Pacto de Cenizas

Capítulo 5: Las sombras tras el cristal

El aroma del café espresso recién colado aún flotaba en el aire de la cocina cuando Jack se retiró a su despacho acristalado al fondo del penthouse. Elena se quedó sola en la isla de granito, con el documento recién firmado sobre la superficie pulida. Las palabras de la Cláusula 4 todavía resonaban en sus oídos con el eco de un desafío: La redacté para protegerte a ti de lo que puede pasar si alguno de los dos olvida que esto es solo un negocio.

Elena apretó los puños, sintiendo cómo el orgullo le quemaba la garganta. Jack jugaba con el control como si fuera un ingrediente más de su receta, midiendo cada uno de sus movimientos para mantenerla al borde del abismo. Pero si algo había aprendido tras sobrevivir a la manipulación de Marcos, era a no aceptar las apariencias de los hombres poderosos sin buscar las fisuras en su armadura. Y Jack, por muy frío e inquebrantable que pretendiera mostrarse, no era una excepción. Ningún magnate arriesgaba su reputación corporativa y su nombre por simple altruismo o por una simple vendetta superficial contra un chef mediocre. Había algo más. Un hilo invisible que lo unía a Marcos mucho antes de que ella apareciera en el cuadro.

Con el pretexto de dejar la carpeta de piel negra en el escritorio principal, Elena caminó con pasos silenciosos hacia la puerta entreabierta del despacho. El suelo de madera oscura absorbía el sonido de sus pies descalzos. A través del cristal esmerilado que dividía el pasillo del estudio privado, la silueta de Jack se recortaba contra la luz natural que entraba por el ventanal. Estaba de pie, de espaldas a la entrada, sosteniendo el teléfono celular contra la oreja. Su postura era rígida, los hombros tensos bajo la tela ajustada de su camisa gris.

Elena se detuvo a un metro de la puerta, conteniendo la respiración y pegándose sutilmente a la pared lateral para no ser descubierta por el reflejo del vidrio.

—No me importa lo que cueste, Mateo —la voz de Jack sonaba más baja de lo habitual, pero cargada de una gravedad quirúrgica, una frialdad que helaba el aire—. Asegúrate de que los auditores revisen los balances del restaurante de Marcos desde hace cinco años. No solo la contabilidad actual. Quiero cada transferencia, cada contrato de proveedores y, sobre todo, las patentes registradas a nombre de su antigua sociedad.

Hubo una pausa prolongada mientras la persona al otro lado de la línea —Mateo, su mano derecha y aliado incondicional— respondía. Jack caminó hacia el ventanal, mirando hacia el horizonte de la ciudad con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón.

—Él cree que esto se trata simplemente de la demanda por plagio contra Elena —continuó Jack, con un tono rasposo en el que por primera vez Elena detectó un matiz de rabia sorda, un odio añejo y visceral que nada tenía que ver con la farsa del compromiso público—. Marcos piensa que solo estoy protegiendo una inversión. Déjalo que se confíe. Que crea que el contrato de seis meses es solo un escudo para la prensa. No tiene la menor idea de que estoy usando el proyecto de Elena para desmantelar toda su estructura financiera desde adentro.

Elena sintió que el corazón le daba un vuelco violento contra las costillas. Las yemas de sus dedos se apretaron contra la carpeta de cuero que sostenía contra el pecho. Desmantelar toda su estructura financiera... Usar mi proyecto.

—Si él descubre el expediente original antes de que firmemos la compra de los activos, todo se va a la mierda —advirtió la voz distante de Mateo a través del altavoz del teléfono, lo suficientemente alta como para que Elena captara el matiz de preocupación—. Jack, estás jugando con fuego. Si Elena se entera de que la usaste como señuelo para atraer a Marcos a la trampa legal, no te lo va a perdonar nunca. Ella cree que la estás salvando.

—Elena no tiene por qué enterarse de los detalles hasta que la operación esté cerrada —cortó Jack con una brusquedad helada—. Ella obtendrá su restaurante, su nombre limpio y la financiación absoluta que necesita para abrir sin depender de nadie. Ese era el trato y voy a cumplirlo hasta la última coma. Lo que yo le quite a Marcos en el proceso es un asunto estrictamente personal. Él me debe algo desde hace años, Mateo. Y esta vez me voy a cobrar cada centavo con intereses.

—¿Y si ella empieza a hacer preguntas? Sabes cómo es. No es ingenua, Jack. Se dio cuenta desde el primer minuto de que hay algo raro en tu interés por destruir a Marcos.

Jack guardó silencio durante varios segundos que parecieron eternos. Elena se quedó inmóvil, sintiendo la adrenalina correr por sus venas como un torrente helado. Podía oír el latido de su propio pulso retumbando en sus oídos mientras esperaba la respuesta.

—Si empieza a hacer preguntas, desviaré su atención —dijo Jack finalmente, con una calma calculadora que le envió un escalofrío a Elena por la espalda—. La mantendré ocupada con el diseño de la cocina y las apariciones públicas. Mientras crea que nuestro único problema es la química insostenible del contrato, no buscará en el lugar equivocado. Cuelga. Tengo la reunión con el arquitecto en dos horas.

El sonido del teléfono al cortarse la llamada rompió el trance. Elena dio un paso atrás con rapidez, retrocediendo por el pasillo hacia la sala principal antes de que Jack pudiera girarse hacia la puerta. Colocó la carpeta sobre la mesa de centro con manos ligeramente temblorosas y se apoyó contra el respaldo del sofá, tratando de regular su respiración.

Las piezas del rompecabezas acababan de reordenarse de la forma más peligrosa posible. Jack no había aparecido en la gala para rescatarla de la humillación de Marcos por caballerosidad ni por mera estrategia publicitaria para su corporación. Había usado su vulnerabilidad y el ataque de Marcos como la oportunidad perfecta para lanzar una ofensiva legal devastadora contra su ex. Ella era el cebo de oro; la carnada perfecta que atraería la atención de la prensa y de los inversores mientras Jack movía sus fichas en la sombra para destruir el imperio de Marcos desde la raíz.




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