Pacto de Cenizas

Capítulo 3: El arte de la Simulación

El destello del primer flash cegó a Elena justo cuando cruzaba la arcada de entrada de la Galería Savoy. El murmullo del evento gastronómico más exclusivo del año cesó por una fracción de segundo, sofocado por el repentino girar de decenas de cabezas hacia la puerta principal.

Elena sintió cómo sus dedos se tensaban instintivamente sobre la fina tela de su vestido verde esmeralda. El diseño, de seda pesada y espalda descubierta, le sentaba como una armadura, pero frente a la batería de cámaras de la prensa especializada y la alta sociedad culinaria, se sentía brutalmente expuesta.

Antes de que pudiera dar un paso en falso, una mano firme y cálida se posó con firmeza en la curva de su cintura.

El toque de Jack atravesó la seda del vestido, enviando una descarga directa a su espina dorsal. Se obligó a no dar un respingo. Olía a madera de cedro, tabaco rubio y una nota sutil de pimienta negra; una fragancia tan sobria y sofocante como la elegancia con la que vestía su esmoquin hecho a medida.

—Recuerda el libreto, Elena —le murmuró Jack al oído. Su aliento cálido le rozó la lóbulo de la oreja, haciendo que los vellos de los brazos se le erizaran—. Sonríe como si hubieras ganado la lotería y no me odiaras tanto como para envenenar mi sopa.

—Si pudiera envenenar tu sopa sin que la autopsia me delatara, no habríamos firmado ese papel —respondió ella entre dientes, esculpiendo una sonrisa impecable para las cámaras mientras avanzaban juntos hacia el centro del salón.

—Un toque de cianuro sería demasiado predecible para tu talento culinario —replicó él en un tono tan bajo y privado que parecía una caricia verbal—. Te hacía experta en sabores más complejos.

Elena apretó los dientes, manteniendo la postura impecable. La presión de la mano de Jack en su cintura no era tímida ni tentativa; la sujetaba con una posesividad estudiada que obligaba a sus cuerpos a moverse en perfecta sintonía. Cada paso era un baile ensayado entre dos predadores que fingían ser presa del otro.

—¡Jack! ¡Elena! Por aquí, por favor —vociferó un fotógrafo del diario especializado Gourmet & Prestige, haciéndoles señas desde la alfombra roja central.

—Míralos —susurró Jack, inclinándose apenas unos centímetros hacia ella, permitiendo que la prensa capturara un ángulo íntimo—. Todos están buscando una grieta en la historia. Si dudas medio segundo al mirarme, Marcos usará ese espacio para filtrar su versión del escándalo a las revistas de mañana.

—No voy a dudar —afirmó ella.

Elena se giró despacio para encararlo. Se obligó a levantar la barbilla, buscando los ojos de Jack. Durante años, esas iris de color gris tormenta solo habían representado la frialdad del crítico severo, la mirada despiadada que firmaba la quiebra de un restaurante con una sola línea en su columna. Pero ahora, a tan solo unos centímetros de distancia, Elena notó los matices dorados que rodeaban sus pupilas y la tensión contenida en su mandíbula.

Jack alzó la mano libre y, con una lentitud calculada que paralizó el aire alrededor de ambos, deslizó dos nudillos por la mejilla de Elena, apartándole un mechón suelto de cabello detrás de la oreja. El toque fue suave, pero cargado de un dominio tan natural que a Elena se le cortó la respiración en la garganta.

—Buena actuación —murmuró él, con los ojos fijos en los labios de ella.

—No estoy actuando —respondió Elena en un susurro cargado de desafío, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Estoy sobreviviendo a tu circo.

—Entonces asegúrate de que se vea creíble, porque ahí viene tu ex.

Elena sintió que la sangre se le helaba, pero no rompió el contacto visual con Jack. A pocos metros, abriéndose paso entre un grupo de sommeliers y críticos de arte, Marcos caminaba hacia ellos. Llevaba una copa de champán en la mano y una expresión que oscilaba entre la furia contenida y la incredulidad absoluta.

—Jack, Elena... qué sorpresa verlos tan... juntos —dijo Marcos al llegar a su lado, deteniéndose a una distancia prudente. Su tono destilaba un sarcasmo mal disimulado—. Debo decir que la noticia de su "compromiso" sorprendió a toda la industria. Nadie sabía que el gran crítico culinario tenía debilidad por el talento prestado.

Jack no se inmutó. Ni siquiera cambió la posición de su brazo alrededor de la cintura de Elena. Simplemente giró el rostro hacia Marcos con una mirada tan fría y despectiva que redujo el tono del provocador a nada en un segundo.

—La verdadera sorpresa, Marcos, es que alguien con una técnica tan mediocre como la tuya siga atreviéndose a opinar sobre talentos ajenos —soltó Jack con voz pausada, como si estuviera diseccionando un plato defectuoso en una reseña—. Elena no necesita tomar prestado nada de nadie. Su cocina tiene algo que tú jamás vas a poder comprar ni plagiar: identidad propia.

Marcos apretó la copa de cristal con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—Eso no es lo que dirán los abogados cuando revisen los registros de mi restaurante, Jack —amenazó en voz baja.

—Tus abogados pueden revisar lo que quieran —intervino Elena, dando un paso al frente sin soltarse del agarre de Jack, sintiendo cómo la presencia del hombre a su lado le daba un extraño y peligroso respaldo—. Pero la próxima vez que intentes montar un show mediático para cubrir tus propias deficiencias, asegúrate de no terminar en la bancarrota intentando demandar a la firma corporativa más poderosa del mercado.




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