Pacto de Cenizas

Capítulo 18: La víspera del fuego

Las luces del comedor de Cenizas permanecían atenuadas al mínimo, proyectando una penumbra cálida sobre la madera oscura de los paneles y la superficie pulida del mármol de la barra. Faltaban apenas veinticuatro horas para la inauguración oficial y el aire del restaurante olía a cera fresca, lino nuevo, vapor de hierbas aromáticas y a esa tensión invisible pero palpable que precede a los grandes acontecimientos.

​En la cocina, la brigada de producción trabajaba bajo un silencio casi sagrado. Sofi revisaba con lupa el etiquetado de las reducciones en la cámara frigorífica, mientras dos de los subchefs limpiaban metódicamente los cuchillos de acero damasceno.

​Elena estaba de pie junto al pase, vistiendo una chaquetilla blanca limpia, sin una sola arruga. Sostenía la libreta de cuero donde mantenía anotados los tiempos exactos de cada plato del menú degustación de doce pasos. Aunque el frente judicial contra Marcos estaba resuelto tras el escándalo mediático de la rueda de prensa, el peso de la responsabilidad gastronómica descansaba entero sobre sus hombros. La ciudad entera —y la industria culinaria del continente— estaría observando cada bocado que saliera de esa barra.

​Escuchó el sonido seco de unos pasos sobre la madera del pasillo privado y no tuvo necesidad de girarse para saber quién era. El aroma a cedro, café recién molido y esa presencia abrumadora que parecía alterar la presión de la sala lo precedían siempre.

​Jack se detuvo a medio metro de ella, apoyando una mano sobre la mesa de acero quirúrgico. Vestía pantalones oscuros y una camisa blanca de cuello abierto, sin la corbata corporativa que solía llevar en las oficinas del centro. Sus ojos grises, agudos y atentas a cada movimiento de la chef, se posaron en las manos ligeramente temblorosas de Elena.

​—Tu gente tiene todo bajo control, Elena —dijo Jack en voz baja, con ese registro grave y rasposo que le provocaba a ella un escalofrío involuntario.

​Elena soltó un suspiro largo, cerrando la libreta de notas antes de mirarlo de frente.

—El control en una cocina es una ilusión, Jack. Un grado más en la temperatura del horno o diez segundos de exceso en la emulsión pueden arruinar tres semanas de trabajo. Mañana no vendrán inversores a los que puedas impresionar con un contrato; vendrán paladares que no aceptan excusas.

​Jack dio un paso más, acortando la distancia hasta que su brazo rozó la manga de la chaquetilla de ella. Sin pedir permiso, estiró los dedos y le quitó la lapicera de la mano, dejándola sobre la barra antes de tomar los dedos fríos de Elena entre los suyos.

​—Nadie en esa sala va a pedir excusas, chef —dijo él, envolviendo las manos de la joven con una firmeza cálida que le devolvió el centro de inmediato—. He visto a los mejores ejecutivos de este país temblar antes de una fusión millonaria, pero nunca he visto la determinación que tú pones en cada plato. Si algo sale mal mañana, no será por tu talento.

​Elena sostuvo su mirada. La frialdad de las primeras semanas, cuando entre ellos solo existía la distancia helada de los abogados y la desconfianza mutua, parecía ahora un recuerdo borroso. Se descubrió apretando los dedos de Jack en respuesta, buscando esa solidez que el magnate le transmitía sin necesidad de discursos.

​—Estás empezando a hablar como un verdadero socio de restaurante —comentó ella con una pizca de ironía, aunque sus ojos reflejaban una dulzura nueva.

​—Estoy hablando como un hombre que se niega a dejarte caer —corrigió Jack con voz profunda, inclinándose ligeramente hasta que su aliento le rozó la frente—. Y que está ansioso por sacarte de esta cocina dos horas para que puedas descansar.

​A las diez de la noche, Jack ordenó el cierre de la cocina por esa jornada, despachando a la brigada a sus casas para asegurar que todos llegaran frescos al día siguiente.

​Subieron juntos en el ascensor privado hacia el penthouse. En la cabina de bronce, el silencio ya no era tenso ni cargado de reproches. Jack permaneció al lado de Elena, manteniendo su mano apoyada con firmeza posesiva en la parte baja de su espalda. El toque, suave pero constante, le recordaba a la chef la noche en la finca de los olivares, la forma en que sus cuerpos se habían encontrado sin barreras y la manera en que el deseo entre los dos había mutado en algo mucho más peligroso: afecto real.

​Al ingresar al salón del penthouse, la ciudad se desplegaba abajo como un manto de luces titilantes bajo la noche despejada. Elena caminó descalza hacia los ventanales de piso a techo, soltándose el cabello de la coleta y dejándolo caer sobre sus hombros.

​Jack sirvió dos copas de agua mineral con hielo y limón, acercándose por detrás para entregarle una a Elena. En lugar de mantener la distancia, se pegó a la espalda de ella, rodeando su cintura con un brazo y apoyando la barbilla en su hombro.

Elena no se apartó. Se recostó contra el torso firme de Jack, sintiendo la respiración acompasada del hombre que hasta hace un mes consideraba su mayor amenaza.

​—Aún me cuesta entender esto —susurró Elena, mirando el reflejo de ambos en el cristal.

​—¿El restaurante o nosotros? —preguntó Jack al oído, sus labios rozando la piel sensible de su cuello.

​—Nosotros —admitió ella con una vulnerabilidad sincera—. Pasamos meses odiándonos, buscándonos los defectos, asumiendo que cada gesto del otro tenía una segunda intención detrás. Pensé que eres un hombre sin escrúpulos que solo buscaba usar mi nombre.




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