Pacto de Cenizas

Capítulo 13: Fuego en el frente de batalla

El ambiente en la cocina de Cenizas era sofocante, dominado por el estruendo de los extractores a máxima potencia y el crepitar de las brasas de madera de olivo en el horno central. Eran las tres de la tarde y la prueba de fuegos —la simulación real del servicio a contrarreloj frente al equipo de auditoría de Jack— estaba en su punto de máxima ebullición.

Elena, con la chaquetilla blanca arremangada hasta los codos y el cabello recogido en un moño firme, se movía entre las estaciones de trabajo con la velocidad y precisión de un cirujano.

—¡Tres minutos para la mesa cuatro! —gritó Elena, haciendo sonar la campana de acero del pase con un golpe seco—. Sofi, esa reducción de vino tinto necesita dos grados más de densidad o se va a cortar sobre la carne. ¡Vamos, rápido!

A dos metros de la barra, apoyado contra la columna de hormigón visto del salón, Jack observaba la escena en un silencio imponente. Vestía pantalón oscuro y una camisa azul noche de cuello abierto, sin corbata, pero con una postura que transmitía un control absoluto. Sus ojos grises no perdían un solo detalle de los movimientos de Elena: la forma en que sus hombros se tensaban al emplatar, el brillo tenue de sudor que le recorría el cuello o la autoridad salvaje con la que dominaba a su brigada.

Elena sintió la mirada de Jack clavada en su espalda como una quemadura física. Giró sobre sus talones, sosteniendo un plato de prueba con el cordero en costra de hierbas, y caminó directamente hacia él.

—Si viniste a hacer de estatua de mármol, Jack, estás tapando el paso de los camareros —dijo ella con la respiración ligeramente agitada, sosteniendo el plato a la altura de su pecho.

Jack no se movió un solo milímetro. La miró desde su altura, deslizándose con lentitud por la línea de su cuello antes de fijar sus ojos en los de ella.

—Vine a verificar si tu famosa disciplina aguanta la presión de un servicio real, chef —respondió con una voz grave, baja y rasposa—. Y hasta ahora veo que estás dudando en el tiempo de sellado del cordero. Le faltan quince segundos de reposo en la tabla antes del corte.

Elena soltó una risa irónica, dando un paso al frente hasta que el borde de su delantal rozó el pantalón de vestir de Jack.

—¿Ahora también te crees maestro parrillero? —provocó Elena, alzando la barbilla—. Esta es mi cocina, Jack. Yo decido cuándo la fibra de la carne ha soltado el jugo exacto. Pruébalo si tienes el valor de llevarme la contraria con el paladar y no con tus números corporativos.

Sin cortar el contacto visual, Jack estiró la mano, tomó el tenedor de degustación de la bandeja de Elena, cortó un pequeño trozo de cordero y se lo llevó a la boca. Saboreó el bocado despacio, manteniendo una expresión indescifrable mientras Elena sostenía el aliento, esperando una réplica punzante.

De pronto, la expresión de Jack cambió. Un ligero fruncimiento en su ceño encendió la alarma en Elena.

—Falta sal marina en la costra —dictaminó Jack en tono tajante—. Y el aceite de la marinada no es el de la finca del sur que aprobamos la semana pasada. Tiene un retrogusto amargo, casi vegetal en exceso.

Elena agarró el tenedor de las manos de Jack, rozando deliberadamente sus dedos con los de él, y probó ella misma la preparación. Al instante, sus ojos se abrieron de golpe. El perfil aromático del aceite estaba alterado; no era el varietal suave de olivo picual de exportación, sino una mezcla barata procesada con aditivos sintéticos.

—¿Qué demonios...? —murmuró Elena, dirigiéndose bruscamente a la zona de almacén privado.

Jack la siguió a pasos largos. Entraron al depósito de insumos finos, un espacio reducido de paredes de acero pulido y estanterías metálicas. Elena fue directo al contenedor de vidrio de cincuenta litros del aceite de oliva virgen extra. Retiró la tapa y acercó el rostro: el sello de lacra del productor artesanal de la provincia había sido vulnerado con un corte fino de bisturí por la parte trasera del tapón.

—Es otra vez él —dijo Elena, apretando los puños con rabia pura, sintiendo que la sangre le hervía en las sienes—. Marcos saboteó el suministro principal de la reserva de aceite. Si sacamos el menú con esto, la acidez va a arruinar el sabor de las reducciones y la cocción a baja temperatura.

—No va a arruinar nada —la voz de Jack resonó a su espalda, extrañamente serena pero cargada de un peligro contenido.

Jack avanzó hasta quedar a centímetros de ella dentro del estrecho almacén. Cerró la puerta de acero con un golpe seco deteniendo el ruido exterior de la cocina. El espacio se volvió diminuto, confuso y saturado por el calor de sus cuerpos y el aroma del aceite y la madera.

—Mateo me advirtió hace una hora que uno de los camiones de la cooperativa local de olivares había sufrido una retención sospechosa en el control del puente de acceso a la ciudad —dijo Jack, acorralando a Elena contra la estantería de acero, apoyando una mano a cada lado de su cintura.

Elena contuvo el aliento. La proximidad de Jack era sofocante. Podía sentir el calor de su torso atravesando su chaquetilla, la presión firme de su muslo entre sus piernas y la mirada gris del magnate clavada en sus labios con una necesidad desbocada.

—¿Y por qué no me lo dijiste antes? —susurró ella, aunque su voz carecía de firmeza, perdiéndose en la aceleración brusca de su pulso.




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