La mañana del viernes en el campus lucía despejada, pero el ambiente en los pasillos del edificio de Administración se sentía denso. Elena avanzaba a paso lento entre el tumulto de estudiantes, Flanqueada por Camila y Sofía. Llevaba el rostro pálido y la mirada ligeramente ida, sosteniendo sus libros contra el pecho con demasiada fuerza.
—Elena, de verdad no te ves bien hoy —comentó Camila, mirándola de reojo mientras caminaban hacia el aula de finanzas—. Ni siquiera probaste el café que compramos en la entrada.
—Estoy bien, Cami... Solo no dormí bien anoche —respondió Elena con un hilo de voz cansada, intentando forzar una sonrisa que no llegó a formarse.
—Pues tu esposo no opinaba lo mismo cuando nos cruzamos con él en el estacionamiento —intervino Sofía, ajustándose la mochila al hombro—. Se le veía preocupadísimo. Me preguntó disimuladamente si habías comido algo antes de la primera clase.
—Ese hombre vive angustiado por ti —añadió Camila con un tono divertido—. De verdad que Luca te adora.
Elena apretó la mandíbula al escuchar el nombre de Luca, sintiendo cómo un dolor sordo le recorría las sienes.
—Por favor, no hablen de él ahora. Solo quiero llegar al salón y sentarme...
No alcanzó a terminar la frase. El pasillo comenzó a dar vueltas en un remolino borroso de luces y sombras. Los murmullos de los demás estudiantes se distorsionaron hasta convertirse en un zumbido ensordecedor. Elena bajó la velocidad, llevó una mano temblorosa a su frente y soltó los libros, que impactaron contra el piso de granito con un golpe seco.
—¿Elena? —Camila se detuvo de golpe, tomándola del antebrazo—. ¡Elena, te estás poniendo totalmente blanca!
—Me... me mareo... —alcanzó a murmurar Elena.
Antes de que Sofía o Camila pudieran reaccionar para sostenerla, las piernas de Elena cedieron por completo. Su cuerpo se desplomó inerte hacia adelante, cayendo inconsciente sobre el suelo del pasillo.
—¡Elena! —gritó Sofía, arrodillándose en shock a su lado.
—¡Ayuda! ¡Por favor, alguien llame a una ambulancia! —exclamó Camila descontrolada, palmeándole las mejillas con suavidad—. ¡Elena, reacciona! ¡Abre los ojos!
El caos estalló en el pasillo en cuestión de segundos. Un grupo de estudiantes rodeó la escena con murmullo de pánico. A unos metros de distancia, en las escaleras que conectaban con la facultad de Ingeniería, Luca Moretti bajaba junto a dos compañeros de clase cargando unos planos. Al escuchar el revuelo y los gritos con el nombre de Elena, se congeló en seco.
Tiró los tubos de dibujo al suelo sin importar nada y corrió abriéndose paso a empujones entre la multitud.
—¡Atrás! ¡Abran paso, carajo! —gritó Luca con una voz tan potente y desgarrada que hizo que los estudiantes se apartaran de inmediato.
Al ver a Elena tendida en el piso, inmóvil y con los labios descoloridos, Luca cayó de rodillas a su lado. Su rostro palideció al instante, perdiendo todo vestigio de compostura.
—¡Elena! —la tomó en brazos con desesperada delicadeza, pegando la espalda de ella contra su pecho mientras le tomaba el pulso en el cuello—. Elena, por favor, mírame... responde.
—No responde, Luca, de repente dijo que se mareaba y se desmayó —explicó Camila al borde del llanto, con las manos temblorosas—. Ya llamaron a la enfermería del campus.
—No vamos a esperar a la enfermería —sentenció Luca con la firmeza helada de quien no acepta réplicas.
Pasó un brazo por debajo de las rodillas de Elena y el otro por su espalda, levantándola en brazos de un solo impulso. Su corazón batía desbocado contra el pecho al sentir lo liviana y fría que estaba.
—Luca, ¿a dónde la llevas? —preguntó Sofía intentando seguirlo.
—Al hospital privado. Mi auto está en la entrada —respondió Luca sin dejar de mirar el rostro pálido de Elena mientras avanzaba a paso apresurado por el corredor—. Camila, llama a su padre. Dile a Arthur Miller que voy en camino al Hospital Central con ella. ¡Ahora!
—¡Sí, sí, ya le marco! —asintió Camila sacando el teléfono a toda prisa.
Luca cruzó las puertas de cristal de la facultad a grandes zancadas, ignorando las miradas de todos los presentes. Acomodó a Elena con extremo cuidado en el asiento trasero de su vehículo, colocándole su propia chaqueta sobre el cuerpo para protegerla del frío. Se subió al asiento del conductor, encendió el motor con las manos temblando de puro terror y arrancó a toda velocidad con un solo pensamiento taladrándole la cabeza: la sospecha de la noche anterior ya no era una posibilidad, era una realidad inminente.
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Editado: 30.08.2026