El plato de lubina con emulsión de pimienta rosa y verduras asadas al tomillo lucía impecable sobre la mesa de comedor del penthouse. La presentación era una obra de arte sobria, elegante y cargada de una identidad gastronómica inconfundible. Sin embargo, ni la perfección del corte ni el aroma que llenaba el comedor podían ocultar la densidad del aire entre Elena y Jack.
Elena apoyó los cubiertos sobre el mantel individual de lino oscuro. Frente a ella, Jack cortó un trozo de pescado con la soltura y precisión de un cirujano. Se lo llevó a la boca, masticó despacio y cerró los ojos un instante antes de tragar.
—La acidez de la emulsión equilibra la grasa de la piel con una precisión matemática —dijo Jack, su voz pausada y analítica rompiendo el silencio—. El punto de cocción es perfecto, Elena. Si este es el nivel de la entrada principal, el menú de apertura va a silenciar a cualquier crítico de la ciudad.
Elena no sonrió. Mantuvo los brazos cruzados sobre la mesa, observándolo con una fijeza calculada. La adrenalina de la escena en la cocina todavía latía bajo su piel, pero el peso de lo que había descubierto en el despacho privado quemaba con más fuerza que la atracción física.
—Me alegra que apruebes mi técnica, Jack —respondió ella, inclinándose levemente hacia adelante—. Pero la cocina no es lo único que requiere una precisión matemática entre nosotros, ¿no crees?
Jack alzó una ceja, dejando la copa de vino tinto a mitad de camino hacia sus labios.
—¿A qué te refieres?
—A tus estrategias —dijo Elena con voz firme, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Esta tarde dijiste que Marcos era un imbécil que no sabía reconocer la genialidad. Pero la verdad es que Marcos no es solo un rival para ti, ¿verdad? No es una simple pieza que quieres mover en el tablero de tu corporación.
El rostro de Jack se volvió inaccesible, la habitual máscara de hielo cubriendo de inmediato cualquier atisbo de la calidez que había mostrado minutos antes en la cocina.
—Te estás desviando del objetivo del compromiso, Elena. Nuestra alianza es para proteger tu nombre y financiar tu apertura.
—No te hagas el desentendido, Jack —lo atajó ella, bajando el tono a un registro grave y directo—. Sé lo de Aura. Sé lo del incendio de hace siete años y sé quién era Julián Rossi.
El ambiente en el comedor pareció congelarse en un instante. El movimiento de la mano de Jack sobre la copa se detuvo por completo. Sus ojos grises, oscurecidos por una sombra peligrosa, se clavaron en Elena con una intensidad que habría intimidado a cualquiera. Pero Elena no dio un solo paso atrás.
—Revisaste mi estudio —dijo él, no como una pregunta, sino como una acusación helada.
—Buscaba las respuestas que tú te negabas a darme —replicó Elena, erguéndose en su silla—. Me usaste, Jack. Viste la oportunidad perfecta cuando Marcos me acusó de plagio en la gala. Sabías que al intervenir y meterme en este contrato de seis meses, tendrías el señuelo perfecto para arrastrar a Marcos a una revisión legal y contable que lo destruirá por completo. Me usaste como carnada para cobrarte una deuda del pasado que ni siquiera me pertenece.
Jack dejó la copa de vino sobre la mesa con un golpe seco que hizo resonar el cristal. Se levantó de la silla con un movimiento fluido y dominante, rodeando la mesa hasta quedar de pie a pocos centímetros de la silla de Elena.
—¿Carnada? —repitió él, su voz un susurro rasposo que vibraba con una rabia reprimida durante años—. ¿Crees que te usé? Marcos iba a destruirte esa noche, Elena. Iba a sepultar tu carrera exactamente igual que hizo con Julián hace siete años: robándote las recetas, destruyendo tu credibilidad y dejándote en la ruina mientras él se atribuía tu talento. Yo no inventé el ataque de Marcos hacia ti; solo aproveché la oportunidad para asegurarme de que esta vez ese parásito no saliera impune.
Elena se puso de pie para encararlo cara a cara, obligándolo a levantar la vista solo unos centímetros para no perder la cercanía de sus miradas.
—¡El problema no es que lo destruyas! —exclamó ella, la pasión y el enojo encendiendo sus mejillas—. ¡El problema es que me mentiste! Me hiciste creer que esta farsa era un acuerdo mutuo de negocios cuando en realidad estoy caminando en medio de tu guerra personal. Si tu plan falla, si Marcos descubre la auditoría antes de tiempo, la que perderá el restaurante y la reputación seré yo, no tu firma multimillonaria.
—No voy a fallar —sentenció Jack, acortando la distancia física entre ellos hasta que sus pechos casi colisionaban—. No he esperado siete años para cometer un error ahora. Y bajo ninguna circunstancia voy a permitir que te toque un solo pelo de tu carrera. ¿Tanto te cuesta entender que te estoy protegiendo?
¡No necesito que me protejas como si fuera una víctima vulnerada! —retó ella, apoyando las palmas de sus manos en el pecho de Jack con firmeza—. ¡Necesito la verdad! Si vamos a estar atrapados en este piso y fingir que nos deseamos frente a las cámaras, quiero saber exactamente en qué suelo estoy pisando.
Jack agarró las muñecas de Elena con firmeza, deteniendo la presión de sus manos contra su pecho, pero no para alejarla. Las mantuvo sujetas sobre su esternón, donde Elena podía sentir el latido violento y acelerado de su corazón contra la tela fina de la camisa.