Otroba

Capitulo 29

–¡Ya deja de decir esas cosas, pareciera que te estás despidiendo! –le reprende Darion atemorizado –. Tienes más motivos por qué ser feliz. Piensa en las muchas cosas que afuera de aquí te esperan. Hay una familia tras esa puerta que quiere verte bien. Por ellos no debes rendirte.

–Es tú familia ahora, hijo mío. Prométeme que cuidarás de ellos, que harás por mí cuando llegue mi último suspiro –arrastra la mano por la cama, Darion la sujeta, la aprieta con fuerza –. Escúchame, nada más he de pedirte luego. Todas las equivocaciones y malentendidos se han reparado en ti, ya puedes seguir un camino libre de sombras y espinas. Cuida de ellas, de tu hermano, dime que lo harás.

–No dudes que así será, puedes estar tranquilo –le complace.

–Mi hijo, mi muchacho –balbucea Frank arropado de serenidad –. Has crecido tanto. Estoy tan orgulloso de ti. Eres mi mejor logro en esta vida. ¿Recuerdas cuando jugábamos al fútbol en el parque? Eras mi pequeño “Dariondinho”. Me gustaba verte festejarlos goles.

–Siempre me dejabas meterlos, no importaba hacia donde pateara –recuerda el joven –. Atajabas los disparos de Jazmín para hacerme creer que yo era mejor que ella.

–¿Aún está ese parque? ¿Dónde estaba el carrusel?

–Ya no, han construido un centro comercial en su lugar.

–Que lástima. ¿No?

Las máquinas empezaron a hacer malos registros de su pecho agitado despidiendo un sonido aterrador. El cuerpo entero de Frank se estremeció a pesar de sus escasas fuerzas. Sus pupilas descoloridas desaparecieron tras sus párpados abiertos, sus labios temblaban como intentando hablar, pero solo lograba una sucesión de gemidos grotescos. Sintió Darion la presión de su mano y luego desprenderse y caer a un lado ya vacía. Entró en pánico viendo a su padre morir, rompió en gritos desesperados pidiendo ayuda sin atinar a hacer nada, solo siendo un espectador de mortuorio proceso.

–¡Resiste papá, no te rindas! ¡Auxilio, que venga alguien enseguida! ¡Rápido, ayúdenlo que se muere, maldita sea!

Su pedido conjuró a médicos y enfermeras. Un par de manos cayeron sobre él y su juicio enloquecido, lo sacaron de la habitación mientras los expertos procuraban por la figura yerta que restaba ya sobre la cama, inmóvil, plana y continua la línea en la pantalla, se cerró la puerta y ya no pudo ver más. Abrazó a Lucy descubriéndola en medio del delirio, colgó sobre sus hombros el dolor de una pérdida concebida prematuramente.

–Se muere, mi viejo se muere –lloró amargamente –. Oh Dios, no me hagas esto. No te lo lleves, no le dejes morir.

No tardó el médico encargado en salir. Cerró la puerta. Su expresión anunciaba la peor noticia. Ningún estudio se gradúa con lo necesario para tal momento. Darion se le fue encima.

–Doctor. ¿Cómo está? ¿Se pondrá bien? –le preguntó ingenuamente. Detrás de él Rosa y Jazmín no necesitaron respuesta.

–Lo siento, no hubo nada qué hacer. Lo siento mucho...

Entonces todo comenzó a girar y en un instante todo desapareció. La llama se había apagado, no pudo Darion sostenerse y cayó de rodillas al suelo. Ya estaba todo dicho. De nada servían los ruegos. Lucy se dejó caer a su lado, lo recuperó contra su pecho.

–Lo lamento, mi amor –le susurró llorando con él.

Pero Darion a nadie escuchaba más que a su dolor.

 

Una pequeña comitiva de amigos y conocidos despidió los restos de Frank en el cementerio del Ángelus el jueves a las seis de la tarde. El reducido grupo acompañó el ataúd por las callejuelas como una sombra a espaldas de la marcha, una capa oscura desprendiéndose del occiso borrando sus últimas huellas hasta el lugar donde residiría en más devuelto al silencio del eterno descanso. Varios propios de la empresa se presentaron a ofrecerle sus respetos, desconocidos o apenas registrados por Darion y su familia, rostros barnizados de una conmoción pretenciosa, hacían de la caravana el flanco propicio a sus propias ambiciones. Mas el rostro sanguíneo de Anthony destacaba encabezando la compañía, la sinceridad de su lamento no inspiraba lealtad en sus escoltas ni en sus expresiones de imperturbable seriedad, rodeaban al viejo presidente como perros hambrientos esperando soltar la mordida sobre la oportunidad. Hipócritas, más podía leerse en sus muecas trabajadas. Les reprendió el superior de sus ambiciones al oírles murmurar descaros furtivos, fueron descubiertos por el hijo del caído y en un giro los acribilló con la mirada; Anthony advirtió la desfachatada actitud de los buitres y les reprendió con queda voz lacerante imponiéndoles el debido respeto a la memoria de su amigo que despedía sin contener su trastorno ante la desgracia. Retrocedieron como lebreles lambiscones, pusieron espacio con el viejo atormentado, ya no servía para distraerle de aquella demostración de ruindad que más tarde caro pagarían un instante de impertinencia. Acompañaba a Anthony su chofer, hombre corpulento y de expresión severa, confiable, sus capacidades sobrepasaban con creces los servicios que su título encajonaba; prescindía de él siempre que dejaba la seguridad de su propio espacio, se ayudaba de su brazo para sostener el peso de sus años. A su derecha le seguía una mujer joven de nombre Calixto, le guiaba por su mano cargando un ramo de licores. Conocía a Frank de toda la vida y su imprevista suerte le había devastado.




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