Paddock a toda velocidad

Capitulo 6

—¿Una cena, Yasmin, de verdad?

—Ana, a este punto ni yo sé qué está pasando.

—¿Será que le gustaste? —replica Ana desde la cama.

—Ok, ya te pasaste. ¿Cuál te gusta más? —pregunto sosteniendo dos vestidos, uno verde y otro amarillo.

—El verde. Y no me cambies el tema.

—Lo que dices no es cierto, me conoce hace tres días.

—No lo digo de manera romántica, lo digo de manera física. Le gustaste físicamente, por eso siempre aparece por ahí.

—Sé que soy bonita, pero no creo que llegue a eso.

—Como quieras, pero no digas que no te avisé —responde con los brazos en alto.

Quería rechazar, pero ¿cuándo tienes la oportunidad de cenar con un piloto de Fórmula 1? Sobre todo si es al que más apoyas y sigues.

El reloj en la pared marca las 6:38, lo que indica que voy deliberadamente tarde. No puedo escoger entre dos simples vestidos y ni siquiera tengo mis rizos peinados. Me voy a volver loca.

𓂃˖˳·˖ ִֶָ ⋆🌺⋆ ִֶָ˖·˳˖𓂃 ִֶָ

—¿Seguro que es por aquí, señor? —el chofer calvo me mira por el retrovisor con cara de ¿es en serio?

Insistí en que esto no pasara. Aiden envió un transporte a mi hotel para llevarme al restaurante. Hubiera preferido un taxi, para ser honesta, pero este chico insistió bastante. Y con bastante me refiero a un mensaje de voz de seis minutos explicando por qué su transporte es más seguro que uno normal.

Al doblar la calle diviso el famosísimo restaurante. No había letrero, solo una puerta negra mate custodiada por un hombre con traje oscuro que apuesto no pregunta nombres, solo los confirma.

El auto se detiene. El chofer sale, da la vuelta rápidamente y me abre la puerta con ese porte que te dice que está entrenado para eso.

Bajo, pero no puedo dejar de mirar mi vestido verde ni de tocar mi recogido de último minuto. El contraste entre el restaurante y yo es notorio. Debí comprar un vestido negro.

—Señorita Costa —dice el chofer—, si me permite, se ve muy bien. Este lugar impone, pero más usted.

—Gracias —respondo con una sonrisa.

Me encamino hacia la puerta y esta se abre antes de que toque. Adentro, el maître no sonríe; inclina levemente la cabeza, como si ya supiera quién soy. Las mesas están separadas lo suficiente para que las conversaciones nunca se mezclen. No hay música reconocible, solo una vibración grave que flota en el aire.

Y al final del pasillo, en un balcón, lo veo.

Aiden está de espaldas mirando la ciudad. Me acerco en silencio y, a pocos centímetros, logro apreciar cada detalle: su traje negro a la medida, su reloj plateado, su cabello rubio perfectamente peinado. Todo.

—¿Te vas a quedar ahí mirándome? —dice con una sonrisa pícara—. ¿O vas a hablarme?

—No te estaba mirando.

—¿Ah, no?

—No, miraba el paisaje. No todo gira alrededor de ti, Maxwell.

Miento. Pero no voy a darle el gusto.

—Voy a fingir que te creo.

Hace una seña con la mano guiándome al costado del balcón. Abre la silla para mí, la acomoda y se sienta frente a mí. En minutos llega un mesero con vino y la carta.

No dice nada. Sirve las copas, deja el menú y se retira.

Al abrirlo, algo llama mi atención: no hay precios por ningún lado. Busco adelante, atrás... nada. Lo minimalista aquí se lo toman demasiado en serio.

Levanto la mirada por curiosidad y unos ojos verdes bajan rápido.

—¿Me estabas mirando?

—No, miraba el paisaje detrás de ti.

Nos observamos un instante.

—¿Ya escogiste tu entrada?

—Aún no. ¿Alguna recomendación? —pregunta cerrando el menú y tomando un sorbo de vino—. Parece que no tienes duda al eleg...

—Quiero preguntarte algo —me interrumpe mirándome fijo—. ¿Por qué aceptaste venir a cenar conmigo? Tenías cara de espanto.

—¿Qué?

—Cuando te invité pusiste cara de espanto.

Bebe vino mientras yo hiperactivo de la vergüenza.

—No tenía idea, perdón. No fue mi intención. Solo me tomaste por sorpresa.

Sorpresa de decir que estaba en su mente... pero él parece ignorarlo. O peor: no sabe que lo dijo.

—¿Por sorpresa? Considero que una cena es algo bastante normal.

—Lo es, pero no llego a este punto con alguien... o más bien, no lo permito.

Asiente levemente y seguimos cenando en silencio. No uno incómodo, sino uno que te envuelve y te abraza.

Hasta que ese silencio se rompe por el sonido de unos tacones de aguja.

—Parece que a alguien se le olvidó presentarme. Soy Vega, y lamento decirte que ese es mi asiento.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.