El eco de mis gritos se apagó lentamente entre los muros de mármol del salón, dejando tras de sí un silencio espeso, cargado de tensión y olor a pólvora quemada.
Luca permaneció inmóvil en cuclillas a medio metro de mí. Tenía la respiración entrecortada y la mirada fija en el suelo, con el labio partido aún sangrando en silencio. Por un instante, una sombra de debilidad cruzó su semblante, pero no dijo una sola palabra para justificarse. Sabía que cualquier intento de defensa sonaría a burla frente al abismo en el que me había precipitado su familia.
—Levántate, Luca. Pareces un perro faldero arrastrándote ante una prisionera.
La voz de Vincenzo cortó el aire con la frialdad de una navaja. El Don se acercó al centro de la sala, colocándose con calma los gemelos de oro en los puños de su camisa. Dos de sus guardias permanecían detrás de él, con los rifles terciados al pecho y los rostros inexpresivos.
—Lleva a la señorita Miller a tu habitación —ordenó el patriarca sin mirarme directamente—. De aquí al sábado no saldrá de esta propiedad bajo ninguna circunstancia. Marco ya se está encargando de coordinar con el juez de paz y de filtrar el comunicado oficial a los medios económicos.
—No pienso quedarme encerrada con él —intervine con la voz ronca, poniéndome de pie con dificultad mientras me aferraba al respaldo del sillón de cuero para no tambalearme—. Si mi padre aceptó su chantaje, exijo una habitación separada.
Una sonrisa amarga y desprovista de humor se dibujó en los labios de Vincenzo. Dio dos pasos lentos hacia mí, deteniéndose a una distancia prudente pero asfixiante.
—Aquí no estás en posición de exigir nada, niña —sentenció en un tono bajo y pausado que resultaba mucho más aterrador que cualquier grito—. A partir de este momento, cada privilegio, cada respiro y la integridad de tus padres dependen de tu obediencia absoluta. Si la servidumbre o la seguridad ven una sola muestra de discordia entre ustedes antes de la boda, entenderé que el acuerdo no te interesa. Y créeme... a tu padre le resultará muy difícil dirigir sus empresas desde una celda federal o desde una fosa común.
Apreté los dientes con tanta fuerza que sentí el chasquido en la mandíbula. El nudo en mi garganta quemaba como ácido, pero me obligué a tragarme las lágrimas. No volvería a llorar frente a ese hombre.
—Vamos, Elena —murmuró Luca a mi espalda. Su voz sonaba apagada, despojada de cualquier autoridad.
Caminó hacia las escaleras principales sin esperar mi respuesta, aunque aminoró el paso de manera evidente para asegurarse de que pudiera seguirlo sin caerme. Subí los peldaños con la mirada clavada en su espalda ancha. El dolor físico en mis piernas y en mi vientre era un recordatorio lacerante de lo ocurrido horas antes. La rabia pura era lo único que me mantenía erguida.
Llegamos a la segunda planta, un pasillo largo y alfombrado flanqueado por puertas dobles de caoba. Luca se detuvo frente a la última puerta del ala oeste, la abrió y se hizo a un lado para dejarme pasar sin rozarme.
Al entrar, reconocí de inmediato el escenario de mi pesadilla.
La cama deshecha, las sábanas de seda revueltas y los fragmentos destrozados de mi teléfono móvil sobre el piso de madera. El ventanal aún dejaba entrar la luz grisácea de la mañana, iluminando con crudeza el lugar donde me habían arrebatado todo.
Un estremecimiento involuntario me recorrió el cuerpo. Di dos pasos atrás de forma instintiva.
—No te acerques a mí —le advertí en un susurro cortante, buscando con la mirada cualquier objeto contundente sobre los muebles.
Luca cerró la puerta a nuestras espaldas con lentitud. No puso el cerrojo. Se pasó una mano por el cabello castaño con evidente frustración y caminó hacia el tocador, evitando deliberadamente acercarse a la cama.
—No voy a tocarte, Elena —dijo con voz firme pero cargada de un cansancio prematuro—. Sé que no me crees, y tienes todo el derecho de odiarme. Pero necesitas entender que yo tampoco sabía nada de esto.
Solté una risa seca, desbordante de veneno.
—¿De verdad pretendes que me trague ese cuento? —avancé un paso hacia él, señalando los restos de la habitación—. Tu propio padre lo dijo delante de todos: estabas obsesionado conmigo. Me espiabas en la universidad. Le rogaste a tu hermano que te consiguiera a la chica que veías de lejos porque eras demasiado cobarde para hablarme como una persona normal.
El rostro de Luca palideció de golpe. La mención de su confesión universitaria pareció golpearlo con más fuerza que el puñetazo de su padre. Bajó la vista hacia sus manos, apretando los puños sobre el mármol del tocador.
—No fue así —respondió, y por primera vez detecté un quiebre de dolor genuino en su tono—. Sí te veía en el campus. Te veía cuando ibas a la facultad de ingeniería a buscar a Camila Torres para almorzar. Comparto dos materias de cálculo con ella y más de una vez me quedé mirándote desde las gradas de la cafetería. Sí, le comenté a Marco que me parecías hermosa. Fue una conversación estúpida de hermanos durante una cena... jamás imaginé que usarían eso para destruirte a ti y obligarme a mí a formar parte de sus crímenes.
—¡Pues lo hicieron! —grité, incapaz de contener la furia—. Y tú estabas en esa cama conmigo. Desperté sin ropa, drogada, con marcas en el cuerpo. ¿Cómo pretendes que crea que eres una víctima cuando todo apunta a que fuiste el ejecutor?
Luca guardó silencio durante varios segundos. Sus ojos verdes, oscurecidos por la culpa, recorrieron la habitación hasta detenerse en las manchas de sangre sobre las sábanas.
—No recuerdo nada desde que Marco me sirvió ese whisky anoche en la terraza —dijo en un susurro casi inaudible—. Me desperté con el mismo dolor de cabeza y la misma confusión que tú. Pero... si algo pasó entre nosotros mientras estábamos inconscientes o bajo el efecto de esa droga... —se detuvo, tragando saliva con evidente dificultad, como si las palabras le quemaran la garganta—, no espero que me perdones.
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Editado: 12.08.2026