Pacto de Cenizas

Capítulo 1: El sabor de la Emboscada

El ruido de las copas de cristal y el murmullo de la alta sociedad de la ciudad flotaban en el salón principal del hotel Grand Palace, pero para Elena, el aire olía exclusivamente a amenaza.

Ajustó el cuello de su vestido granate frente al espejo del antepalco. Esa noche no era una cena más; era el lanzamiento de su proyecto independiente, la oportunidad de conseguir a los inversores que financiarían la apertura de su propio restaurante tras años de picar piedra en sombras ajenas. O, mejor dicho, en la sombra de Marcos.

—Estás perfecta, Elena. Respira —dijo Sofi, apareciendo detrás de ella con una carpeta llena de planos y menús de muestra—. Los inversores ya están en la mesa principal. Si logras convencer a Álvarez y su grupo, tendrás el contrato firmado antes de medianoche.

—Solo necesito diez minutos para presentar el concepto —respondió Elena, intentando mantener la voz firme a pesar del nudo en el estómago—. Sin interferencias. Sin trampas.

—Hablando de trampas… —Sofi bajó el tono, mirando hacia la entrada del salón—. Marcos acaba de llegar. Y no viene solo.

Elena sintió cómo una chispa helada le recorría la espina dorsal. Se giró despacio. A unos metros, Marcos sonreía para los fotógrafos, impecable en un esmoquin a medida, proyectando esa falsa imagen de chef genio que tanto le había servido para adjudicarse el trabajo de ella durante tres años. Pero lo que hizo que el corazón de Elena se detuviera no fue la presencia de su ex.

Fue el hombre que caminaba a su lado.

Jack.

Imponente, sobrio y con esa elegancia gélida que congelaba cualquier habitación en la que entraba. Llevaba las manos en los bolsillos del pantalón de su traje oscuro, y sus ojos grises recorrían el lugar con la indiferencia analítica de quien se sabe dueño del destino de todos los presentes. Era el crítico y magnate gastronómico más temido del país. Una sola reseña suya podía convertir un local en un templo o en un solar en ruinas. Y, para desgracia de Elena, su relación histórica con él se resumía en años de cruces mordaces y un odio mutuo perfectamente cultivado.

—¿Qué hace Jack con Marcos? —murmuró Elena, apretando los puños.

—No tengo idea, pero esto no pinta nada bien —advirtió Sofi.

Antes de que Elena pudiera reaccionar, los destellos de los flashes iluminaron el centro del salón. Marcos no tardó en tomar el micrófono del estrado secundario, atrayendo la atención de toda la prensa gastronómica y de los inversores que Elena llevaba meses buscando.

—Buenas noches a todos —habló Marcos con voz impostada, captando cada mirada—. Hoy no solo celebramos la gastronomía, sino la propiedad intelectual y el mérito en nuestra industria. Lamentablemente, he descubierto que ciertos proyectos que se presentan hoy aquí utilizan conceptos e innovaciones que pertenecen a mi cadena de restaurantes.

Un murmullo recorrió la sala. Los fotógrafos comenzaron a apuntar hacia Elena.

—Elena —continuó Marcos, fijando una mirada venenosa en ella desde el escenario— ha intentado vender a los inversores una carta y una identidad de marca que me pertenecen legalmente. Tengo la intención de presentar una demanda por plagio de manera inmediata.

Los murmullos se convirtieron en un enjambre de murmullos agresivos. Los flashes empezaron a cegar a Elena. La humillación pública era perfecta; Marcos no solo quería frenarla, quería destruir su reputación ante toda la industria en un solo movimiento.

Elena dio un paso al frente, sintiendo la rabia arder en su garganta, lista para encararlo a viva voz. Pero antes de que pudiera articular una palabra, una sombra alta se interpuso entre ella y los reporteros.

Un aroma a madera, pimienta y humo la envolvió.

Jack avanzó un paso, colocándose justo al lado de Elena. La diferencia de estatura era evidente, pero la postura de Jack proyectaba una autoridad aplastante. Levantó ligeramente la mano, y el murmullo de la sala se apagó casi por instinto.

—Marcos —la voz de Jack resonó profunda, serena y profundamente peligrosa—. Tus acusaciones de plagio no solo son ridículas, sino técnicamente imposibles.

Marcos frunció el ceño, descolocado.

—Jack, esto es un asunto legal entre su empresa y la mía…

—No es solo un asunto entre ustedes —interrumpió Jack, dando un paso más hacia el centro, sin perder esa frialdad calculadora—. El concepto de Elena no puede pertenecerte por una razón muy sencilla: está respaldado e integrado por mi firma corporativa. Y sobre todo… porque ella no es una competidora cualquiera.

Jack giró el rostro hacia Elena. Durante un segundo, sus ojos grises se cruzaron con los de ella, transmitiendo una advertencia silenciosa que le erizó la piel. Acto seguido, desvió la mirada hacia la prensa y soltó las palabras que cambiarían todo:

—Elena es mi prometida.

El silencio en el salón duró apenas un segundo antes de que los flashes estallaran en un frenesí absoluto. Elena se quedó petrificada, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies mientras la mano de Jack, firme y caliente, se posaba en la parte baja de su espalda para mantenerla sujeta frente a la multitud.




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