El peso sofocante de unas sábanas de seda y un dolor punzante en la nuca me arrancaron de la inconsciencia.
Intenté moverme, pero mi cuerpo no respondía con normalidad. Tenía la boca seca, con un sabor metálico y amargo que me revolvió el estómago de golpe. La cabeza me martillaba con violencia, como si el cráneo me fuera a estallar por dentro.
Parpadeé varias veces, tratando de despejar la densa niebla que nublaba mi visión. La habitación era enorme, lujosa y fría. La luz pálida de la mañana se filtraba entre los cortinajes oscuros que cubrían un ventanal inmenso.
Fue entonces cuando sentí el roce de la tela directamente sobre mi piel: estaba completamente desnuda bajo el edredón.
El pánico me sacudió como una descarga eléctrica. Bajé la mirada con desesperación. Tenía un punto violáceo y doloroso en el pliegue del brazo derecho, un pinchazo reciente donde la piel aún ardía.
Los recuerdos fragmentados de la noche anterior me golpearon con brutalidad.
El estacionamiento casi vacío de la facultad. Mi auto a solo unos metros. El sonido apresurado de unos pasos a mi espalda. Dos hombres con pasamontañas negros interceptándome en la oscuridad. El forcejeo inútil, una mano enguantada asfixiando mis gritos y la aguja clavándose en mi brazo antes de que el mundo se apagara por completo mientras me arrastraban dentro de una camioneta oscura.
Un movimiento pesado al otro lado del colchón me heló la sangre.
Giré la cabeza con el corazón desbocado. Acostado a mi lado, sobre la misma cama matrimonial y completamente desprovisto de ropa, yacía un hombre. Dormía boca abajo, con la espalda ancha y descubierta, y una sábana revuelta cubriéndole apenas la cintura.
El grito desgarrador que brotó de mi garganta resonó en toda la habitación.
—¡¿Quién eres?! ¡Aléjate de mí! —grité en un ataque de histeria pura, empujándolo con fuerza mientras me envolvía torpemente con el edredón y caía del colchón al suelo, retrocediendo a rastras hasta chocar la espalda contra la pared.
El impacto y mis gritos lo despertaron de golpe. El chico se removió con torpeza, quejándose con un gruñido ronco mientras se llevaba las manos a la cabeza, visiblemente aturdido y desorientado. Tenía el cabello castaño revuelto y una complexión atlética. Cuando logró abrir los ojos, de un verde apagado por los efectos de alguna sustancia, miró a su alrededor con auténtica confusión hasta fijar su vista en mí, que temblaba encogida en el rincón.
Al reconocerme, sus ojos se abrieron desmesuradamente y la poca sangre que tenía en el rostro pareció desaparecer.
—¿Elena...? —balbuceó con la voz rota, incorporándose con dificultad sobre el colchón—. No... no puede ser. ¿Elena Miller? ¿Qué haces aquí? ¿Qué está pasando?
—¡¿Cómo sabes mi nombre, maldito enfermo?! —le espeté con furia ciega, rompiendo en un llanto incontrolable de asco y humillación—. ¡Tus hombres me secuestraron en la universidad! ¡Me drogaron, me trajeron aquí y tú... tú abusaste de mí!
—¡No, espera! ¡Elena, escúchame, por favor! —exclamó él, levantando las manos abiertas en un gesto de desesperación mientras intentaba cubrirse con la sábana—. Yo jamás te haría daño... te lo juro por mi vida. No sé cómo llegaste a esta cama. Estaba en la terraza de mi casa con mi hermano Marco...
—¡Cállate! ¡No te creo una sola palabra! —chillé con desprecio absoluto—. ¡Sabías quién era! ¡Me tenías vigilada! ¡Eres un monstruo!
Aprovechando su aturdimiento y que parecía incapaz de sostenerse en pie por el mareo, me levanté con el edredón sujeto al pecho. Comencé a registrar la enorme habitación con desesperación. Cerca de un sillón de terciopelo vi mi ropa regada como basura. Mi vestido azul marino estaba desgarrado de un tirante, arrojado junto a mis zapatos.
Corrí hacia el sillón con las piernas temblorosas. Me puse el vestido a trompicones, con dedos rígidos y torpes por el pánico, sintiendo un dolor sordo y lacerante en el cuerpo que solo confirmaba la peor de mis pesadillas.
Revisé el bolso de cuero que yacía abierto en el suelo. Al fondo, toqué la superficie fría de mi teléfono móvil.
Presioné la pantalla con fuerza. Se encendió marcando las 6:42 AM y una hilera interminable de notificaciones rojas cubrió el panel: Veintisiete llamadas perdidas de papá. Catorce mensajes de mamá.
Un sollozo ahogado se me escapó del pecho justo cuando el aparato empezó a vibrar con violencia en mi mano.
Papá.
Acepté la llamada de inmediato y me pegué el teléfono a la oreja, cayendo de rodillas sobre la alfombra porque las fuerzas me abandonaron por completo.
—¿Papá? —mi voz salió hecha pedazos, como un quejido ahogado.
—¡¿Elena?! ¡Dios mío, hija! —el grito de mi padre sonó desgarrador al otro lado de la línea—. ¿Dónde estás? ¡Llevamos toda la noche buscándote, tu madre está hospitalizada!
—Papá... —las lágrimas me asfixiaban, impidiéndome respirar con normalidad—. Me secuestraron anoche saliendo del campus... dos hombres me metieron a un coche y me inyectaron algo en el brazo...
Al otro lado de la línea, la respiración agitada de mi padre se detuvo en seco.
—Elena... dime si estás sola. ¿Quién está contigo?
Levanté la mirada empapada en llanto. El chico se había puesto un pantalón de vestir a toda prisa y caminaba hacia mí con el torso desnudo, con una expresión de puro terror, culpa y desesperación en el rostro.
—Por favor, Elena... déjame ayudarte, yo no fui... —suplicó él en un susurro quebrado, extendiendo una mano temblorosa hacia mí.
—¡Está aquí! —grité al teléfono con toda la rabia que me quedaba en el alma, señalándolo con odio puro—. ¡El tipo que me tiene está aquí en la habitación, papá! ¡Me encerró y abusó de mí! ¡Me violó mientras estaba drogada, papá! ¡Por favor, ven por mí, sácame de este infierno!
—¡Maldito bastardo! ¡Hijo de perra! —rugió mi padre al otro lado de la línea con una furia descomunal—. ¡Vincenzo Moretti, voy a quemar viva a toda tu maldita estirpe! ¡Elena, resiste, voy por...!
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Editado: 12.08.2026