Samantha empezó a notar el cambio en los detalles más pequeños.
No fue una gran revelación ni una escena dramática. Fue algo más sutil, más inquietante: la forma en que ciertas piezas comenzaban a rozarse sin encajar del todo.
Todo comenzó con una llamada.
El detective la contactó a media mañana, cuando ella estaba revisando documentos sin prestarles atención real. Su nombre apareció en la pantalla y Samantha sintió ese tirón familiar en el estómago, como si su cuerpo reaccionara antes que su mente.
—Necesito hacerte unas preguntas más —dijo él, sin rodeos—. ¿Puedes reunirte conmigo hoy?
—Sí —respondió, aunque no estaba segura de querer hacerlo—. ¿Pasa algo?
Hubo un breve silencio al otro lado.
—Digamos que estamos cerrando algunos círculos.
Ese “algunos” le quedó resonando incluso después de colgar.
Se encontraron en una oficina secundaria, lejos del movimiento habitual. El ambiente era sobrio, casi impersonal, y Samantha agradeció que no hubiera nadie más cerca. Sentía que cualquier mirada ajena podía desnudarla.
—Hemos estado revisando las cámaras de la zona donde ocurrió el crimen —comenzó el detective—. No solo las de esa noche, sino días previos.
Samantha asintió, tensa.
—También hemos entrevistado a personas que viven cerca —continuó—. Gente que pudo haber visto algo… o a alguien.
—¿Encontraron algo nuevo? —preguntó ella.
—Encontramos patrones —respondió—. Movimientos repetidos. Presencias que no llamaban la atención porque parecían normales.
Samantha apretó las manos sobre sus piernas.
—Y… ¿eso qué tiene que ver conmigo?
El detective la miró con atención.
—Dijiste que alguien te abrió la puerta esa noche. Una mujer mayor y su hijo.
El aire pareció espesarse.
—Sí —respondió Samantha—. Patrick.
—¿Qué sabes de él?
La pregunta era directa, pero no acusatoria. Eso la descolocó.
—No demasiado —admitió—. Vive con su madre. Trabaja… en algo relacionado con mantenimiento, creo. No le gusta hablar mucho de eso.
El detective anotó algo.
—¿Sabes si trabaja de noche?
Samantha dudó.
—A veces —respondió—. Tiene horarios extraños.
—¿Te ha dicho dónde?
—No con claridad.
El detective levantó la vista.
—¿Te incomoda esta conversación?
—Me incomoda no saber si estoy ayudando… o traicionando a alguien —confesó.
Él no respondió de inmediato.
—No estamos acusando a Patrick de nada —dijo al fin—. Pero su nombre apareció en una lista de personas que estuvieron cerca de la zona en más de una ocasión.
El mundo de Samantha se inclinó apenas.
—¿Cerca… cómo?
—Cercanías geográficas. Tránsito. Nada ilegal por sí solo.
Ella respiró hondo.
—Patrick no es violento —dijo—. Al menos, no conmigo.
—La mayoría no lo es —respondió el detective—. Hasta que algo los empuja.
Samantha se removió en la silla.
—¿Qué esperan de mí?
—Que observes —dijo él—. Que no saques conclusiones apresuradas. Y que nos avises si algo no encaja.
Algo ya no encajaba.
Salió de la oficina con la sensación de haber cruzado una línea invisible. No había acusado a Patrick, pero tampoco lo había protegido del todo. Había dicho la verdad… y eso la asustaba más que una mentira.
Esa misma tarde, Patrick la llamó.
—¿Te parece si nos vemos un rato? —preguntó—. No para hablar de nada pesado. Solo… verte.
Samantha estuvo a punto de decir que no. Pero necesitaba mirarlo. Confirmar que seguía siendo la misma persona.
Aceptó.
Se encontraron en un parque discreto, lejos del centro. Patrick parecía más cansado que de costumbre. O más tenso. No estaba segura.
—¿Todo bien? —preguntó él, sentándose a su lado.
—Sí —mintió—. ¿Y tú?
Patrick sonrió apenas.
—Más o menos.
Caminaron en silencio unos minutos. El sol comenzaba a caer y el lugar se iba vaciando.
—Hoy estuve hablando con alguien que hizo muchas preguntas —dijo Patrick de pronto.
Samantha sintió que el corazón se le detenía.
—¿Ah, sí?
—Sí —respondió—. Un hombre. Formal. Insistente.
Ella lo miró.
—¿Un policía?
Patrick se encogió de hombros.
—No lo dijo, pero no era difícil adivinarlo.
El aire se volvió denso entre ellos.
—¿Sobre qué te preguntó? —logró decir Samantha.
—Sobre esa noche —respondió—. Sobre ti. Sobre mi madre. Sobre mis horarios.
Samantha tragó saliva.
—¿Y qué dijiste?
Patrick la observó con atención. Demasiada atención.
—La verdad —respondió—. Que ayudé a una chica asustada. Que vivo donde dije vivir. Que trabajo cuando digo trabajar.
—¿Y… eso fue suficiente?
—Nunca lo es —dijo él—. Pero no tenían nada concreto.
Ella sintió un escalofrío.
—Samantha —continuó Patrick—, necesito preguntarte algo. Y necesito que seas honesta.
Ella lo miró, incapaz de hablar.
—¿Tú hablaste con ellos?
El silencio que siguió fue largo.
—Sí —admitió finalmente—. Hoy.
Patrick no reaccionó de inmediato. No se enfadó. No se levantó. Solo bajó la mirada.
—Lo suponía —dijo.
—No dije nada malo —se apresuró a explicar—. No te acusé. Solo… respondí.
Patrick asintió lentamente.
—No estoy molesto —dijo—. Pero ahora estamos dentro de algo que ninguno de los dos eligió.
—Yo no pedí esto —susurró Samantha.
—Yo tampoco —respondió él—. Y aun así, aquí estamos.
La miró entonces, con una mezcla de ternura y algo más oscuro. Algo que no supo nombrar.
—Si en algún momento sientes que soy un riesgo —dijo—, aléjate. No te lo reprocharé.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Eres un riesgo?
Patrick sostuvo su mirada.
—No para ti —respondió—. Nunca para ti.
Esa certeza, tan firme, la inquietó más que cualquier duda.
Se despidieron sin besos, sin promesas. Solo con un abrazo breve que dejó más preguntas que consuelo.
Editado: 05.02.2026