Pacto de Cenizas

Capítulo 15: La piel de la tormenta

El estruendo del trueno sacudió las vigas de madera de la casona principal de la finca, haciendo vibrar los cristales altos de la sala de estar. Con la ruta cortada por el desprendimiento del puente y las líneas eléctricas caídas en toda la zona rural, el antiguo caserón de los olivares había quedado sumido en una penumbra densa, iluminada únicamente por el fuego encendido en la gran chimenea de piedra y un puñado de velas dispuestas sobre la mesa de roble.

Mateo y los dos hombres del equipo de seguridad habían establecido la guardia en la entrada del galpón para custodiar el camión recuperado. Jack y Elena, en cambio, habían quedado aislados en la vivienda principal, envueltos por el rugido incesante de la lluvia y el azote del viento contra los postigos.

Elena estaba sentada en el borde de un amplio sofá de cuero gastado, sosteniendo un paño limpio impregnado en alcohol y antiséptico. Había dejado su chaquetilla de chef sobre una silla y vestía solo una camiseta negra de tirantes que dejaba al descubierto sus hombros y el brillo tenue de su piel.

A su lado, Jack permanecía sentado con el torso desnudo, la camisa azul arrojada a un lado. El resplandor rojizo del fuego moldeaba el relieve de sus espaldas anchas, la firmeza de su pecho y el marcado rasguño que cruzaba su pómulo derecho.

—No te muevas —instó Elena con voz baja pero firme, acercando el paño a la herida de su rostro.

—No me estoy moviendo, Elena —respondió Jack en un registro grave, su aliento cálido rozando la muñeca de la chef. Sus ojos grises no se apartaban ni un segundo de las facciones de ella.

Cuando la compresa tocó el corte, Jack apretó la mandíbula con un leve chasquido, pero no se retiró un solo milímetro. La cercanía era sofocante; Elena podía sentir el calor abrasador que emanaba del cuerpo del magnate, el aroma a lluvia, madera picante y la sombra de una fijación que no hacía más que crecer desde la escena del galpón.

—Eres un imprudente —murmuró Elena, deslizando el paño con una delicadeza que contradecía la dureza de sus palabras—. Esos hombres de Marcos venían preparados para cualquier cosa. Si esa barra de hierro te hubiera alcanzado la sien...

—Pero no lo hizo —interrumpió Jack, levantando la mano izquierda para atrapar los dedos de Elena con lentitud, deteniendo el movimiento de la compresa sobre su mejilla. Su agarre no era violento, pero sí de una firmeza posesiva que le aceleró el pulso a la joven—. Y no lo hizo porque estabas ahí. Me cubriste la espalda, chef.

Elena tragó saliva, sintiendo que la garganta se le secaba.

—Lo hice por el aceite. Por el restaurante.

Jack soltó una risa amarga y corta, una vibración baja que resonó en su pecho desnudo.

—Mientes. Te aterroriza admitir que te importa lo que me pase, de la misma forma en que a mí me vuelve loco no tener el control absoluto de lo que sientes.

—Tú nunca has tenido el control de lo que siento, Jack —retó ella, intentando sostenerle la mirada, aunque la fricción de sus cuerpos y la electricidad de la noche hacían que sus defensas se volvieran de papel—. Desde el primer día creíste que podrías comprar mi talento y mi vida con un contrato de seis meses, con cláusulas y con protección corporativa. Pero esto... esto no estaba en tu borrador de negocios.

—No —admitió Jack con una honestidad desarmante, acercándose unos centímetros más hasta que su rodilla presionó el muslo de ella—. El contrato era simple: proteger tu cocina, aplastar a Marcos y mantener una imagen impecable para la prensa. Pero no preví la forma en que me miras cuando tienes rabia. Ni la rabia que siento cuando un tipo como el francés te toca el brazo como si tuviera derecho a reclamar un solo segundo de tu pasado.

Elena ahogó un suspiro.

—Gabriel es un recuerdo de Lyon, Jack. Nada más.

—Para él no lo era —la mano de Jack subió por el brazo de Elena, sus dedos dejando un rastro de fuego sobre la piel desnuda hasta aferrar su nuca, inclinando su rostro hacia arriba—. Y me costó cada gramo de autocontrol no sacarlo a patadas de mi edificio esta mañana. Si eso me convierte en un salvaje ante tus ojos, me da exactamente igual.

El pulso de Elena golpeaba con fuerza contra su cuello. La mezcla de celos explícitos, vulnerabilidad y el deseo bruto que emanaba de Jack la dejó al borde del colapso.

—Estás acostumbrado a que el mundo se rinda ante ti —susurró ella, sus labios a milímetros de la boca de él.

—Quiero que tú te rindas —corrigió Jack con voz ronca, deslizándose hasta rozar la comisura de sus labios—. Solo tú.

Antes de que Elena pudiera articular respuesta, un golpe seco y metálico retumbó afuera, en la zona posterior de la casona, seguido por el sonido cristalino de un ventanal al romperse en la cocina de servicio.

Jack se erguí al instante. El calor del momento se convirtió en pura alerta táctica. Elena se puso de pie de un salto, recogiendo un pesado candelabro de bronce de la mesa baja mientras Jack avanzaba a pasos sigilosos hacia el pasillo en penumbras que conducía a la parte trasera.

—Quédate detrás de mí —ordenó Jack en un susurro áspero.

—Ni lo sueñes —respondió ella, pegándose a su espalda.

Al cruzar el arco de madera hacia la cocina de la casona, la luz de un relámpago iluminó la silueta de un hombre encapuchado que intentaba forzar la puerta interna que daba al garaje, donde se guardaban los bidones de reserva del aceite artesanal. Marcos no se había rendido con la derrota en el galpón; sus matones habían aprovechado la tormenta para intentar inutilizar el remanente en la casa.




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