A la mañana siguiente, la luz del sol se filtraba suavemente por las cortinas de la habitación. Elena bajó las escaleras a paso lento, una mano apoyada de forma instintiva sobre su vientre y la otra sujetando la barandilla de madera. El olor a tostadas y café recién hecho, que en cualquier otro momento le habría parecido reconfortante, le provocó un vuelco en el estómago.
Se detuvo en el umbral de la cocina. Luca estaba de espaldas, vestido con unos pantalones deportivos oscuros y una camiseta gris, sirviendo un vaso de jugo de naranja natural. Escuchó sus pasos y se giró de inmediato, manteniendo la distancia habitual. Sus ojos reflejaban el agotamiento de una noche sin dormir.
—Buenos días —dijo él en voz baja, dejando el vaso sobre la isla de granito—. Hice jugo fresco y no preparé nada con condimentos fuertes. Pensé que tal vez el olor a café podría molestarte.
Elena observó el vaso y luego lo miró a los ojos. La rabia explosiva de la tarde anterior había dado paso a una calma cansada.
—El olor a café sí me revolvió el estómago —admitió ella, acercándose a la isla para tomar asiento en uno de los taburetes—. Gracias por el jugo.
Luca se congeló por un segundo, sorprendido por el cambio en su tono. Asintió despacio, apoyando las manos en el borde de la barra.
—El doctor Morales llamó temprano. Dijo que necesitas descansar y que debes tomar las vitaminas prenatales con el desayuno —hizo una pausa, midiendo cuidadosamente sus palabras—. Sé lo que dije ayer en el hospital, Elena. Y entiendo que no me quieras cerca... pero quiero estar presente en lo que necesites. No voy a sobrepasar tus límites.
Elena tomó un sorbo del jugo, sintiendo el ácido fresco calmar la aridez de su garganta.
—Pensé en lo que dijiste anoche —habló ella sin mirarlo directamente—. No voy a prohibirte estar al tanto de las citas médicas ni del estado del bebé. Es tu hijo también. Pero las cosas entre tú y yo no cambian, Luca. Vivimos en la misma casa, compartimos la responsabilidad de este embarazo, y nada más.
Un destello de alivio cruzó la mirada de Luca, quien dejó escapar un aire contenido.
—Es más de lo que esperaba. Con eso me basta —respondió con sinceridad—. Si necesitas que vaya a la farmacia por las medicinas o que prepare algo en especial para comer, solo dímelo.
Los días siguientes marcaron el inicio de una rutina completamente nueva. Las hormonas del primer trimestre comenzaron a causar estragos en el cuerpo y el estado de ánimo de Elena. Las náuseas matutinas eran implacables y los mareos repentinos la obligaban a detenerse a mitad del día. Además, los cambios emocionales la tomaban por sorpresa: pasaba de una irritabilidad punzante a un llanto silencioso por cualquier frustración menor.
Luca aprendió a adaptarse a cada uno de sus altibajos. Sin abrumarla ni invadir su espacio, dejaba galletas saladas y agua en su mesa de noche antes de irse a la universidad, se aseguraba de que la casa estuviera libre de olores intensos y se mantenía cerca cuando los vómitos la dejaban exhausta, limitándose a dejar una toalla limpia y un vaso de agua en el lavabo del baño.
El sábado por la mañana, la tranquilidad de la residencia en las colinas se vio interrumpida por el sonido insistente del timbre.
Elena abrió la puerta para encontrarse con Camila y Sofía, quienes traían consigo globos en tonos pasteles, una caja grande de repostería y sonrisas radiantes que llenaron el vestíbulo de energía.
—¡Sorpresa! —exclamó Camila, abalanzándose para abrazarla con cuidado extremo—. ¡Dios mío, no puedo creerlo! ¡Seremos tías!
—¡Felicidades, Elena! —añadió Sofía, entregándole un ramo de flores frescas—. Cuando nos contaste por teléfono no lo podíamos creer. ¡Salió en las noticias del campus y todo!
—Chicas, pasen... no tenían que molestarse —dijo Elena, forzando una sonrisa cálida mientras las guiaba hacia la sala principal.
Las amigas se acomodaron en los sofás, mirando alrededor con admiración.
—Esta casa es preciosa, Elena. De verdad que Luca te tiene como a una reina —comentó Sofía, abriendo la caja de pastelitos sobre la mesa de centro—. A propósito, ¿dónde está el futuro papá?
—En el estudio, trabajando en un proyecto de la facultad —respondió Elena, sentándose despacio—. No tarda en salir.
Como si hubiera escuchado sus nombres, la puerta del estudio se abrió y Luca apareció en el salón. Llevaba una camisa azul marino de mangas enrolladas y los anteojos de lectura sobre la cabeza.
—Hola, chicas. Bienvenidas —saludó con una sonrisa educada, acercándose a la sala.
—¡Hola, papá primerizo! —bromeó Camila, poniéndose de pie para darle un abrazo breve—. Estamos celebrando la gran noticia. Trajimos pastelitos, aunque no sé si la futura mamá tenga antojos todavía.
—Últimamente no Tolera mucho el dulce —comentó Luca, mirando a Elena con una mezcla de atención y ternura contenida—. Pero preparé té de manzanilla frío para ella, por si quieren acompañarla.
—Mira nada más qué atento —suspiró Sofía, guiñándole un ojo a Elena—. Tienes al esposo perfecto, amiga.
Elena sintió una punzada en el pecho ante el comentario, pero mantuvo la compostura impecable que la situación exigía.
—Es muy servicial —dijo Elena, cruzando la mirada con Luca—. De hecho, Luca me ayuda mucho con los malestares de la mañana.
—Es lo mínimo que puedo hacer —intervino Luca, dirigiéndose hacia la cocina para traer los vasos—. Voy por el té y las servilletas. Quédense como en su casa.
Mientras Luca se alejaba, Camila se inclinó hacia Elena con expresión de complicidad.
—Oye, de verdad te ves un poco agotada, pero se nota que te cuida muchísimo. En la universidad todas las chicas envidian lo atento que es contigo.
—Es solo... el cansancio del primer trimestre —explicó Elena, acomodándose un cojín en la espalda—. Las náuseas han sido bastante fuertes estos días.
—Es completamente normal —aseguró Sofía—. Mi hermana se la pasó fatal los primeros tres meses. Lo importante es que no estás sola en esto. Tienes a Luca y nos tienes a nosotras.
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Editado: 30.08.2026