Owo

Capitulo 6- Traiciones

El día amaneció gris y pesado en el Instituto.

El cielo estaba cubierto por nubes bajas, como si reflejara el ambiente dentro del edificio.
Las heridas abiertas por las últimas traiciones aún sangraban a flor de piel, y nadie podía escapar de las consecuencias que comenzaban a desgarrar el grupo.

Camila entró al instituto con pasos firmes, pero su corazón latía desbocado. La imagen de Daniel y Marcela seguía grabada en su mente, punzando como un puñal invisible.
Después de unas horas de clases, no pudo aguantar más y decidió confrontarlo. Lo encontró en uno de los pasillos solitarios, justo cuando él salía del aula de ensayo.

Se quedaron mirándose, el silencio pesado y cortante como el filo de un cuchillo.

—Daniel... —comenzó Camila, tratando de controlar la voz—. Necesito que hablemos. Ya no puedo seguir con esta mentira.

Él bajó la mirada, nervioso, intentando evitar su mirada.

—Camila, por favor, escuchame. No es lo que vos pensás —dijo con voz baja, casi suplicante—. Te juro que no fue así, no fue con intención.

Ella apretó los puños, conteniendo las lágrimas que le amenazaban con salir.

—¿No fue con intención? ¿Entonces cómo explicás ese beso? ¿Las miradas cómplices?
¿Cómo explicás que estuvieras con ella, con Marcela, cuando te prometiste a mí?

Daniel dio un paso adelante, intentando acercarse.

—Por favor, dame una oportunidad para explicarte. No quiero perderte. Todo fue un error, una confusión... No significa nada para mí.

—No quiero excusas, Daniel —respondió Camila, alejándose un poco—. No quiero palabras bonitas ni mentiras para calmar mi dolor. Quiero respeto, y vos lo perdiste cuando decidiste engañarme.

Sus ojos se llenaron de lágrimas que esta vez no intentó ocultar.

—Estoy cansada de fingir que todo está bien cuando mi corazón sabe la verdad.
Lo nuestro terminó cuando te vi con ella. Lo siento.

Daniel la miró desesperado, pero Camila no retrocedió.

—Si alguna vez tuviste algo conmigo, ahora ya no queda nada.

No hay vuelta atrás.

Alrededor, algunos estudiantes se detuvieron a mirar la escena desde lejos. El silencio se rompió con murmullos y suspiros de compasión. Camila se mantuvo firme, mostrando una fortaleza que sorprendía a todos.

Por dentro, su mundo se había derrumbado. Pero por fuera, caminó hacia adelante con la cabeza en alto, decidida a empezar de nuevo, aunque doliera.

El sol entraba a través de los ventanales altos, iluminando el gimnasio del instituto con una luz cálida que contrastaba con el ambiente cargado de tensión.

En un rincón, Toro estaba frente a su celular, transmitiendo en vivo para sus seguidores en redes sociales. La música de fondo era fuerte, un ritmo urbano que marcaba su paso mientras hacía ejercicios con pesas.

Sus músculos se movían con precisión, pero no era solo el entrenamiento lo que captaba la atención. Era la actitud de Toro: un aire de superioridad que se reflejaba en cada gesto y sonrisa.

—¿Ven esto? —dijo, alzando los brazos para mostrar sus bíceps perfectamente definidos—. ¿Quién tiene este cuerpo aquí? ¿Quién tiene este estilo? Nadie. Nadie puede igualar mi talento ni mi actitud.

Sonrió de lado, confiado, mientras giraba lentamente para que la cámara captara cada ángulo.

—Les voy a contar un secreto, chicos —continuó, bajando la voz para que pareciera íntimo—. Las chicas mueren por mí. Me buscan, me persiguen, porque saben que yo soy el único que puede darles lo que quieren.

Hizo una pausa, mirándose en el espejo detrás de la cámara, y se rió con arrogancia.

—Y no es solo por el cuerpo. Es por la presencia, por la manera en que manejo todo. En el teatro, en la vida... soy el protagonista. Y punto.

De repente, recibió un mensaje en el chat de la transmisión: “¿Qué onda con Jazmín? ¿Ya está contigo o qué?”

Toro levantó una ceja, soltó una sonrisa socarrona y respondió en voz alta para que sus seguidores lo escucharan:

—Jazmín sabe bien quién manda aquí. Pero tranquilos, aún quedan muchas por conquistar.

Terminó la transmisión con un guiño a la cámara y se dejó caer en una colchoneta, satisfecho consigo mismo. En su mundo, él era el rey indiscutido. Y no pensaba dejar que nadie se lo quitara.

La luz tenue de la lámpara apenas iluminaba las paredes adornadas con pósters de artistas y fotos de bailes. Jazmín estaba sentada en el borde de su cama, con el celular en mano. La pantalla mostraba una reproducción pausada del video donde Toro aparecía pavoneándose y coqueteando, sin ningún remordimiento.

Sus ojos se clavaron en la imagen, el ceño fruncido y los labios apretados. La ira empezó a crecer como un fuego incontrolable dentro de ella.

—¡No puede ser! —exclamó, levantando la voz y golpeando la cama con el puño—. ¿Cómo se atreve a mostrarse así, como si nada? ¿Y encima cree que todo está bien?

Jazmín respiró hondo, intentando calmarse, pero la frustración la consumía.




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