El silencio no siempre era paz.
A veces era solo una pausa antes de que algo volviera a romperse.
Samantha lo comprendió mientras observaba el vapor elevarse desde la taza de café entre sus manos. Llevaba más de diez minutos sentada junto a la ventana, mirando la calle sin verla realmente. Autos que pasaban. Personas que cruzaban. Vidas que seguían su curso como si el mundo no se hubiera torcido de pronto.
Ella, en cambio, sentía que caminaba sobre una grieta invisible.
Habían pasado varios días desde la última vez que se sintió verdaderamente a salvo. Dormía mal. Soñaba peor. Y cuando despertaba, lo hacía con esa sensación incómoda de haber olvidado algo importante… o de que alguien no la había olvidado a ella.
No podía seguir así.
Dejó la taza sobre la mesa y se obligó a respirar hondo. Ya no estaba en el departamento de Pilar, aunque su amiga insistiera en que se quedara “el tiempo que fuera necesario”. Samantha necesitaba recuperar su espacio, su rutina, su control. O al menos fingir que aún lo tenía.
Había tomado una decisión silenciosa esa mañana, mientras se duchaba con el agua cayendo demasiado caliente sobre su piel: no iba a huir, pero tampoco iba a exponerse como antes.
No más atajos nocturnos.
No más distracciones caminando sola.
No más ingenuidad.
Se vistió con ropa cómoda pero sobria, recogió su cabello de una manera distinta a la habitual y guardó su teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta. Miró su reflejo antes de salir. Sus ojos seguían cansados, pero había algo nuevo en ellos. Determinación. Tal vez miedo bien administrado.
Cerró la puerta con doble seguro.
El trayecto al trabajo lo hizo en transporte público, aunque odiaba ir tan apretada. Prefería eso a caminar. Observó cada rostro, cada reflejo en las ventanas, cada sombra que parecía moverse demasiado lento o demasiado rápido. Sabía que no podía vivir así para siempre, pero hoy necesitaba sentirse alerta.
Cuando llegó, el edificio le pareció más frío de lo habitual.
—Llegas pálida —comentó una compañera al verla entrar.
—Dormí mal —respondió Samantha, sin detenerse.
No era mentira.
La mañana transcurrió con una normalidad forzada. Correos, informes, llamadas que contestó casi en automático. Cada tanto, su mente regresaba a la misma pregunta: ¿en quién confío?
Patrick aparecía inevitablemente en ese pensamiento.
Desde aquella conversación inconclusa en la cafetería, las cosas habían quedado suspendidas en un punto incómodo. No se habían visto. Apenas un par de mensajes breves, cordiales, sin profundidad. Él parecía respetar su espacio… o tal vez estaba ocupándose de algo más.
Eso también la inquietaba.
A la hora del almuerzo, Samantha decidió no quedarse sola. Llamó a Cristine.
—¿Puedes almorzar conmigo? —preguntó apenas la amiga contestó.
—¿Eso es una petición o una orden? —bromeó ella—. Dame quince minutos.
Se encontraron en un pequeño local cercano. Cristine la examinó con la mirada apenas se sentaron.
—Estás distinta —dijo sin rodeos.
—¿Eso es bueno o malo?
—Eso es alerta roja —respondió—. Cuéntame qué decidiste, porque esa cara no es de duda.
Samantha jugueteó con los cubiertos antes de hablar.
—No voy a esconderme —dijo finalmente—. Pero tampoco voy a seguir como si nada pasara.
—Eso suena… razonable —admitió Cristine—. ¿Y Patrick?
Ahí estaba. El nombre que pesaba más de lo que debería.
—No lo he sacado de mi vida —confesó—. Pero tampoco le he contado todo.
Cristine frunció el ceño.
—¿Por qué?
Samantha dudó.
—Porque no sé si es parte del problema… o solo alguien que llegó en el peor momento posible.
La amiga guardó silencio unos segundos.
—Cuando alguien aparece justo cuando todo se rompe —dijo despacio—, cuesta distinguir si vino a salvarte o a complicarlo todo.
Samantha levantó la mirada. Esa frase le caló más hondo de lo esperado.
—Hay algo que no encaja —continuó—. Sus horarios, algunas respuestas… No puedo acusarlo de nada, pero tampoco puedo ignorar esa sensación.
—Entonces no ignores nada —respondió Cristine—. Observa. Escucha. Y por favor, deja de cargar esto sola.
Samantha asintió. Eso también era parte de su decisión: no aislarse.
Esa misma tarde, llamó al detective a cargo del caso. Le pidió reunirse fuera de la comisaría, en un lugar discreto. Cuando colgó, sintió que una puerta se abría… aunque no sabía hacia dónde conducía.
El encuentro fue breve pero intenso. Samantha habló más de lo que pensaba. De la noche del asesinato. De las fotografías. De Patrick. De sus dudas.
—No estoy diciendo que él sea el responsable —aclaró—. Solo… necesito saber si estoy exagerando.
El detective la escuchó sin interrumpirla.
—No es exageración —dijo al final—. Es intuición. Y en su situación, es una herramienta, no un defecto.
Eso la tranquilizó… y la inquietó al mismo tiempo.
Al salir, el cielo comenzaba a oscurecer. Samantha decidió no volver directamente a casa. Caminó unas cuadras, entrando a una librería pequeña que siempre le había gustado. Necesitaba rodearse de algo que no fuera miedo.
Mientras hojeaba un libro sin leer realmente, tuvo esa sensación otra vez.
La presión en la nuca.
El impulso de girar.
Lo hizo despacio, tratando de no delatarse. No vio nada fuera de lugar. Personas normales. Una pareja discutiendo en voz baja. Un hombre pagando en la caja. Nada más.
Tal vez era su imaginación.
O tal vez no.
Pagó el libro sin saber por qué y salió. Caminó rápido hasta la parada más cercana. Solo cuando subió al bus se permitió soltar el aire.
No vio la figura que, desde la acera de enfrente, la observó marcharse.
No vio la quietud demasiado calculada.
Ni la forma en que esos ojos siguieron el vehículo hasta perderlo de vista.
Editado: 05.02.2026