Las primeras horas de la mañana trajeron consigo la tormenta mediática que Jack y Mateo habían previsto con precisión quirúrgica. La portada digital de la revista Gourmet & Prestige abría con la fotografía principal de la sesión en el penthouse: Elena recostada contra el pecho de Jack, con los ojos entrecerrados y los dedos enredados en su nuca, mientras él hundía el rostro en su cuello con una devoción que rozaba la devoción religiosa. El titular, en letras doradas y elegantes, no dejaba margen a la especulación: "Fuego en la cumbre: La intimidad desarmante de Jack y Elena tras las acusaciones de la industria".
El impacto en el sector fue inmediato. A las nueve de la mañana, la versión en línea de La Gaceta Culinaria había retirado el rumor filtrado por Marcos y lo había sustituido por un análisis exhaustivo del respaldo corporativo de Jack hacia la chef.
En su oficina de la cadena de restaurantes Sabor & Raíz, Marcos estrelló la tablet contra la mesa de cristal del despacho, agrietando la pantalla en un estallido de líneas blancas.
—¡Es un montaje! —bramó Marcos, paseándose frente a su abogado con el rostro desencajado por la furia—. ¡Jack no se enamora de nadie! ¡Y Elena lo odiaba! Estuve tres años con ella; conozco cómo mira a los hombres que intenta controlar. Esa foto es una puta actuación para proteger la inversión.
—Aunque sea una actuación, Marcos, la opinión pública y los patrocinadores ya compraron la historia —advirtió el abogado con severidad, reordenando los papeles de la carpeta—. Las acciones de tu cadena cayeron dos puntos esta mañana tras las declaraciones de los auditores de Jack. Además, la junta directiva del banco ha congelado la línea de crédito para la expansión de tu nuevo local hasta que se resuelva la demanda por plagio. Jack está utilizando la imagen del compromiso para blindarla a ella mientras nos ahoga financieramente a nosotros.
Marcos apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. La imagen de la mano de Jack sobre la cadera de Elena, esa forma posesiva y natural con la que la sujetaba en la fotografía, le quemaba las entrañas.
—No voy a dejar que me destruyan —susurró Marcos con voz envenenada—. Si Jack quiere jugar a la familia feliz con mi ex, voy a asegurarme de que el circo se le caiga encima antes de la inauguración.
Mientras el imperio de Marcos empezaba a agrietarse, el edificio del nuevo restaurante de Elena era un hervidero de actividad. El ruido de las taladros, el olor a yeso fresco y el chispazo de las soldadoras llenaban el enorme espacio de dos plantas.
Elena, vestida con jeans oscuros, botas de trabajo y un casco blanco de seguridad, supervisaba la demolición del tabique posterior junto a Sofi.
—Tengo que admitirlo, Elena —dijo Sofi, mirando la fotografía de la revista en la pantalla de su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo del abrigo—. Si esto es solo un contrato comercial, los dos merecen un premio Oscar. La forma en que te toma de la cintura en esa foto no se ensaya en dos días.
Elena ajustó el plano sobre la mesa improvisada de obra, tratando de ignorar el calor sutil que le subió por el cuello.
—Fue una exigencia de la agencia para tapar la filtración de Marcos, Sofi. Sabes perfectamente cuáles son las cláusulas del contrato —respondió Elena, aunque su voz carecía de la frialdad categórica con la que solía defenderse.
—Las cláusulas dicen una cosa, pero la química en esa foto dice que si pasan cinco minutos más en ese penthouse sin ropa de por medio, el departamento se va a incendiar —replicó Sofi con una sonrisa pícara—. Además, mira esto.
Sofi señaló la zona central de la cocina. El equipo de construcción estaba instalando la nueva isla de acero quirúrgico, respetando milimétricamente la modificación de dos metros que Elena le había exigido al arquitecto.
—Jack no solo aprobó el presupuesto extra sin pestañear —continuó Sofi—, sino que vino esta mañana a las siete a verificar que la extracción industrial cumpliera con tus especificaciones técnicas antes de irse a la sede corporativa. Ese hombre no está actuando solo por un negocio, Elena. Hay algo en la forma en que te mira cuando cree que no lo ves.
Elena contempló el espacio vacío donde en pocas semanas estaría su cocina. El recuerdo del roce de los labios de Jack en su cuello durante la sesión fotográfica, sumado a lo que había descubierto sobre el trágico pasado de Julián Rossi y la trampa trazada contra Marcos, creaba una tormenta confusa en su mente. Jack era un hombre peligroso, un estratega implacable que usaba el mundo como su tablero de ajedrez. Pero cada vez que estaba cerca de ella, la armadura del magnate mostraba grietas a través de las cuales se filtraba un deseo tan voraz como genuino.
Para cuando Elena regresó al penthouse, la noche había caído por completo sobre la ciudad y una tormenta voraz de finales de verano azotaba los ventanales. El viento rugía contra los cristales dobles y la lluvia repicaba con una violencia hipnótica que oscurecía el horizonte iluminado de los rascacielos.
Las luces del salón estaban apagadas. Solo la iluminación tenue de la isla de la cocina y el resplandor ocasional de los relámpagos iluminaban el espacio abierto.
Elena dejó las llaves sobre la entrada y se quitó la chaqueta mojada. Escuchó un rumor suave proveniente del área del ventanal principal. Al acercarse, vio a Jack sentado en el suelo, de espaldas al sofá de cuero, con una vaso de whisky a medio terminar en la mano y la camisa desabrochada en el cuello. A su lado, sobre la mesa baja, descansaba una vieja carpeta de anillos gastada y un marco de fotos de madera oscura puesto boca abajo.