Cuando estás en un monoplaza de F1 no piensas en nada. Solo existen dos cosas: ganar y ser libre. La velocidad te envuelve, te eleva, te hace sentir que puedes volar. Y por un instante, en medio del rugido del motor y el viento golpeando el casco, sientes que eres capaz de lograr absolutamente todo lo que te propongas.
Ese sentimiento fue el que hizo que amara la Fórmula 1, el sentimiento de volar, de ser libre, de ser yo. De decidir qué hacer con mi vida. De por fin elegir ser alguien que en verdad quiero, no una versión retorcida de mi padre. Correr me hacía sentir que lo hacía por mí, no por cumplir los sueños frustrados de mi padre. Al principio funcionó: a mi padre no le gustaban los autos de carreras, pero empecé a mejorar, empecé a pilotar como las grandes promesas, y aquel 5 de marzo fue cuando lo vi, el signo de dólar en los ojos de mi padre. Ese día entendí que nunca iba a salir de la codicia de James.
Por eso corro, por 3 segundos de libertad que genero cuando salgo de la vuelta rápida; en esos 3 segundos no está mi padre gritándome por más puntos, no está la escudería presionándome por mejores resultados, no está la prensa preguntándome por mis inversores. Solo estoy yo, escuchando mi respiración y mi mente diciéndome que todo está bien.
Claramente, nada está bien.