Hay regalos que no caben en una caja... porque lo que realmente pesa son los sentimientos que llevan dentro.
—Cerré la puerta con cuidado.
Bien.
Brian debía seguir en la oficina.
Y Braulio seguramente continuaba en la clínica, salvando perros, gatos, loros... o cualquier animalito que apareciera por ahí.
Estaba solo.
O eso esperaba.
Porque, si Marco tenía razón, mi hermano seguía convencido de que había salido a hacer unas simples diligencias.
Más le valía.
Porque, si descubría lo que escondía dentro de aquella enorme caja, era perfectamente capaz de enviarme a un internado militar.
O peor.
A terapia.
Respiré hondo.
Bien, Boris.
Hora de esconder un carrusel gigante.
Miré toda mi habitación.
—A ver... ¿dónde demonios se esconde un carrusel para que nadie lo encuentre?
Debajo de la cama.
No.
Pésima idea.
Clara limpiaba hasta debajo de las sombras. Lo vería en menos de cinco minutos y, como buena aliada del bando enemigo, se lo contaría a Brian antes de que terminara el día.
Descartado.
Mi mirada viajó hasta el enorme clóset.
Sonreí.
Claro.
¿Para qué quería un clóset tan grande si no podía esconder un carrusel?
Abrí una de las puertas.
—A ver...
Levanté la caja.
Intenté meterla en la parte de arriba.
No entró.
—¿En serio?
La giré.
La empujé.
Volví a girarla.
Nada.
—Vamos... coopera.
El carrusel decidió que cooperar no estaba entre sus planes.
Suspiré.
—Bueno... de lado.
Lo intenté otra vez.
Tampoco.
Fruncí el ceño.
—¿Y si saco toda la ropa?
Miré las camisas perfectamente acomodadas.
No.
Ni loco.
Marta iba a preguntarme por qué mi clóset parecía haber sobrevivido a un huracán y terminaría reorganizando absolutamente todo.
Lo último que necesitaba era gente revisando cada rincón de mi habitación.
Probé abajo.
Peor.
Muchísimo peor.
Solté un gruñido de frustración.
—¿Por qué tengo tanta ropa... si siempre termino usando la misma?
Dejé la caja en el suelo y me pasé ambas manos por la cara.
Vamos, Boris.
Pensá.
Mis ojos recorrieron la habitación una vez más.
Entonces la vi.
La enorme maleta negra arrinconada junto a la pared.
Me quedé inmóvil.
Después sonreí.
No una sonrisa normal.
Una sonrisa de científico a punto de descubrir la cura para todos sus problemas.
—Eres un maldito genio, Boris.
Tomé la maleta y la subí a la cama con más esfuerzo del que estaba dispuesto a admitir.
La abrí de par en par.
Perfecto.
Ahora solo faltaba preparar todo.
Busqué las dos cajas que había comprado especialmente para proteger el carrusel durante el viaje.
Después las bolsitas con bolitas de unicel.
Y, por último, la cajita pequeña donde guardaba el collar con la diminuta llave.
Comprobé que todo estuviera ahí.
Bien.
Muy bien.
Coloqué una capa de protección en el fondo de la caja.
Otra más.
Nunca era demasiada protección.
Tomé el carrusel con muchísimo cuidado.
La luz de la ventana hizo brillar los pequeños destellos lilas que había por todas partes.
Miré la cama.
Clara iba a asesinarme cuando descubriera todo ese brillo.
Y, sinceramente...
Tendría razón.
—Perdón, Clara del futuro.
Lo acomodé despacio dentro de la caja.
Entró.
Por fin.
Solté el aire que llevaba varios segundos conteniendo.
—Sabía que podías hacerlo.
Justo cuando iba a cerrar la tapa de la caja...
La puerta de mi habitación se abrió de golpe.
—¿Debo preguntar?
Me congelé.
Literalmente.
Congelado.
Modo estatua.
Giré la cabeza muy despacio.
Brian estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y esa expresión que solo aparecía cuando estaba absolutamente seguro de que yo estaba haciendo algo sospechoso.
—Nada —respondí demasiado rápido.
En un acto completamente instintivo, me senté encima de la maleta.
Como si eso fuera a solucionar algo.
Brian levantó una ceja.
Solo una.
Y eso era muchísimo más peligroso que cuando levantaba las dos.
—Boris...
—Nada, Brian.
Su mirada bajó lentamente hasta la maleta.
—¿Y esa maleta?
—La estaba viendo.
Brian empezó a caminar hacia mí con toda la calma del mundo.
Eso era mala señal.
Muy mala.
—¿Viéndola?
—Sí.
—¿Por qué?
—Tenía polvo.
Brian hizo una pausa.
Luego me miró a mí.
Después volvió a mirar la maleta.
—¿Y sentarte encima la limpia?
—Es... una manera rápida.
—Qué método tan revolucionario.
Sonreí.
Una sonrisa pequeñita.
Nerviosa.
Brian no me la devolvió.
—¿Vas a viajar?
—No.
—Entonces, ¿para qué limpias una maleta que no vas a usar?
Bajé la mirada.
Buena pregunta.
Mal momento para hacerla.
—Por si algún día la necesito.
Brian no respondió.
Solo siguió observándome.
Después recorrió la habitación con la mirada.
La cama.
Las almohadas.
Las cajas vacías.
Y entonces...
Se detuvo.
Frunció el ceño.
—¿Por qué hay tanto brillo rosa en tu cama?
—No es rosa. Es lila.
Las palabras salieron antes de que mi cerebro pudiera detenerlas.