El estruendo furioso de Manhattan, con sus sirenas distantes, el parpadeo incesante de las pantallas LED de Times Square y el murmullo corporativo que nunca dormía, quedó sepultado a casi tres mil metros de altura. Tras la vorágine de la inauguración de Cenizas New York y la consagración definitiva del imperio culinario frente a la élite financiera y gastronómica internacional, el agotamiento físico y mental había comenzado a pasar una factura silenciosa pero implacable.
Jack observó a Elena a través de la ventanilla del jet privado de Vanguard Capital. Ella dormía profundamente, abrazada a un tapado de visón, con la cabeza apoyada contra el marco de cuero de la cabina. Tenía el rostro relajado, libre por fin de la tensión de las comandas, del humo de las brasas y del escrutinio de la prensa. Incluso en el sueño, las sutiles quemaduras de salpicaduras de aceite en sus antebrazos y las marcas de las jornadas extenuantes contaban la historia de una mujer que jamás se había dejado doblar por las exigencias del mundo.
Cuando el avión descendió sobre la pista privada de El Calafate, el paisaje que los recibió era la definición misma de la inmensidad. El aire patagónico, helado, puro y cargado con el perfume resinoso del calafate y la estepa, les golpeó el rostro al abrir la escotilla. No había fotógrafos, no había asistentes con carpetas confidenciales, ni chóferes en esmoquin. Únicamente una camioneta 4x4 modificada, lista sobre el asfalto, y el silencio sobrecogedor de las cordilleras coronadas de nieve eterna.
—¿A dónde vamos, Jack? —preguntó Elena, ajustándose una bufanda de lana cruda mientras el vehículo se adentraba por un camino desolado de ripio y tierra rojiza, bordeando las aguas turquesas del Lago Argentino.
Jack mantenía las manos firmes en el volante, vistiendo un suéter grueso de lana oscura y una campera técnica de montaña, despojado de toda la armadura corporativa que solía llevar en Wall Street o Puerto Madero.
—A un lugar donde el dinero no sirve para nada, las señales de teléfono no llegan y el tiempo no tiene prisa —respondió con una sonrisa franca y una calidez en los ojos grises que raramente mostraba al resto del mundo—. Un regalo para los dos.
Tras dos horas de viaje hacia el corazón de una estancia privada rodeada por bosques de lengas añosas y picos de granito que cortaban el cielo como colmillos de cristal, la propiedad apareció en el horizonte. Era una construcción imponente de piedra volcánica, madera de muela recuperada y ventanales blindados integrados orgánicamente en la ladera de la montaña. Un hilo de humo blanco y denso ascendía lentamente desde la chimenea principal, prometiendo el cobijo de un fuego encendido.
Al bajar del vehículo, la inmensidad del silencio patagónico dejó a Elena helada en el lugar. El viento helado rozaba las copas de los árboles, haciendo crujir las ramas en una melodía ancestral.
—Es... sobrecogedor —murmuró ella, sintiendo cómo sus pulmones se purificaban con cada respiración.
—Esta estancia perteneció a una familia de pioneros galeses a principios del siglo pasado —explicó Jack, colocándose detrás de ella y envolviendo su cintura con sus brazos para transmitirle su calor corporal—. La adquirí hace tres años cuando sentí que la presión del fondo de inversión me estaba ahogando por completo. Nunca traje a nadie aquí, Elena. Ni a socios, ni a amigos, ni a nadie de mi vida anterior. Este lugar siempre esperó por la persona adecuada.
Elena giró la cabeza para mirarlo. En la soledad de la Patagonia, Jack no era el magnate implacable de Vanguard Capital; era simplemente el hombre que la amaba con una devoción absoluta, desprotegido de sus títulos y de su poder.
Entraron a la cabaña principal. El interior era una obra de arte de la arquitectura rústica de alta gama: suelos de guatambú cepillado a mano, pieles sintéticas de extrema suavidad cubriendo amplios sillones de cuero gastado, una cocina rústica equipada con una cocina de hierro fundido a leña y una chimenea monumental de piedra donde las brasas rugían con fuerza.
—No hay personal de servicio, Elena —dijo Jack, quitándose la campera y dejando la llave sobre la mesa de entrada—. Durante los próximos cuatro días, solo existimos tú y yo. Sin menús de degustación, sin balances financieros, sin intrigas de pasillo.
—Eso significa que voy a tener que cocinar para ti sin una brigada de doce cocineros haciéndome la mise en place —bromeó ella, aunque sus ojos brillaban con un deleite infantil.
—Eso significa que hoy voy a cocinar yo para ti —corrigió Jack con voz firme, atrayéndola suavemente hacia su cuerpo—. Tú solo vas a sentarte, vas a beber vino y vas a dejar que te cuide.
Durante el resto de la tarde, el mundo exterior desapareció. Jack, con una torpeza entrañable pero una dedicación absoluta, preparó un cordero patagónico al asador en el foso exterior de la cabaña, siguiendo al pie de la letra las instrucciones minuciosas que Elena le daba desde la galería, acurrucada en una manta con una copa de Pinot Noir de bodega boutique. La escena tenía una belleza casi irreal: el hombre más poderoso de la finanzas de la región, con las manos manchadas de sal parrillera y carbón, escuchando con atención humilde a la mujer que había conquistado su alma.
Cuando la noche cayó sobre la cordillera, la temperatura descendió bruscamente bajo cero. Las estrellas bordaron el cielo patagónico con una nitidez casi mágica, reflejándose sobre la superficie congelada del lago.