Pacto de Cenizas

Capítulo 12: El filo de los celos

El frío metálico de la cámara frigorífica del penthouse no lograba apagar el ardor de la rabia que recorría la espalda de Elena. Eran las seis de la mañana y la luz ceniza del amanecer apenas comenzaba a filtrarse por los ventanales de la cocina industrial. Frente a ella, sobre la isla de acero quirúrgico, descansaban tres cajas de madera de pino con el sello roto del distribuidor oficial de mariscos.

El aroma no era el dulce perfume a mar de las vieiras recién pescadas, sino una nota ácida, astringente y sintética que le encendía todas las alarmas de la experiencia.

—¿Qué demonios es esto? —murmuró Elena para sí misma, tomando con la punta de las pinzas de emplatar uno de los moluscos y acercándolo a la luz de los focos alógenos.

—Es un reactivo orgánico de aceleración de descomposición —la voz grave y rasposa de Jack resonó a su espalda, haciéndola dar un leve respingo.

Elena no se giró de inmediato. Escuchó sus pasos lentos y pesados sobre el suelo de microcemento. Jack vestía un pantalón de vestir oscuro y una camisa blanca con las mangas arremangadas hasta la mitad del antebrazo, revelando la tensión marcada en sus músculos. Olía a café cargado, madera de cedro y a esa vigilia amarga de quien no ha pegado un ojo en toda la noche.

—¿Tú sabías que esto iba a llegar así? —preguntó Elena, girándose despacio y clavándole una mirada cargada de sospecha.

Jack se detuvo a medio metro de la barra, apoyando las palmas de las manos sobre el borde de acero, acorralando el espacio de trabajo de Elena sin llegar a tocarla. Sus ojos grises, rodeados por una sombra leve de cansancio, la recorrieron con una frialdad calculada.

—Descubrí la orden de entrega desviada hace tres horas —respondió él, con una calma que a Elena le pareció exasperante—. Marcos intentó adelantarse. Sabía que la inspección sanitaria previa a las pruebas de cocina es mañana al mediodía. Si los inspectores encontraban este lote en tus cámaras, el sello de clausura preventiva habría estado en la puerta antes del atardecer.

Elena dejó caer la pinza sobre la mesada con un chasquido metálico que resonó en toda la cocina.

—¡Y no me dijiste nada! —exclamó, apoyando las manos en sus caderas y dando un paso al frente, acortando la distancia hasta que la punta de sus botas casi rozó los zapatos de cuero de él—. Prefieres dejar que me encuentre con la basura en la cara antes de avisarme. Sigues jugando a ser el titiritero en la sombra, Jack.

—No te avisé porque estaba ocupado asegurándome de que el proveedor original fuera despedido y que el reemplazo viniera con escolta privada —replicó él, bajando la voz a un registro helado, peligroso y pausado—. Te prometí que Marcos no tocaría tu cocina, Elena. Y cumplo lo que firmo.

—¡Me prometiste un contrato comercial! —retó ella, alzando la barbilla y mirándolo fijamente a los ojos—. Pero cada vez que me doy la vuelta, me doy cuenta de que este piso, la comida, los inspectores y hasta la forma en que me miras está envenenada por tus malditos secretos del pasado. No sé si me estás protegiendo o si estás usando mi trabajo como el trozo de carne para atraer a tu perro de caza.

Jack entornó los ojos. La tensión en la cocina se volvió un hilo tenso a punto de romperse. La proximidad de sus cuerpos hacía que el aire entre los dos se sintiera pesado, sofocante y cargado de una frustración acumulada que ninguno de los dos sabía cómo nombrar. Se odiaban por depender el uno del otro; se detestaban por la forma en que la sola presencia del contrario desorganizaba su control perfecto.

—Si fuera a usarte como carnada, Elena —susurró Jack, inclinándose levemente hacia ella, hasta que su aliento cálido le rozó la mejilla—, no pasaría las noches despierto en la sala revisando cada factura de tu restaurante para que no haya una sola grieta por la que puedan destruirte. No te confundas. Esto no es generosidad. Es que me niego rotundamente a dejar que un tipo como Marcos arruine la única cocina de esta ciudad que vale la pena probar.

Elena sintió un vuelco violento en el estómago. La mezcla de rabia y el elogio implícito en sus palabras la dejó desarmada por una fracción de segundo. Abrió la boca para responder, para soltar una réplica mordaz que restableciera la distancia, pero el timbre del ascensor privado interrumpió el duelo.

Las puertas de bronce se deslicaron en silencio y Mateo avanzó hacia la sala principal llevando una carpeta rígida bajo el brazo. Detrás de él caminaba un hombre de unos treinta y cinco años, alto, de porte elegante, vistiendo un saco de lino azul marino y una bufanda de seda al cuello.

Elena frunció el ceño. Reconoció el rostro de inmediato: era Gabriel Santoro, una de las figuras más cotizadas de la crítica gastronómica independiente en Europa y antiguo compañero de formación de Elena durante su estancia en la academia culinaria de Lyon.

—Jack, disculpa la interrupción tan temprana —dijo Mateo, manteniendo una distancia profesional—, pero Gabriel acaba de aterrizar de París y pidió pasar directamente antes de la conferencia de prensa de esta tarde.

Gabriel dio un paso al frente con una sonrisa cálida que iluminó su rostro atractivo.

—Elena... mon dieu, no puedo creerlo —exclamó Gabriel en un español fluido con un leve acento francés, ignorando por completo la presencia dominante de Jack mientras caminaba directo hacia la chef.




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