La noche de la gran inauguración del restaurante Cenizas la ciudad parecía haber convergido frente al imponente portal de cristal del local. Los flashes de las cámaras de la prensa gastronómica y los periodistas del corazón iluminaban la alfombra negra de la entrada. Los hombres de traje a medida y las mujeres en vestidos de alta costura cruzaban el umbral bajo la atenta mirada de la élite de la industria.
En el comedor principal, la atmósfera era una sinfonía de lujo sobrio: iluminación tenue, mesas con mantelería de lino grafito, copas de cristal fino y una barra central donde el sonido de las cocteleras marcaba el ritmo de la noche.
En el piso superior, en la mesa VIP con vista panorámica a la cocina vista de cristal translúcido, Jack permanecía de pie, ajustándose los gemelos de plata de su camisa negra. Su mirada fija, sin embargo, no estaba en los críticos ni en los ejecutivos que buscaban su saludo, sino en el chef invitado de honor que acaba de ingresar al comedor: Julián Vane, un reconocido crítico gastronómico y antiguo colega de Elena en sus primeros años en París, conocido tanto por su paladar implacable como por su indiscutible atractivo.
Julián Vane caminó directo hacia la barra, donde Elena acababa de salir un segundo para verificar la logística de la sala antes de que arrancara el servicio.
—Elena, estás radiante —dijo Julián en un español con acento francés impecable, tomando la mano de Elena y depositando dos besos demasiado cercanos en sus mejillas, antes de deslizar su mano con una familiaridad provocadora por el brazo de la chef—. Cuando leí sobre tu ruptura con Marcos y este compromiso repentino, pensé que era una locura. Pero verte aquí, en tu propio imperio... es sensacional.
Elena sonrió con amabilidad, manteniendo la cortesía profesional.
—Gracias, Julián. Me alegra que hayas aceptado la invitación. El menú de esta noche es mi declaración de principios.
—Espero que después del servicio me dediques un momento a solas en la bodega —murmuró Julián inclinándose, rozando levemente el hombro de Elena—. Me encantaría recordar los viejos tiempos en Francia.
A pocos metros de distancia, la mandíbula de Jack se apretó con una fuerza capaz de pulverizar cristal. La sangre le ardió en las venas con una brusquedad que lo tomó por sorpresa. No era la fría rabia calculadora que sentía hacia Marcos; era algo primitivo, voraz e incontrolable: celos puros y duros.
Jack no esperó. Cruzó la sala con pasos largos y firmes, cortando el aire como un depredador. Antes de que Julián pudiera volver a tocar el brazo de Elena, la mano de Jack se posó con firmeza posesiva en la cintura de ella, pegándola de inmediato a su costado. Su brazo rodeó el torso de Elena, apretándola contra su cuerpo con una firmeza que no dejaba dudas sobre a quién pertenecía la chef esa noche.
—Julián Vane —intervino Jack, su voz bajando a un tono abisal, helado y cargado de una advertencia implícita—. Qué honor tener al crítico de Le Culinare en nuestro restaurante.
Julián alzó una ceja, sintiendo la densa corriente de electricidad y territorialidad que emanaba del magnate.
—Jack —respondió Julián, acomodándose la solapa de su saco—. Felicidades por el espacio. Estaba recordando con Elena lo increíble que era cuando trabajábamos juntos.
—El pasado es solo un antecedente irrelevante, Vane —replicó Jack, deslizando su mano desde la cintura de Elena hasta la parte baja de su espalda, acariciando la piel descubierta de su vestido de noche con un toque sutil pero posesivo—. El presente de Elena, su talento y todo su futuro están concentrados aquí. Y, como comprenderás, su tiempo esta noche me pertenece a mí y a su cocina.
Elena sintió el calor abrasador de la mano de Jack sobre su piel y la rigidez de los músculos del magnate detrás de ella. Miró a Jack de reojo y descubrió una chispa de posesión pura en sus ojos grises que le cortó la respiración.
—Disculpa a Jack, Julián —dijo Elena, disfrutando involuntariamente de la reacción celosa del magnate—. El servicio está a punto de comenzar. Disfruta la cena.
Antes de que el crítico pudiera responder, Jack guio a Elena suavemente hacia el pasillo privado que conectaba el comedor con el pase de cocina, lejos de la vista del público.
En cuanto cruzaron la puerta del pasillo, Jack la empujó suavemente contra la pared de madera oscura, acorralándola con su cuerpo. Apoyó una mano a cada lado de la cabeza de Elena, inclinándose hasta que sus respiraciones se mezclaron.
—¿Quién demonios se cree que es para tocarte así? —murmuró Jack con la voz ronca, la mirada fija en los labios de ella, sus ojos brillando con un fuego peligroso.
Elena sonrió levemente, apoyando las palmas de sus manos en el pecho de Jack, sintiendo cómo el corazón del hombre más poderoso de la ciudad latía desbocado solo por ella.
—¿Estás celoso, Jack? —provocó ella en un susurro coqueto, desgranando la compostura del magnate.
—Estoy absolutamente fuera de mí desde que ese imbécil rozó tu piel —confesó él sin rodeos, inclinando la cabeza para pegar sus labios a la piel del cuello de Elena, mordisqueando con una dulzura salvaje justo en la pulsación de su garganta—. Eres mía, Elena. De nadie más. Y esta noche el mundo va a entenderlo.
Elena ahogó un gemido, pasándole las manos por la nuca y tirando de su cabello corto para unir sus bocas en un beso urgente, hondo y lleno de una fricción adictiva que casi les hace olvidar dónde estaban. La presión de la pelvis de Jack contra la suya prometía una noche posterior sin tregua.