El agua caliente de la ducha corría por mi cuerpo, pero no lograba quitarme la sensación de suciedad ni el frío punzante que me calaba hasta los huesos. Frente al espejo empañado del baño, observé la marca violácea en mi brazo derecho y los moretones leves en mis muñecas. Cada marca era un recordatorio de la violencia con la que mi vida había sido arrebatada en cuestión de horas.
Me vestí con una camiseta holgada de algodón y un pantalón deportivo que encontré en el vestidor. La ropa me quedaba enorme, pertenecía a Luca, y sentir su aroma a madera y lavanda pegado a mi piel me producía una mezcla de náuseas y rabia contenida.
Al abrir la puerta del baño, el sonido metálico del cerrojo resonó en la habitación.
Luca seguía en la misma posición sobre el sofá. No se había movido. Sobre la mesa de centro, el botiquín de primeros auxilios permanecía intacto, junto a una bandeja de comida que alguien había dejado en algún momento: té caliente, fruta picada y un tazón de sopa.
—No la envenenaron —dijo él con voz apagada, sin levantarse ni mirarme—. La preparó la cocinera de la casa. Lleva días trabajando aquí, no tiene nada que ver con mi padre. Tienes que comer algo, Elena. Pasaron casi catorce horas desde anoche.
—No quiero nada que venga de esta casa —respondí con frialdad, caminando hacia el gran ventanal que daba a los jardines traseros.
Desde el segundo piso, la propiedad parecía una fortaleza impenetrable. Muros altos de piedra rodeaban el perímetro, y al menos cuatro hombres armados patrullaban los caminos de grava con perros adiestrados. No había escapatoria evidente. Mi padre estaba acorralado y yo era el rehen que mantenía su silencio.
Luca suspiró con pesadez. Se puso de pie lentamente, revelando el labio partido aún hinchado y una sombra oscura bajo sus ojos verdes. Se acercó a la mesa, tomó el desinfectante y un pedazo de algodón del botiquín, y dio un par de pasos hacia mí, deteniéndose a una distancia prudente al ver cómo mi postura se volvía rígida.
—Al menos déjame curarte el brazo —pidió en un susurro cargado de una culpa que intentaba ocultar—. Esa marca del pinchazo está inflamada. Si se infecta, será peor.
—No me toques —repetí con una firmeza helada, extendiendo la mano para quitarle el algodón y el antiséptico de los dedos—. Puedo hacerlo sola. No necesito tu caridad ni tu remordimiento actuado.
Luca apretó la mandíbula, pero no discutió. Dio un paso atrás, dejándome espacio.
Caminé hacia el espejo del tocador y presioné el algodón empapado en alcohol sobre la marca de la aguja. El ardor fue inmediato y agudo, haciéndome soltar un siseo entre dientes, pero me obligué a no pestañear. Quería sentir ese dolor; me mantenía despierta, alerta.
—Mañana a primera hora vendrá el abogado de mi padre —habló Luca desde la distancia, apoyando la espalda contra la pared opuesta—. Traerá el acuerdo prenupcial y la licencia de matrimonio. Mi padre quiere una ceremonia privada aquí en la mansión este sábado. Un juez de paz pagado firmará los papeles.
—Un circo para maquillar un secuestro —escupí el algodón usado a la papelera.
—Es una fachada para la prensa y para la junta directiva de la empresa de tu padre —corrigió él con voz neutra—. Ante el mundo, esto es una alianza estratégica entre familias. Si alguien sospecha que fuiste obligada, mi padre cumplirá su amenaza con tu madre. Sabes que lo hará.
Giré sobre mis talones para encararlo. Su serenidad racional me enfurecía más que la arrogancia de su hermano Marco.
—¿Y tú qué vas a hacer, Luca? —lo desafié, dando dos pasos firmes hacia él—. ¿Vas a ponerte el traje, sonreír frente al juez y firmar como el buen hijo obediente? ¿Vas a fingir que eres mi esposo mientras me mantienes prisionera en tu cuarto?
Luca me sostuvo la mirada. Por un segundo, la frialdad de su rostro se resquebrajó, dejando ver la tormenta interna que lo estaba destruyendo por dentro.
—Voy a firmar ese papel porque es la única forma de mantenerte con vida a ti y a tu familia —respondió con una contundencia que me congeló la sangre—. Mi padre no dudará en eliminarlos si esto sale mal. Pero te prometo una cosa, Elena: no voy a tocarte. No voy a exigir nada de ti. Esta boda es tu celda, pero también es la mía.
—No te hagas el héroe —le espeté con desprecio—. Eres un Moretti. Llevas su sangre y vives de su dinero sucio. No intentes convencerme de que estás haciendo esto por mi bien.
—No busco convencerte de nada —dijo, dando media vuelta y encaminándose hacia la puerta de la habitación—. Me voy abajo. Necesito hablar con Marco sobre los términos de la seguridad para el sábado. Puedes cerrar con seguro por dentro. No volveré hasta tarde.
Salió de la estancia y el chasquido de la puerta al cerrarse dejó un vacío pesado en el ambiente.
Me quedé sola en la penumbra del cuarto. Caminé a paso rápido hacia la puerta y giré el cerrojo metálico hasta asegurarlo por completo. Apoyé la frente contra la madera fría, sintiendo cómo las lágrimas de rabia contenida finalmente escapaban de mis ojos.
Mi vida como la conocía —mis clases de administración, mis proyectos, mi futuro libre— se había esfumado en una sola noche. Ahora estaba atrapada en el nido de los Moretti, obligada a casarme con el hombre al que culpaba de mi ruina.
Pero mientras me limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano, una fría resolución se asentó en mi pecho: me casaría con Luca Moretti el sábado, pero no sería su víctima pasiva. Observaría cada rincón de esta mansión, aprendería cada secreto de su familia y esperaría el momento exacto para destruirlos a todos desde adentro.
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Editado: 30.08.2026