Oscuro Camino Hacia El Amor

Capítulo 24

Samantha no volvió a ser la misma después del hospital.

No fue un quiebre inmediato, ni un dramatismo exagerado. Fue algo más silencioso, más peligroso: una claridad incómoda que se instaló en su mente y ya no quiso irse.

La ciudad seguía igual. Las calles, los edificios, el ruido constante. Pero ella no.

Desde el asiento del copiloto, observaba a Patrick conducir con una concentración excesiva, como si mantener los ojos en el camino fuera la única forma de no enfrentarse a lo que había quedado suspendido entre ellos.

—Si quieres, te dejo en casa de Pilar —dijo él sin mirarla—. No tienes que volver conmigo.

Samantha apretó los labios.

—No voy a esconderme —respondió—. Ya no.

Patrick asintió apenas.

No discutió. No insistió. Esa actitud, tan distinta a la de días atrás, la inquietó más que cualquier reproche.

Al llegar al edificio, Samantha bajó primero del auto. Patrick la siguió, pero mantuvo una distancia respetuosa, casi dolorosa. Subieron en silencio. El ascensor parecía avanzar más lento que de costumbre.

—¿Vas a decir algo? —preguntó ella al fin.

Patrick apoyó la espalda en la pared metálica.

—Tengo miedo de decir lo equivocado —admitió—. O de decir lo correcto demasiado tarde.

Samantha lo miró.

—Eso también es una decisión, Patrick.

El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron.

En el pasillo, Samantha se detuvo frente a su puerta. Buscó las llaves con calma, como si cada movimiento fuera una declaración de principios.

—Esta noche no quiero estar sola —dijo finalmente—. Pero tampoco quiero fingir que todo está bien.

Patrick la observó con una mezcla de alivio y culpa.

—Puedo quedarme —dijo—. En el sofá.

Ella asintió.

Dentro del departamento, el silencio fue distinto. No incómodo. Vigilante. Samantha dejó su bolso sobre la mesa, se quitó el abrigo y fue directo a la cocina. Necesitaba hacer algo con las manos para ordenar la cabeza.

Patrick se quedó en la sala, mirando alrededor como si ese espacio ahora tuviera nuevas reglas.

—El detective me llamó —dijo Samantha desde la cocina.

Patrick se tensó.

—¿Cuándo?

—Hace una hora. No contesté. Quería pensar primero.

Él se acercó despacio.

—¿Y qué pensaste?

Samantha se apoyó en el mesón.

—Que no puedo seguir siendo solo la testigo asustada —respondió—. Que ya me involucré demasiado como para mirar desde lejos.

Patrick guardó silencio.

—Voy a colaborar —continuó ella—. De verdad. Con todo lo que sé. Con todo lo que recuerde. Aunque me dé miedo.

—Eso puede ponerte en peligro —dijo Patrick con firmeza.

—Ya estoy en peligro —replicó—. Solo que antes no lo aceptaba.

Patrick pasó una mano por su rostro.

—No quiero perderte.

—Entonces no intentes protegerme decidiendo por mí —respondió con suavidad—. Camina conmigo. O déjame caminar sola.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Patrick se acercó un poco más.

—No sé cómo hacer esto sin fallarte —dijo.

—Inténtalo —respondió ella—. Eso es todo lo que pido.

Más tarde, cuando la noche cayó por completo, Samantha llamó al detective. La conversación fue breve, directa. Acordaron una reunión para el día siguiente. Nada más.

Colgó con las manos ligeramente temblorosas.

—¿Te arrepientes? —preguntó Patrick.

—No —respondió—. Me asusta, pero no me arrepiento.

Patrick asintió.

Se sentaron en el sofá, dejando un pequeño espacio entre ambos. No se tocaron. No se acercaron. Y aun así, la tensión era palpable.

—Cuando todo esto termine —dijo Patrick de pronto—, quizá ya no quieras verme igual.

Samantha lo miró.

—Cuando todo esto termine —respondió—, al menos sabré que no me mentí a mí misma.

Patrick sostuvo su mirada.

—Eso es valentía —dijo.

Ella negó con una leve sonrisa triste.

—No. Es supervivencia.

Desde la ventana, las luces de la ciudad parpadeaban como ojos atentos. En algún lugar, alguien observaba. Esperando el momento exacto en que las decisiones comenzaran a tener consecuencias reales.

Samantha se recostó contra el respaldo del sofá, cerrando los ojos por un instante.

Había elegido.

Y esa elección, aunque silenciosa, acababa de cambiarlo todo.




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