El cielo de París a finales de noviembre era un manto continuo de nubes plomizas que descargaban una llovizna helada sobre los bulevares. Desde el gran ventanal del hotel de cinco estrellas en la Place Vendôme, Elena contemplaba los tejados de pizarra y la silueta distante de la Torre Eiffel recortándose contra la bruma.
Hacía tres días que había desembarcado en la capital francesa invitada por la Académie Culinaire de France y la firma L'Étoile de Paris. La experiencia estaba siendo un torbellino de recepciones formales, visitas guiadas a las obras del monumental complejo gastronómico en la Avenue Montaigne y cenas privadas en palacetes donde la aristocracia y los fondos de inversión europea la trataban como a la nueva joya de la corona de la alta cocina mundial.
Sin embargo, a pesar del lujo abrumador, Elena nunca se había sentido más sola.
Dejó la taza de café sobre la mesa de centro y miró su teléfono. Eran las cuatro de la tarde en París, las doce de la noche en Buenos Aires. No había recibido ningún mensaje de Jack desde su llegada. La despedida en el aeropuerto de Ezeiza había sido de una frialdad glacial: un apretón de manos formal frente a los fotógrafos, un beso distante en la mejilla y un "haz lo que tengas que hacer, Elena" pronunciado con esa voz neutra que el magnate reservaba para sus competidores más encarnizados.
Elena suspiró, pasándose las manos por el rostro. La distancia geográfica solo había acentuado la brecha emocional. En París todo era perfecto, pulcro, excesivamente calculado. El equipo de arquitectos y desarrolladores franceses le presentaba maquetas digitales donde la cocina parecía un laboratorio aeroespacial, despojada de todo rastro de madera, fuego directo o la imperfección orgánica que le daba alma a Cenizas.
El sonido del timbre de la suite la sacó de sus pensamientos. Al abrir la puerta, se encontró con Jean-Luc Moreau, el veterano y refinado presidente del conglomerado L'Étoile. Visto con un impecable traje de corte a medida y un abrigo de lana de vicuña, el francés le sonrió con una cortesía ensayada.
—Chérie, lamento interrumpir tu descanso —dijo Moreau en un español fluido con acento galo, entrando a la estancia tras un gesto de invitación de Elena—. Pero la junta ejecutiva necesita revisar el borrador definitivo del contrato antes de la gala de mañana por la noche en el Palacio de Versalles. Queremos anunciar tu fichaje oficial ante la prensa internacional.
Elena le indicó que tomara asiento, sirviéndole una taza de té.
—Monsieur Moreau, he estado revisando las cláusulas de autonomía creativa que me enviaron ayer. Hay puntos que me preocupan. La exigencia de utilizar exclusivamente proveedores certificados por el grupo en Francia limita severamente mi capacidad para importar productos autóctonos de Sudamérica, como el aceite de oliva de pequeños productores de mi región o la ceniza de madera seleccionada.
Moreau dejó escapar una risita condescendiente, dando un sorbo al té.
—Elena, por favor. Estás en la capital mundial de la gastronomía. Los paladares que vendrán a la Avenue Montaigne buscan el refinamiento de la mantequilla de Normandía y las trufas del Perigord. No puedes pretender cocinar con la rusticidad del sur en el templo de la elegancia europea. Tu toque será el concepto, la firma en el menú, pero la estructura debe adaptarse a los estándares del grupo.
—Mi "rusticidad", como usted la llama, es la razón por la que gané tres estrellas en Cenizas y por la que ustedes me trajeron en un avión privado a París —respondió Elena con la voz firme y la mirada encendida.
—La razón por la que estás aquí, ma chère, es porque eres un fenómeno mediático brillante con un talento colosal —corrigió Moreau, reclinándose en el sillón y mirándola con ojos de comerciante experimentado—. Te estamos ofreciendo un presupuesto de cincuenta millones de euros, una casa en el distrito VIII y la inmortalidad culinaria. Ningún chef en su sano juicio rechazaría este contrato por una discusión sobre madera u olivas. Firmarás mañana antes de la gala. Todo está preparado.
Cuando Moreau se retiró de la suite, Elena se quedó de pie en mitad del salón, sintiendo que las paredes de oro y terciopelo se cerraban sobre ella. Se dio cuenta de la trampa: en París no buscaban a la chef Elena con su fuego y sus raíces; buscaban una marca sumisa a la que moldear para las corporaciones europeas.
Caminó hacia la cama, tomó el teléfono y marcó el número privado de Jack. El tono de llamada resonó cinco veces antes de que la casilla de correo saltara automáticamente. Elena cerró los ojos, sintiendo un nudo de angustia que amenazaba con ahogarla.
—Necesito que estés aquí... —susurró para sí misma en la penumbra de la habitación de hotel, sabiendo que el único hombre capaz de entender esa batalla estaba al otro lado del océano, atrincherado en su propio orgullo.
En Buenos Aires, la madrugada encontraba a Jack en su despacho del piso cuarenta y dos de Vanguard Capital. Las luces de la ciudad se extendían bajo el ventanal, pero el magnate no les prestaba atención. En la pantalla de su ordenador descansaba un informe detallado sobre las acciones de la firma L'Étoile de Paris.
Jack tenía el vaso de whisky en la mano, los botones superiores de la camisa desabrochados y las arrugas de tensión marcadas alrededor de sus ojos grises. Sobre el escritorio de caoba, su teléfono móvil personal mostraba la llamada perdida de Elena.