantha caminó con la sensación de estar en el centro de un tablero que no comprendía del todo. Cada paso parecía llevarla más profundo en una red invisible.
Editado: 05.02.2026