—Yas, viene para acá —susurra Ana mirando al ¿cielo?, como si eso nos hiciera pasar desapercibidas.
—Vámonos, apresúrate —digo en mi nulo intento de escape.
—Muy tarde, Yasmin —escucho detrás de mí—. No estoy seguro de si debería ofenderme por el hecho de que intentes irte.
Dice cruzando los brazos.
—No intentaba irse, solo seguíamos a la multitud —responde Ana a mi lado.
—No ayudas —le susurro.
Ella rueda los ojos y Aiden sonríe.
—Vi que estabas tomando fotos, ¿las puedo ver? —pregunta.
—Claro.
Saco mi cámara del bolso y la enciendo. Aiden da unos pasos y se coloca a un lado mío.
—Mira esta —digo, pasando la foto.
Aiden se inclina para ver mejor y, al acomodar el lente, sus dedos rozan los míos sin querer. Es apenas un segundo, pero suficiente para que se me olvide respirar. Retiro la mano rápido, como si no hubiera pasado nada... aunque claramente pasó.
—Es... —carraspeo—. Es de cuando estabas en el podio.
No responde nada. Su mirada está clavada en la cámara.
—¿Estás bien?
—Sí. A alguien le encantarán estas fotos. Sígueme.
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La fotografía no es exactamente algo a lo que me dedique profesionalmente. Solo es un hobby que adopté por mi abuelo, nada más. No hay carrera, no hay portafolio, solo yo y mi amor por capturar momentos. Por esa justa razón no puedo aceptar esto.
—Señora Ashford, no soy profesional. No puedo aceptar su oferta. Me halaga que le gusten mis fotos, pero...
—Pero nada, señorita Costa —me interrumpe—. Me gusta su arte, sea profesional o no. Me gusta su visión y me temo que es exactamente el tipo de visión que quiero para mi marca.
Stephanie Ashford es heredera del imperio de autos de lujo Ashford. Se casó con Ronald Márquez, quien la convenció de crear una escudería en el mundo de las carreras, o sea, la Fórmula 1. Obviamente, una persona billonaria como Stephanie no tiene solo el negocio familiar: tiene muchos otros, como este para el que me quiere contratar.
Tiene su propia marca de ropa, para esas personas que se visten como si supieran del deporte y van cada fin de semana a ver una carrera como si fuera tan cotidiano como quitarse los zapatos. Sorpresa: no lo saben. Ni siquiera ven las carreras. Pretenden que sí mientras se toman una champaña en su área VIP.
—Quiero hacer un cambio en mi marca —desliza un portafolio por la mesa—. Quiero que cuando la gente escuche el nombre Ashford Designs piense en la Fórmula 1. Y para eso voy a asistir a todas las carreras llevando mi ropa, y tú serás la fotógrafa.
—¿Pero por qué yo? —pregunto confundida mientras hojeo el portafolio.
—Porque eres fan del deporte, conoces la esencia de esto y puedes traspasarla a las fotos. Será una forma de explorar tu arte. Además, irás a todas las carreras con este equipo.
Manipulación en su máxima expresión. No puedo creer que haga esto.
—Acepto la oportunidad, gracias.
—Excelente. Mi equipo se contactará contigo —dice tecleando en su teléfono antes de salir por la puerta principal.
Lo admito: me dejé llevar porque estaré en todas las carreras. ¿Cuándo tienes una oportunidad así? No la voy a desaprovechar.
Camino hacia la puerta principal para buscar a Ana y contarle cuando, de la nada, aparece Aiden y mi rostro queda literalmente contra su pecho. Mi equilibrio me traiciona.
—Esta vez no dejaré que te caigas —dice entre risas, sosteniéndome por los brazos.
El calor sube hasta mis mejillas. Lo tengo a centímetros y sus manos se deslizan lentamente hasta llegar a mis muñecas.
—No me caí esta vez.
—No, no lo hiciste —susurra, con su mirada clavada en la mía.
Su agarre se afloja y se frota los ojos murmurando algo que no entendí.
—Yo... voy a buscar a mi prima. Te veo luego.
—No, espera —alcanza mi mano y me detiene—. ¿Quieres ir a cenar conmigo? Tengo una reservación, pero no con quién ir.
—¿Cómo es que haces una reservación sin acompañante?
—No las hago, me las dan. No pensaba ir, pero hace unos minutos estabas en mi mente y quise mantener esa reservación en pie.
¿Mi mente está jugando conmigo o Aiden Maxwell acaba de decir que estaba en su mente?