Pacto de Cenizas

Capítulo 25: El fuego de Versalles

El Palacio de Versalles vestía sus mejores galas para la recepción bianual de la Académie Culinaire de France. Lámparas de araña de cristal iluminaban la Galería de los Espejos, proyectando destellos dorados sobre más de quinientos invitados vestidos con riguroso esmoquin y vestidos de alta costura.

​Elena caminaba por el salón luciendo un vestido de seda negra de corte recto con la espalda al descubierto, que realzaba la palidez de su piel y la elegancia austera de su figura. A su lado, Jean-Luc Moreau la presentaba ante ministros, embajadores y críticos como la nueva adquisición estrella de la gastronomía parisina.

​—En unos minutos pasaremos a la sala de prensa para la firma del protocolo previo —le murmuró Moreau al oído, sosteniendo dos copas de champán—. Los fotógrafos ya están acomodados. Es tu momento, Elena.

​Elena mantenía una sonrisa rígida en los labios, pero su corazón latía con fuerza descontrolada. Tenía la pluma estilográfica que el grupo le había regalado en el bolsillo, pero cada fibra de su cuerpo se rebelaba contra la idea de vender su independencia.

​De pronto, un murmullo sordo comenzó a extenderse desde la entrada principal de la Galería de los Espejos. Los invitados abrieron paso a una figura imponente que avanzaba a pasos firmes entre la multitud, ignorando las miradas de sorpresa y los murmullos del protocolo francés.

​Jack vestía un esmoquin negro de solapa de satén impecable. Su porte de líder absoluto, el mentón alzado y la mirada de acero de sus ojos grises cortaban la atmósfera sofisticada del palacio como un filo de cuchillo. No parecía un invitado más; parecía el dueño del lugar.

​Elena ahogó un grito, llevándose la mano al pecho al verlo avanzar directamente hacia ella. La emoción y el alivio la paralizaron por completo.

​—¿Qué significa esta intromisión? —intervino Moreau, dando un paso al frente con enojo al reconocer al magnate sudamericano—. Este es un evento privado de la Académie, señor Jack. No está invitado.

​Jack ni siquiera se molestó en mirar al francés. Sus ojos se fijaron de forma exclusiva en Elena, recorriendo su figura con una intensidad abrasadora que hizo que a la chef se le erizara la piel de los brazos.

​—Vine a buscar a mi socia —dijo Jack con una voz grave, baja y cargada de una autoridad aplastante que resonó en el salón.

​—Elena está a punto de firmar un acuerdo histórico con el grupo L'Étoile —protestó Moreau levantando la voz—. No tiene ningún derecho a interferir en sus decisiones profesionales.

​Jack desvió finalmente la mirada hacia Moreau, dedicándole una sonrisa helada y carente de toda piedad.

​—Tengo todo el derecho cuando una firma en bancarrota intenta utilizar el nombre de la mujer que amo para encubrir un fraude de liquidez en el golfo Pérsico —afirmó Jack con voz alta, lo suficiente para que los periodistas y críticos cercanos escucharan cada palabra.

​Un murmullo de estupor recorrió la sala. Moreau se puso pálido como la cera, dando un paso atrás.

​—¡Eso es una difamación absurda! —exclamó el francés con la voz quebrada.

​Jack sacó una carpeta de piel del interior de su saco y se la arrojó al pecho a Moreau.

—Ahí tienes la auditoría forense realizada esta tarde por Vanguard Capital. Si mañana a primera hora no retiran la propuesta de contrato de exclusividad sobre la marca de Elena, la prensa financiera de Londres y Nueva York tendrá una copia de tus balances reales antes del cierre de los mercados.

​Moreau apretó la carpeta contra su cuerpo, temblando de rabia e impotencia, incapaz de articular una sola palabra de réplica ante las pruebas irrefutables.

​Jack no esperó más. Avanzó hasta quedar a centímetros de Elena. Sin importarle las cámaras de los fotógrafos que comenzaban a destellar ni el murmullo atónito de la alta sociedad parisina, le tomó la mano con firmeza, entrelazando sus dedos con los de ella.

​—¿Tienes ganas de firmar algo en este palacio, chef? —preguntó él con una ternura repentina que le suavizó la mirada.

​Elena sintió que las lágrimas de felicidad se agolpaban en sus ojos. Sonrió con la boca abierta, soltando una carcajada limpia que resonó en la bóveda de Versalles.

​—No tengo nada que firmar aquí, Jack —respondió ella, apretando su mano con toda la fuerza de su ser—. Llévame a casa.

​Jack sonrió con esa mueca indomable, la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí para besarla profundamente en la boca, frente a todo el estamento gastronómico de Europa, sellando la victoria absoluta de su amor sobre cualquier imperio corporativo.

​A las dos de la madrugada, la suite del hotel en la Place Vendôme era un escenario de pasión desatada. El vestido de seda negra yacía abandonado en el suelo del salón junto al esmoquin de Jack y las corbatas tiradas sin cuidado.

​En la gran cama matrimonial, iluminada únicamente por el resplandor de la luna parisina que entraba por el ventanal, los dos cuerpos se buscaban con una necesidad salvaje, acumulada tras los días de distancia y la incertidumbre.

​Jack estaba sobre ella, desnudo, con los músculos de la espalda marcados por el esfuerzo, sujetándole los muslos abiertos para clavarse en su interior con embestidas profundas, potentes y rítmicas que hacían temblar el cabezal de la cama.




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