Los primeros días bajo el mismo techo fueron una guerra fría de silencios pesados y puertas cerradas.
La residencia en las colinas era lo suficientemente amplia para que casi no cruzáramos palabra. Yo me instalé en la habitación del fondo del segundo piso, asegurando la cerradura cada noche como si eso pudiera borrar el dolor punzante que aún sentía en el cuerpo y la humillación que me ahogaba el pecho.
Luca, por su parte, respetaba las distancias. Sin embargo, su insistencia en cuidar de mí se volvió una presencia constante e incómoda.
La primera mañana, al bajar a la cocina vestida para ir a la universidad, encontré sobre la isla de granito un desayuno completo: fruta fresca, café caliente y tostadas. Junto al plato, una pequeña nota escrita a mano con letra firme: «Sé que no quieres cocinar. Por favor, come algo antes de ir a clase. Voy por mis libros a casa de mi padre, regreso pronto para que vayamos juntos a la universidad.».
Miré el plato con rabia, tomé la nota, la hice una bola en la mano y la arrojé al bote de basura. Me preparé un vaso de agua y salí de la casa sin tocar una sola miga.
En la universidad, la farsa exigía su máximo rendimiento. Ante los ojos del campus, Elena Miller no era la víctima de un secuestro orchestrado por la mafia, sino la flamante esposa de Luca Moretti, el estudiante de ingeniería de familia acomodada.
En la cafetería de la facultad de Administración, Camila y mis amigas de la carrera me esperaban en la mesa de siempre, con los ojos brillando de curiosidad y las pantallas de sus teléfonos llenas de las fotos de la boda que los periódicos habían publicado el fin de semana.
—¡Aún no puedo creer que te casaste en secreto, Elena! —exclamó Camila en cuanto me senté, abrazándome con fuerza—. Todo el mundo en el campus está hablando de eso. Las fotos se ven hermosas, parecían de revista.
—Fue... algo rápido —forcé una sonrisa impecable, sintiendo cómo el estómago se me revolvía al pronunciar las mentiras ensayadas—. Los padres de Luca y los míos querían formalizar la alianza empresarial lo antes posible, y bueno... nosotros no quisimos esperar más.
—Se nota que están profundamente enamorados —añadió Sofía, otra de mis compañeras, suspirando mientras miraba la foto de la portada donde Luca me besaba la mejilla—. Él siempre te miraba desde lejos cuando venía a buscar a los chicos de ingeniería. Es súper atento, ¿no?
—Demasiado —respondí con un tono helado que tuve que disfrazar rápido con una risa fingida—. Un verdadero ángel.
Justo en ese momento, el murmullo de la cafetería bajó de intensidad. Levanté la mirada y vi a Luca caminando hacia nuestra mesa. Llevaba unos pantalones oscuros, una chaqueta de cuero sobre una camiseta gris y sus libros de cálculo bajo el brazo. Al encontrarse con la mirada de mis amigas, les dedicó un saludo educado con la cabeza antes de detenerse al lado de mi silla, guardando una distancia respetuosa.
—Hola, chicas —saludó él con voz tranquila, antes de girarse hacia mí—. Hola, Elena.
—Hola, Luca —dije, sintiendo la mirada atenta de mis amigas sobre nosotros.
—Olvidaste tu almuerzo en la barra de la cocina —dijo Luca en voz baja, dejando sobre la mesa una bolsa de papel kraft con el logo de una cafetería cercana—. Pasé por tu restaurante favorito de camino al campus. Tienes clases hasta las cuatro y sé que no desayunaste nada esta mañana.
Mis amigas soltaron un "aww" coordinado en voz baja, mirándome con envidia.
Yo apreté los cubiertos de plástico en mi mano. La amabilidad de Luca me enfurecía más que si me hubiera gritado; se sentía como una manipulación para limpiar su conciencia por la noche de la trampa.
—Gracias, Luca. No te hubieras molestado —dijera con una sonrisa falsa que no le llegaba a los ojos, clavándole una mirada cargada de veneno.
—No es ninguna molestia —contestó él suavemente, ignorando el desprecio evidente en mis ojos—. Si necesitas que pase por ti a la salida para volver juntos a casa, me avisas. Tengo libre a las cuatro.
—Puedo manejar sola mi auto, gracias —le corté con frialdad absoluta, sin dejar espacio para réplicas.
Luca apretó la mandíbula sutilmente, asintió en silencio y dio un paso atrás.
—Que tengan buen día, chicas —dijo a mis amigas antes de tomar la bolsa, dar media vuelta y alejarse hacia la facultad de ingeniería.
En cuanto se alejó, Camila me dio un codazo suave en el brazo.
—Oye, ¿estás bien? Fuiste súper cortante con él. El tipo vino hasta acá solo para traerte comida.
—Estoy cansada, es todo —respondí—. El estrés de la boda y la mudanza.
Por la tarde, al regresar a la residencia en las colinas, encontré la casa en silencio. Estacioné mi auto en el garaje y entré a la cocina. La bolsa de comida que le había rechazado en la universidad estaba sobre la encimera; Luca la había traído de vuelta. Junto a ella, había dejado un contenedor con sopa caliente y un vaso de agua.
El sonido de la puerta del estudio abriéndose anunció su presencia. Luca salió con una camiseta deportiva y los anteojos de lectura puestos, secándose las manos con una toalla.
—Llegaste —dijo detenindose en el pasillo—. Te dejé la sopa por si te dio hambre. Si prefieres pedimos cena de algún restaurante, dime qué se te antoja y lo pido ahora mismo.
Giré sobre mis talones, encarándolo con todo el odio contenido durante el día.
—¡Deja de hacer esto! —le espeté con rabia, haciendo que la bolsa de papel cayera al suelo de un manotazo—. ¡Deja de fingir que te importa si como o no! ¡No quiero tu comida, no quiero tus cuidados y no quiero que te acerques a mi mesa en la universidad a dar tu show de esposo perfecto!
Luca no se alteró. Sostuvo mi mirada con una calma triste que me daba rabia.
—No es un show, Elena. Tu familia está a salvo, pero tú estás viviendo bajo mi techo. Lo mínimo que puedo hacer es asegurarme de que estés bien alimentada y segura.
#345 en Novela romántica
#125 en Novela contemporánea
amor romance drama dolor sufrimiento, amor romance embarazo, venganza mafia traicion
Editado: 30.08.2026