La puerta se cerró con un chasquido sordo, aislando la suite del bullicio del pasillo. El olor a antiséptico y el pitido rítmico del monitor cardíaco llenaban el ambiente.
Elena estaba sentada en la camilla, con la espalda apoyada contra el respaldo metálico y la vía intravenosa aún fija en el dorso de su mano. Al ver entrar a Luca, sus ojos oscuros se clavaron en él con una llamarada de furia tan pura que el chico se detuvo a medio camino, incapaz de dar un paso más.
—Salieron todos, como pediste —dijo Luca en un murmullo, manteniendo la voz baja mientras se acercaba con cautela—. El médico dijo que tuviste un ataque de ansiedad... Elena, por favor, trata de calmarte, no le hace bien a tu estado...
—¡No me pidas que me calme! —le cortó ella con la voz raspada por el llanto reciente, señalándolo con un dedo tembloroso—. ¡No te atrevas a hablarme como si te importara!
Luca apretó los labios, tragándose la pena.
—Sé lo que significa esto para ti. Sé lo que estás pensando...
—¡Tú no sabes nada! —lo interrumpió ella, apretando las sábanas de la camilla con los nudillos blancos—. Estoy embarazada del hombre que me destruyó la vida. De la persona que convirtió mi existencia en un infierno para salvar los negocios sucios de su familia.
Luca dio un paso hacia el borde de la cama, mirándola con los ojos empañados.
—Elena, yo no quería esto para ti. Te juro por lo que más quieras que yo no planifiqué esa noche...
—¡Me da igual si lo planificaste o no! —escupió ella con rabia implacable—. Llevo a tu hijo en mi vientre. Un bebé que no pidió venir a este mundo y que no tiene la culpa de la clase de monstruos de los que proviene. No voy a abortarlo, Luca. Jamás le quitaría la vida a mi hijo por culpa de tu familia. Pero escucha bien lo que te voy a decir...
Elena se inclinó ligeramente hacia adelante, sosteniéndole la mirada con una frialdad absoluta.
—Tú no te vas a acercar a este bebé. Cuando nazca, seré yo quien lo crie. No quiero que le dirijas la palabra, no quiero que juegues a ser el padre abnegado y no quiero que tu maldita sangre mafiosa lo toque. Me obligaron a casarme contigo, pero no me van a obligar a compartir a mi hijo con la persona que me agredió.
Luca frunció el ceño. Por primera vez en semanas, la sumisión y la culpa en su rostro dieron paso a una firmeza imprevista. Dio dos pasos al frente, apoyando ambas manos en la barandilla de la camilla.
—No, Elena. Hasta aquí —dijo con la voz firme, aunque quebrada por la emoción—. Entiendo tu odio, entiendo que me culpes por esa noche y acepto cualquier desprecio que me hagas a mí. Pero no voy a renunciar a mi hijo.
—¡No tienes derecho!
—¡Tengo todo el derecho! —la interrumpió él, elevando apenas la voz—. Es mi hijo también. Lleva mi sangre, nos guste o no a ninguno de los dos. No voy a ser un padre ausente, no voy a dejar que crezca sin mí y no voy a permitir que me borres de su vida como si no existiera. Si me pides que duerma en el suelo, lo hago. Si me pides que no te toque, jamás lo haré. Pero no me pidas que abandone a mi propio hijo antes de que nazca, porque eso no te lo voy a conceder.
Elena lo miró atónita, sorprendida por la contundencia de su respuesta. Antes de que pudiera replicar, la puerta se abrió y el doctor Morales entró para firmar la orden de alta, rompiendo la violenta confrontación en el aire.
El trayecto de regreso a la residencia en las colinas fue un calvario de silencio. Ninguno de los dos articuló palabra. Al llegar, Elena bajó del auto sin esperar a Luca y subió directamente a su habitación, pasando el cerrojo metálico tras de sí.
La noche cayó pesada sobre la casa. Elena permaneció acostada en medio de la oscuridad de su cuarto, con la mirada fija en el techo y la mano derecha posada suavemente sobre su vientre aún plano.
El silencio de la madrugada le permitió pensar con una claridad cruel.
Recordó el rostro de Luca en el hospital, la desesperación en sus ojos verdes cuando ella se desmayó en el campus, la forma en que se había enfrentado a su hermano Marco la noche de la gala para defenderla, y el tono desgarrado con el que juraba que él también había sido drogado por su propio padre.
En lo más profundo de su ser, Elena no era ciega. Sabía que Luca también había sido una pieza utilizable en la jugada macabra de Vincenzo Moretti. No lo disculpaba, no le quitaba la responsabilidad de lo que había ocurrido esa noche ni borraba el dolor de su humillación... pero cerrarle la puerta por completo tal vez era un arrebato dictado únicamente por la rabia. Al fin y al cabo, el bebé que crecía dentro de ella no tenía la culpa de la guerra entre sus familias, y Luca, a diferencia del resto de los Moretti, demostraba un deseo genuino de proteger esa vida.
Elena cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro en la penumbra. Quizás prohibirle todo acceso durante el embarazo era demasiado drástico. Mañana tendría que fijar nuevos límites, pero por primera vez, la idea de no llevar este proceso completamente sola no se sentía como una traición a sí misma.
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Editado: 30.08.2026