Samantha no recordaba la última vez que había esperado a alguien con el corazón tan inquieto.
Había aceptado ver a Patrick después de varios días de distancia prudente, mensajes breves y silencios que decían más que cualquier conversación pendiente. Él no insistió. No presionó. Se limitó a decir: “Cuando quieras hablar, aquí estoy.”
Esa frase, simple y sin dramatismo, fue la que finalmente la hizo ceder.
Eligieron un lugar neutral. Un café pequeño, de esos que parecían no pertenecer a ninguna época en particular. Madera oscura, música suave, luz cálida. Samantha llegó primero y se sentó cerca de la ventana, no por romanticismo, sino por necesidad de control.
Cuando Patrick entró, lo reconoció de inmediato. No solo por su estatura o su forma de caminar, sino por esa presencia silenciosa que parecía ocupar más espacio del que le correspondía. Llevaba ropa sencilla, el cabello algo desordenado, como si hubiera pasado la mano por él varias veces antes de decidirse a entrar.
Sus miradas se encontraron.
Patrick sonrió, apenas. No una sonrisa amplia, sino esa curva leve que siempre la había desconcertado, como si él no estuviera del todo acostumbrado a mostrarse así.
—Gracias por venir —dijo al sentarse frente a ella.
—Gracias por esperar —respondió Samantha.
Pidieron café. Durante unos segundos incómodos, ninguno habló. No era hostilidad. Era cautela.
—Te ves cansada —comentó Patrick al fin.
—Lo estoy.
—¿Dormiste algo?
—No mucho.
Patrick asintió, como si hubiera esperado esa respuesta.
—Si no quieres estar aquí, lo entenderé —dijo con calma—. No quiero ser una carga más.
Esa frase la desarmó un poco.
—No eres una carga —respondió Samantha—. Pero tampoco estoy bien.
Él no se defendió. No preguntó. Simplemente aceptó.
—Entonces estoy aquí para lo que sí puedas dar —dijo—. Aunque sea solo compañía.
Samantha lo observó con atención. Había algo en su manera de hablar que no era seductora ni forzada. Era honesta… o al menos parecía serlo.
—Hay cosas que no entiendo de ti —confesó ella de pronto—. Y eso me asusta.
Patrick no reaccionó de inmediato. Se tomó unos segundos antes de responder.
—A mí también me asustan algunas cosas de mí —admitió.
La sinceridad de esa frase cayó entre ambos como una verdad incómoda.
—No voy a pedirte que confíes ciegamente —continuó—. Ni que me cuentes todo. Solo… no me alejes sin decir nada.
Samantha sintió el impulso de preguntarle directamente por su doble vida, por los horarios extraños, por esas ausencias que no sabía cómo nombrar. Pero algo la detuvo. No era miedo. Era intuición.
—No quiero equivocarme contigo —dijo en cambio—. No ahora.
Patrick sostuvo su mirada. Por un instante, algo cruzó su rostro. No culpa. No nerviosismo. Algo más profundo. Contenido.
—Yo tampoco —respondió—. Y por eso intento hacer las cosas… distinto.
Eso la sorprendió.
—¿Distinto a qué?
Patrick apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—A como suelo hacerlas —dijo—. A desaparecer. A controlar. A no involucrarme.
Samantha tragó saliva.
—¿Y por qué conmigo?
Patrick dudó. Fue una duda mínima, pero real.
—Porque entraste a mi vida cuando yo ya no podía fingir que estaba bien —contestó—. Y porque no me miraste como si yo tuviera que salvarte.
Ese comentario la dejó en silencio.
—No soy una persona simple, Samantha —añadió—. Vivo con responsabilidades que no elegí y con decisiones que no siempre me enorgullecen. Pero lo que siento contigo… eso no es una mentira.
Ella quiso creerle. De verdad quiso.
El resto del encuentro fue más liviano. Hablaron de cosas cotidianas. De libros. De música. De recuerdos pequeños. Patrick se permitió reír un poco más. Samantha se relajó apenas, como si bajara una guardia sin soltar el arma.
Al despedirse, él no intentó tocarla de más. Solo rozó su mano al pasarle el abrigo. Un gesto mínimo, cargado de intención contenida.
—Cuídate —le dijo—. De verdad.
Samantha lo vio alejarse y sintió esa mezcla peligrosa de calma y tensión.
Esa noche, ya en casa, revisó su teléfono antes de dormir. Un mensaje nuevo.
Patrick: Llegué bien. Gracias por hoy.
Ella tardó unos segundos en responder.
Samantha: Gracias por no presionarme.
El visto apareció rápido.
Patrick: No es presión si es real.
Cerró los ojos con el teléfono aún en la mano.
Lo que no sabía Samantha era que, a pocas calles de ahí, Patrick se detenía frente a una casa que no coincidía con la imagen que ella tenía de él. Una fachada antigua. Ventanas cerradas. Silencio absoluto.
Entró sin encender luces.
En el interior, la calma no era descanso. Era control.
Patrick apoyó la espalda contra la puerta y cerró los ojos por un instante. Su rostro, en la penumbra, no mostraba ternura ni dureza. Mostraba contención.
—No ahora —murmuró para sí mismo—. Todavía no.
Porque acercarse a Samantha estaba empezando a ser más peligroso de lo que había previsto.
No para ella.
Para él.
Editado: 05.02.2026