Padres Por Una Venganza

Capitulo 6

El sábado por la mañana, la capilla privada de la propiedad amaneció blindada.

A diferencia de la prisión sofocante que imaginé los primeros días, la realidad tras la firma de los documentos tomó un matiz distinto, casi cínico. El contrato prematrimonial redactado por los abogados de Vincenzo era claro: mi matrimonio con Luca garantizaba la libertad financiera de la empresa de mi padre y la seguridad de mi madre, pero también me otorgaba a mí un estatus intocable dentro del clan. No era una prisionera encerrada bajo llave; tenía la libertad de salir, ir a la universidad o recorrer la ciudad cuando quisiera, con una sola condición innegociable impuesta por el Don: mi residencia oficial sería la casa independiente que Luca tenía en las afueras, y a los ojos de la sociedad y la prensa, seríamos el matrimonio perfecto.

Frente al gran espejo de la capilla, los últimos detalles de encaje de mi vestido blanco parecían una burla. Mi madre, visiblemente pálida y apoyada en el brazo de mi padre, entró a la estancia previa al altar.

—Elena... mi niña —susurró mi padre, con la voz rota y los ojos hinchados por la falta de sueño. Se acercó a mí y me tomó las manos con un temblor que jamás le había conocido—. Te estamos entregando a estos monstruos... Perdóname, por favor, perdóname.

—No pidas perdón, papá —respondí, tragándome las lágrimas y manteniendo la barbilla en alto—. Hiciste lo que tenías que hacer para protegernos. Yo haré lo mismo.

—Si ese chico intenta hacerte algo... si vuelve a ponerte una mano encima... —dijo mi madre, con un hilo de voz quebrada por los sedantes.

—No lo hará —los interrumpí con una frialdad que hasta a mí me sorprendió—. Luca sabe muy bien cuál es su límite.

El sonido de la marcha nupcial comenzó a retumbar desde el órgano de la capilla. Las puertas dobles de caoba se abrieron de par en par.

Caminé por el pasillo de mármol del brazo de mi padre. Las bancas estaban ocupadas por socios comerciales, políticos influyentes y miembros de alto rango de la familia Moretti. En primera fila, Vincenzo nos observaba con una sonrisa de victoria absoluta, mientras que Marco, con una copa en la mano y la mandíbula tensa tras el altercado de ayer, no quitaba su mirada venenosa de encima de mí.

Al final del altar esperaba Luca.

Llevaba un esmoquin negro impecable. Tenía el corte en el labio disimulado con sutileza, pero sus ojos verdes se veían hundidos, marcados por el insomnio. Cuando mi padre le entregó mi mano, el contacto de sus dedos fríos sobre los míos me provocó una punzada de rechazo automático. Luca me tomó con extrema delicadeza, como si temiera romperme o como si supiera que mi piel quemaba al tocar la suya.

El juez de paz, pagado para no hacer preguntas, leyó el libreto habitual sobre el compromiso, el respeto y la fidelidad. Durante todo el ritual, Luca no me miró a los ojos ni una sola vez. Cuando llegó el momento de responder, su voz sonó firme, pero desprovista de cualquier rasgo de felicidad:

—Acepto.

—¿Y usted, Elena Miller, acepta a Luca Moretti como su legítimo esposo?

Miré de reojo a mi madre en la primera banca, sujetando con fuerza el pañuelo en sus manos. Luego miré a Vincenzo, cuyo rostro impasible era la promesa implícita de una tragedia si dudaba un solo segundo.

—Acepto —pronuncié, sintiendo cada sílaba como una condena.

—Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.

Un murmullo de aplausos educados recorrió la capilla. Luca se giró despacio hacia mí. Acercó sus manos a mi rostro, pero se detuvo a milímetros de mi piel, dudando. Se inclinó lentamente y depositó un beso casi imperceptible en la comisura de mi mejilla, sin llegar a tocar mis labios.

—Cumpliré mi palabra —me susurró al oído con un hilo de voz que solo yo pude escuchar, antes de separarse de mí.

La recepción posterior fue una farsa elegante para las cámaras de los diarios locales. Sonreí de forma autómata, posé para los fotógrafos y permití que el mundo creyera la mentira de una unión universitaria de ensueño. Al caer la tarde, los autos blindados nos trasladaron a nuestro nuevo destino: una residencia moderna y aislada en los colinas, alejada de la mansión principal de los Moretti.

El chofer bajó nuestras maletas y se retiró, dejando el gran portón de hierro cerrado tras de sí.

La casa era espaciosa, de líneas arquitectónicas limpias y ventanales inmensos que daban a un bosque privado. El silencio de la noche nos envolvió en cuanto cruzamos el umbral del recibidor.

Luca dejó las llaves sobre la mesa de entrada y se aflojó la corbata con una mano cansada.

—Las llaves del auto que está en el garaje son tuyas —dijo, señalando un juego de llaves de plata sobre el mostrador—. El chofer tiene órdenes de llevarte a donde pidas si no quieres conducir, y tu tarjeta de crédito está activa a tu nombre. Como dijo mi padre, puedes ir a la universidad, ver a tus amigos o salir a donde quieras. Nadie te va a encerrar aquí.

Lo miré en silencio, quitándome los tacones que me torturaban los pies.

—¿Y tú? —pregunté con frialdad.

—Yo tengo mi estudio en la primera planta y la habitación principal está en el segundo piso, a la derecha —respondió, manteniendo un metro de distancia entre nosotros—. La casa tiene tres dormitorios más. Puedes elegir el que quieras y ponerle seguro a la puerta. No entraré a tu espacio sin tu permiso.

Caminó hacia el pasillo lateral, pero se detuvo un instante antes de desaparecer en la penumbra de su estudio.

—Sé que para ti esto solo es una jaula con las puertas abiertas, Elena... pero a partir de hoy, en esta casa, tú mandas.




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