El sonido de mi llanto ahogado fue lo único que rompió el silencio sofocante que dejó la amenaza de Vincenzo Moretti.
Me quedé inmóvil en el suelo, con la espalda pegada a la pared y los restos de mi teléfono destrozado a escasos centímetros de mis pies. El dolor en mi cuerpo era una punzada constante, pero el terror que me helaba el pecho dolía mil veces más. Mi mente se negaba a procesar las palabras del Don. ¿Matrimonio? ¿Casarme con el monstruo que me había arrebatado la dignidad mientras estaba drogada?
—¡Estás completamente loco! —rugió Luca, dando un paso furioso hacia su padre—. ¡Yo no voy a obligar a nadie a casarse conmigo! ¡Me drogaste en nuestra propia casa! ¡Cometiste un secuestro, papá!
El sonido del golpe resonó como un disparo en la habitación.
Vincenzo no titubeó. Con el dorso de su mano enguantada cruzó el rostro de Luca con una fuerza brutal, haciendo que el chico trastabillara y cayera sobre la alfombra, con el labio superior reventado brotando un hilo espeso de sangre roja.
—No levantes la voz en mi presencia, idiota —escupió Vincenzo con una frialdad aterradora, acomodándose el abrigo de paño con parsimonia—. Eres un blando, Luca. Te he pagado la mejor educación, te he mantenido al margen del negocio como tanto llorabas, y ni siquiera eres capaz de agradecer que te entregue en bandeja de plata a la mujer por la que suspirabas como un imbécil.
Marco soltó una carcajada seca desde el marco de la puerta, encendiendo un mechero dorado con descaro.
—Agradécele a papá, hermanito —burló Marco, mirándolo con condescendencia—. Siempre fuiste demasiado cobarde para hablarle en la universidad. Te hicimos el trabajo sucio.
Luca levantó la mirada desde el suelo. Sus ojos verdes estaban inyectados en sangre, no solo por el golpe, sino por una impotencia y una culpa desgarradoras. Giró el rostro lentamente hacia mí, buscando desesperadamente mi mirada, pero yo aparté la cara con un asco tan profundo que me provocó arcadas.
—No me mires —susurré con un hilo de voz envenenado de odio—. Eres un asco. Toda tu maldita familia es una peste.
Luca cerró los ojos con fuerza, tragando en seco como si mis palabras le hubieran clavado un cuchillo en el pecho.
—Levántala —ordenó Vincenzo a dos de sus matones, señalándome con un movimiento de cabeza.
—¡No me toquen! —grité en vano mientras dos hombres corpulentos me sujetaban de los brazos, poniéndome de pie a la fuerza. Mis piernas apenas sostenían mi peso, pero luché con uñas y dientes hasta que uno de ellos me apretó las muñecas con tanta fuerza que casi me corta la circulación.
—Llévenla al salón principal —indicó el Don, dirigiéndose hacia la salida sin mirarme—. Arthur Miller no tardará más de veinte minutos en llegar aquí con la policía o con su propia seguridad privada. Y cuando cruce esa puerta, más le vale ver a su hija entera... y dispuesta a obedecer.
—¡Mi padre los va a destruir! —chillé con las lágrimas nublándome la vista mientras los hombres me arrastraban por el pasillo señorial de la mansión Moretti.
Luca se puso de pie de un salto, limpiándose la sangre de la boca con el antebrazo. Se colocó una camisa blanca a medio abotonar y nos siguió a paso rápido por las escaleras de mármol, intentando ponerse a mi altura.
—Elena, por favor... no hagas nada estúpido cuando llegue tu padre —me suplicó en un susurro desesperado, con la voz temblorosa mientras caminaba a mi lado—. Mi padre no amenaza en vano. Si intentas delatarnos o armar un escándalo, los matará a todos. Por favor, déjame manejar esto...
—¡Tú no eres nadie para mí! —le escupí al rostro con desprecio absoluto, sintiendo cómo la rabia me quemaba por dentro—. ¡Te odio, Luca Moretti! ¡Ojalá te pudras en el infierno por lo que me hiciste!
Luca se detuvo en seco, como si hubiera recibido un impacto mortal. Su mandíbula se tensó y una sombra de dolor absoluto cruzó sus facciones, pero no replicó. Sabía que cualquier palabra suya solo aumentaría mi desprecio.
Nos hicieron sentar en un inmenso salón de techos altos, decorado con muebles clásicos de caoba y cuadros renacentistas. Vincenzo se sentó en un imponente sillón de cuero frente a una chimenea encendida, con una copa de whisky en la mano y varios hombres armados apostados en cada rincón estratégico.
No pasaron ni quince minutos cuando el estruendo de neumáticos frenando sobre la grava del patio exterior anunció la llegada inevitable.
Las pesadas puertas de la entrada principal se abrieron con estrépito.
—¡Elena!
La voz desgarrada de mi padre resonó en todo el vestíbulo. Arthur Miller entró al salón como un león enjaulado, con el traje desaliñado, los ojos enrojecidos por la desesperación y acompañado por tres de sus guardaespaldas privados. Sin embargo, antes de que pudieran dar tres pasos, los guardias de los Moretti cortaron cartucho al unísono, apuntándoles directo a la cabeza.
—Baja las armas, Arthur —dijo Vincenzo con voz pausada, sin molestarse en ponerse de pie—. Estás en mi casa. Un movimiento en falso y el personal de limpieza tendrá mucho trabajo esta mañana.
—¡Papá! —grité intentando levantarme, pero el matón detrás de mí me hundió una mano pesada en el hombro, obligándome a permanecer sentada.
—¡Hija! ¡Dios mío, Elena! —mi padre intentó abalanzarse hacia mí, pero se detuvo al ver los cañones de las armas a centímetros de su rostro. Al verme desaliñada, con el vestido rasgado y el rostro empapado en llanto, su mirada se tornó asesina—. ¡Maldito animal! ¡¿Qué le hiciste a mi hija, Vincenzo?! ¡Ella no tiene nada que ver con nuestros negocios! ¡Es una estudiante inocente!
—Eso debiste pensarlo antes de intentar bloquear las cuentas de mis empresas fachada, Arthur —respondió Vincenzo con una sonrisa gélida, bebiendo un sorbo de su vaso—. Quisiste jugar al empresario honesto después de lavarme más de cuarenta millones de dólares. Creíste que podías acudir a los federales y salir limpio.
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Editado: 12.08.2026