El viernes por la tarde, la mansión Moretti se transformó en un escenario grotesque de preparación nupcial.
Dos estilistas de un exclusivo atelier de la ciudad y una diseñadora vestida de negro pulcro llenaban el gran vestidor adyacente a la habitación de Luca. Sobre un maniquí de costura reposaba un vestido de novia de encaje blanco, corte sirena y escote pronunciado. Una obra de arte hecha a mano que, para mí, no era más que un sudario elegante.
—La espalda requiere un ajuste mínimo en la cintura, pero el talle es perfecto —comentó la diseñadora, alfilereando la tela sobre mi costado mientras yo permanecía de pie sobre la tarima de madera, rígida como una estatua.
No me maquillé ni opiné sobre el peinado. Me limitaba a mirar fijamente un punto ciego en la pared, conteniendo la respiración cada vez que las manos de las costureras tocaban mi piel.
El sonido de unos taconazos de cuero sobre el parquet anunció la llegada de visitas no deseadas.
Marco Moretti entró al vestidor sin llamar, sosteniendo una copa de champán en una mano y una cámara fotográfica profesional colgada al cuello. Se apoyó contra el marco de la puerta con una sonrisa ladina y los ojos inyectados en una malicia oscura.
—Vaya, vaya... pero si la princesita de los Miller parece una verdadera novia —se burló Marco, haciendo una seña a las costureras con la mano libre—. Quítense, quiero un par de tomas para la portada del diario económico de mañana. «Alianza de amor y negocios». A la prensa le encantan estas historias de amor universitario.
—Señor, aún no terminamos de ajustar el dobladillo... —intentó explicar la diseñadora, intimidada.
—Dije que se quiten —sentenció Marco con voz helada. Las mujeres recogieron sus alfileres a toda prisa y salieron de la estancia cerrando la puerta tras de sí.
Quedé a solas con el hermano mayor de Luca. La tensión en la habitación se volvió sofocante.
Marco dio dos pasos lentos hacia la tarima, rodeándome como un depredador evaluando a su presa. Levantó la cámara y el destello del flash me cegó por un segundo, obligándome a cubrirme el rostro de forma instintiva.
—Baja las manos, Elena —ordenó con sorna—. Sonríe un poco. Aunque, pensándolo bien, esa cara de tragedia le da un toque bastante dramático. ¿Sabes? Luca nunca tuvo agallas para nada. Tuve que ser yo quien le pusiera la dosis de sedante en el whisky. Si hubiera sido por él, se habría quedado toda la vida mirándote como un idiota desde la cafetería del campus.
Un escalofrío de asco me recorrió la columna.
—Eres un monstruo —susurré, clavándole la mirada con un odio inquebrantable.
Marco soltó una carcajada seca, dejando la copa sobre la peinadora. Se acercó a la tarima hasta quedar a escasos centímetros de mí. Extendió una mano osada, rozando con la yema de sus dedos el escote de encaje cerca de mi hombro.
—Deberías darme las gracias. Te conseguí un boleto de entrada a la familia más poderosa de la ciudad. Y por lo que vi antes de dejarlos solos en esa cama, mi hermano menor disfrutó bastante su regalo...
No pude contener la furia. Antes de que terminara la frase, levanté la mano y le asesté una bofetada con toda la fuerza que me quedaba en el brazo. El chasquido resonó con violencia en el vestidor.
El rostro de Marco se giró por el impacto. Durante un segundo reinó un silencio sepulcral. La sonrisa burlona desapareció de su cara, reemplazada por una rabia salvaje. Me sujetó del cuello del vestido con brusquedad, estampándome de espalda contra el espejo del tocador. El cristal vibró peligrosamente.
—Maldita perra insignificante... —siseó Marco, alzando la mano derecha con el puño cerrado para golpearme—. Te voy a enseñar cuál es tu lugar aquí antes de que pises el altar.
—¡Suéltala, Marco!
El grito retumbó en la habitación como un trueno.
Antes de que el golpe de Marco pudiera tocarme, una mano pesada lo sujetó de la muñeca en el aire con un agarre de acero. Luca irrumpió en la estancia. Tenía el rostro desencajado, los ojos verdes ardiendo en una furia ciega y el pecho agitado.
Sin darle tiempo a reaccionar, Luca empujó a su hermano mayor hacia atrás con una fuerza brutal, haciendo que Marco tropezara contra la mesa de centro y derribara la copa de champán, que se hizo pedazos contra el suelo.
—¡¿Qué carajos te pasa, Luca?! —rugió Marco, recomponiéndose con los ojos desorbitados mientras se ajustaba el saco.
Luca se interpuso entre Marco y yo, cubriéndome por completo con su cuerpo. Nunca lo había visto así. La timidez y la culpa de los días anteriores habían desaparecido, reemplazadas por una agresividad oscura y protectora.
—Vuelves a ponerle un solo dedo encima y te juro por mi vida que te mato, Marco —sentenció Luca en un susurro grave, dando un paso amenazante hacia su hermano—. No me importa que seas mi hermano. No me importa lo que diga papá. Vuelve a tocarla y no sales vivo de este cuarto.
Marco apretó la mandíbula, sorprendido por la reacción violenta del menor de los Moretti. Llevó una mano a su arma enfundada bajo el saco, pero al ver la determinación mortal en los ojos de Luca, lo pensó dos veces. Un enfrentamiento a tiros dentro de la mansión el día antes de la boda arruinaría los planes del Don.
—Te estás volviendo loco por una mujer que te odia, hermanito —escupió Marco, escupiendo al suelo con desprecio antes de dar media vuelta—. Disfruta tu boda. A ver cuánto te dura el coraje cuando papá te exija resultados.
Marco salió a zancadas, azotando la puerta doble con un estruendo que hizo temblar las paredes.
El silencio volvió a instalarse en el vestidor, roto únicamente por la respiración pesada de Luca. El chico permaneció de pie frente a mí durante unos segundos, intentando calmar el temblor de sus manos. Luego, se giró despacio para mirarme.
—¿Te hizo daño? —preguntó con la voz temblorosa, dando un paso cauteloso hacia el espejo donde yo permanecía acorralada, sujetándome la tela desgarrada del hombro.
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Editado: 30.08.2026