El silencio dentro de Bentley de Jack era denso, sofocante y cargado de una electricidad que hacía que el aire pesará.
Afuera, la lluvia empezaba a golpear el cristal tintado con violencia, pero dentro, el único sonido audible era la respiración agitada de Elena.
—¿Te volviste completamente loco? —soltó ella, girándose en el asiento de cuero para encararlo—. "¿Es mi prometida?" ¿En qué clase de delirio pensaste que tenías derecho a decir eso ante las cámaras?
Jack ni siquiera se inmutó. Mantuvo la vista al frente, con una mano apoyada con soltura sobre el volante y la otra descansando sobre su muslo. Su perfil parecía esculpido en mármol: frío, distante e inaccesible.
—Te acabo de salvar la carrera, Elena —respondió con una serenidad que a ella le encendió la sangre—. De nada, por cierto.
—¡No me salvaste nada! ¡Me encadenaste a ti! —exclamó, apretando los puños sobre el regazo—. Marcos me acusó de plagio, sí, pero yo podía defender trabajo por trabajo. Ahora la prensa no habla de mi talento ni de mi menú; hablan de que soy el nuevo capricho del crítico más despiadado de la ciudad.
Jack detuvo el auto en el estacionamiento subterráneo de su penthouse. Apagó el motor. El repentino cese del rugido del vehículo dejó al descubierto la tensión cruda entre ambos. Se giró despacio hacia ella, acortando la distancia física solo lo suficiente para que Elena sintiera el peso de su presencia.
—Marcos no iba a dejarte defenderte —dijo Jack, con la voz baja y raspada—. Tenía a tres inversores clave comprados y a dos periodistas listos para publicar la demanda mañana a primera hora. En doce horas ibas a estar vetada de cada cocina respetable de este país. ¿Eso era lo que querías? ¿Orgullo intacto y reputación destruida?
Elena apretó la mandíbula. Le daba rabia admitirlo, pero la mirada calculadora de Jack rara vez fallaba al leer el terreno corporativo. Aun así, la idea de deberle algo a él la carcomía por dentro.
—¿Y qué ganas tú con esto, Jack? —preguntó, clavándole la mirada—. Tú no das nada gratis. Nunca lo has hecho. ¿Por qué el gran Jack se prestaría a semejante circo?
Jack no respondió de inmediato. Sacó de la guantera una carpeta de cuero negro y la colocó sobre el regazo de Elena.
—Abre —ordenó secamente.
Elena abrió la carpeta. La primera página exhibía un membrete legal impecable con el título: Acuerdo de Asociación Promocional y Protección de Marca.
—Seis meses —dijo Jack, apoyando la espalda en el asiento—. Fingiremos un compromiso público. Asistirás a las galas de mi grupo gastronómico, mantendrás la imagen de pareja perfecta frente a los medios y, a cambio, yo financiaré el cien por ciento de la apertura de tu restaurante bajo el sello de mi corporación. Ningún inversor dudará de ti si estás respaldada por mi firma. Marcos no podrá tocarte sin intentar destruir mi imperio, y eso no se lo voy a permitir.
Elena repasó las cláusulas rápidamente con la vista hasta que se detuvo en un punto específico.
—Cláusula cuatro: Convivencia forzada en la residencia principal por motivos de cobertura mediática —leyó en voz alta, alzando una ceja con incredulidad—. Cláusula siete: Cero involucramiento personal o sentimental.
—Es un contrato comercial, Elena. Nada más —interrumpió él con voz gélida—. Para que la prensa se lo crea, tenemos que vivir bajo el mismo techo. Pero no te confundas: no hay lugar para sentimientos aquí. Tú recuperas tu restaurante; yo protejo la reputación de mi firma de los escándalos de tu ex. Al cabo de seis meses, anunciamos una separación amistosa por "diferencias de agenda" y cada uno sigue su camino.
—¿Y si me niego? —desafió ella, sosteniéndole la mirada.
Jack inclinó ligeramente la cabeza, con una sombra de sonrisa oscura en los labios.
—Si te niegas, cruzas esa puerta, caminas bajo la lluvia y dejas que Marcos te destruya antes del amanecer. La decisión es tuya, Elena. Pero entrambos sabemos que no vas a dejar morir tu sueño por puro orgullo.
Elena sintió cómo el ardor de la rabia se mezclaba con la certeza helada de que él tenía razón. Estaba acorralada.
Miró el documento, sintiendo que estaba firmando un pacto con el mismo demonio. Sin embargo, al levantar la vista y encontrarse con los ojos grises de Jack —tan indescifrables como siempre—, supo que el verdadero peligro no era el contrato ni la prensa.
El verdadero peligro era el fuego sordo que comenzaba a arder entre las ruinas de su odio.